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enfermedades
Opinión

La losa de hormigón

Las mujeres trabajan 14 horas más a la semana que los hombres en tareas domésticas. Casi dos jornadas laborales

Ciclistas y corredores practican deporte por la carretera de Les Aigües, en Barcelona, en una imagen de archivo.ALBERT GARCIA

Leo que la Generalitat impulsará un programa de prescripción deportiva: los profesionales de atención primaria recetarán actividad física en lugar de, o además de, fármacos. La noticia me produce una satisfacción inmediata. Por fin una medida que ataca de raíz la excesiva medicalización de nuestra sociedad, ese reflejo automático que hemos adquirido de convertir el malestar en pastilla.

Sabemos ya, con solidez científica, que el ejercicio no solo previene enfermedades. Mejora la salud mental, reduce la ansiedad, regula el estado de ánimo. Y no solo por la bioquímica del movimiento, sino por algo más difícil de cuantificar: el vínculo social que genera. Un estudio de Copenhague que siguió a más de 8.500 personas durante veinticinco años lo acaba de demostrar con contundencia: los deportes que más años de vida añaden son aquellos que proporcionan una conexión social sólida. No el esfuerzo físico aislado, sino el encuentro con otros. Esa dimensión comunitaria, por sí sola, aumenta la probabilidad de vivir más años en un 50%.

Hasta aquí, la buena noticia. Pero entonces me asalta una pregunta incómoda: ¿Quién podrá, de verdad, acudir a esas actividades deportivas?

Hay una paradoja que el programa no nombra. Las mujeres son quienes más ansiolíticos, antidepresivos y somníferos consumen en España; por tanto, serían las principales beneficiarias de esta prescripción. Y, sin embargo, son también quienes menos tiempo libre tienen para ejercerla. La asociación Time Use Initiative, experta en el análisis de los usos del tiempo, publica estos días bajo la campaña #MyTimeMatters datos europeos que resultan difíciles de ignorar: pese a décadas de avances en conciliación, las mujeres trabajan 14 horas más a la semana que los hombres en tareas domésticas y de cuidado. Catorce horas. Casi dos jornadas laborales enteras que no aparecen en ningún contrato.

Esta doble jornada tiene nombre. La investigadora Laura Sagnier la conceptualizó hace años como “la losa de hormigón”: no el techo de cristal que impide ascender, sino el peso invisible que aplasta hacia abajo. Tuve ocasión de hablar con ella hace poco, y me explicaba con la precisión y la pasión que la caracterizan, cómo la flexibilidad horaria, la reducción de jornada o los nuevos permisos no han alterado el reparto de fondo: siguen siendo ellas las principales organizadoras y ejecutoras de la vida cotidiana. Una responsabilidad casi exclusiva que agota tanto la mente como el cuerpo.

Las mujeres son quienes más sufren la llamada “pobreza de tiempo”: menos de tres horas diarias de tiempo propio. Esas mismas horas que, si estuvieran libres, podrían dedicar al deporte recetado, al ocio, a la lectura o a sí mismas.

Las políticas públicas nunca ocurren en el vacío. Las situaciones sociales son complejas y los factores se entrelazan. La perspectiva de género -ponerse las gafas lilas, diría la escritora Gemma Lienas- no es un añadido ideológico, sino un instrumento analítico imprescindible. Sin ella, corremos el riesgo de diseñar soluciones magníficas para quienes ya tienen el camino despejado, y dejar fuera, una vez más, a quienes más las necesitan.

Sara Berbel Sánchez, doctora en psicología social y asesora estratégica.

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