De ‘tardeo’ con un rey, un faraón y cuatro diosas

Ahí está, mírala, la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo y las vidas de ricos y pobres cruzándose sin rozarse

Iriana y sus amigas toman café en una de las terrazas de la glorieta de la Puerta de Alcalá.
Iriana y sus amigas toman café en una de las terrazas de la glorieta de la Puerta de Alcalá.DAVID EXPOSITO

Son las ocho de la tarde, la hora punta del afterwork y del tardeo, e Iriana, una guapísima empresaria hostelera venezolana residente en Marbella, irrumpe en la plaza de la Independencia de Madrid torciendo cuellos a su paso con su cortísimo traje pantalón claro, sus altísimas botas oscuras y su rubio melenón afrolatino bailando a su ritmo. Viene a Madrid por primera vez desde la pandemia para ver a sus amigas de la infancia, Yuliana, Velissa y Gabriela. Otras tres bellezas naturales caraqueñas, perfeccionadas por la medicina estética y exiliadas como ella en España, que la esperan para inmortalizar el encuentro con su iPhone 12 a la sombra de la Puerta de Alcalá que mandó erigir Carlos III. Chillan, saltan, ríen, se matan a besos y a selfis como si fuera fiesta, aunque es martes y amenaza tormenta, y se sientan a rajar por los codos en Capuccino, quizá la menos elitista de las pijísimas terrazas de la glorieta, con el patio de Ramsés —el local, no el faraón egipcio—, a la cabeza. Alrededor, se cruzan sin rozarse las vidas de ricos, pobres, príncipes del estilo, mendigos a secas y repartidores de caprichos sobre ruedas, mientras el bus 28 de la EMT hace escala técnica para que el chófer orine antes de embarcar el pasaje a Canillejas. El todo Madrid en una rotonda. La isleta de las desigualdades.

Hay que tener mucho aplomo y un optimismo a prueba de encuestas para ser publicista de Más Madrid y plantar los carteles de tu candidata, Mónica García, en las farolas de lo más exclusivo de la exclusiva calle de Serrano: de la plaza de Colón a la de la Independencia. Pero ahí está, la doña, inasible al desánimo, pidiendo el voto de izquierdas en el feudo de Ayuso y Monasterio. Para no ser menos, hoy yo también voy de señora y he subido a la capital en coche siguiendo la recta de 30 kilómetros que une la Puerta de Madrid de Alcalá de Henares con la Puerta de Alcalá de Madrid municipio. Dos monumentos mellizos, que no gemelos, que solo se llevan diez años de antigüedad, aunque estén a años luz en empaque. Tanto en paisaje como en paisanaje.

Esta primavera loca en la que conviven abrigos de lana y shorts como los de Iriana, se llevan los guardapolvos largos con deportivas, y no son pocas las pijas nativas que los lucen en este su hábitat con ese aura de llevar generaciones sin tener que hincharse de hidratos para llenar el buche ni mirar el precio de las etiquetas para ver si pueden pagarlo. Aquí, los bolsos de Bimba y Lola son de Bimba y Lola, y los de Loewe, de Loewe. Los retoques estéticos de dos de cada tres de ellas ya es más dudoso si son de Dorsia o del doctor Monereo. Pero queda feo preguntarles.

En medio de la acera, viendo pasar el tiempo, como la Puerta, lleva Carmen Arístegui 40 años uno detrás de otro despachando paquetes de Marlboro y Fortuna en el estanco de la plaza: una concesión del régimen franquista a la abuela de su marido, viuda de guerra del bando ganador, claro. Arístegui, y la plaza, han vivido tiempos mejores, dice. Su facturación ha caído un 60% desde que la pandemia terminara de reconvertir este barrio bien “de toda la vida” en un entorno gentrificado plagado de hoteles de lujo, sí, pero sin casi turistas, con mucho oficinista de nivelazo todavía teletrabajando en sus casoplones y un constante trasiego de runners con o sin perro rumbo o de vuelta al Retiro, que lo último que compran es tabaco. Aun así, Carmen no cambia su emplazamiento ,“el sitio más bonito de Madrid”, donde ha visto “de todo, incluida Madonna corriendo rodeada de guardaespaldas como roperos”, por nada del mundo.

En Capuccino, sigue el alegre aquelarre de las cuatro divinades venezolanas. Son las cuatro mujeres acomodadas, aunque no tanto como otros compatriotas y vecinos mexicanos que han comprado a precio de uranio los pisos más caros del barrio, y de Madrid, y puede que de España. Tres viven por aquí, y otra en Valdebebas. Velissa, organizadora de eventos casada con un español, ya tiene la nacionalidad y no ve el momento de ejercer el sufragio el 4 de mayo. “Mi voto es de Ayuso, ponlo bien grande, mami”, me pide, simpatiquísima. ¿Por qué?, le pregunto, como si hiciera falta animarla. “Porque tiene dos cojones y sabe lo que hay que hacer sin complejos”, responde. Sus amigas asienten. Incluida Gabriela, la única morena natural de pelo del grupo, que aún no puede votar, porque acaba de aprobar el exámen para obtener la nacionalidad española y no tiene listo el papeleo. E Iriana, que no puede votar en Madrid, pero que es Ayuser acérriima “por haber salvado la hostelería” mientras ella, “casi tiene que cerrar” su local en Marbella por las restricciones del díscolo Moreno Bonilla. El debate político está caliente, pero, en estas, se desata el diluvio y piden la cuenta. Han tomado café e infusiones, pero la lista de precios es variada: 3,50 la caña, 4,80 un té verde —debe de ser del propio Sri Lanka— y 18 un gintonic premium. Del Ramsés, ni hablamos. Ya dijo la candidata Ayuso que lo más bonito de Madrid es que los ricos y los pobres se juntan en los bares. Puede, pero no en los mismos.

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Sobre la firma

Luz Sánchez-Mellado, reportera, entrevistadora y columnista, es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y publica en EL PAÍS desde estudiante. Autora de ‘Ciudadano Cortés’ y ‘Estereotipas’ (Plaza y Janés), centra su interés en la trastienda de las tendencias sociales, culturales y políticas y el acercamiento a sus protagonistas.

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