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La crónica
Crónica

El turismo ‘fast look’ o la derrota de Barcelona

Un debate sobre el modelo de ciudad que va del viajero romántico del pasado al cazador de la foto actual

Turistas se fotografían delante de la Sagrada Familia de Barcelona, en una imagen de achivo.Albert Garcia

Además de elevarlos, el rato de ascensor permite a sus ocupantes viajar a un paisaje común: la Costa Brava. Pero no a la de la gauche divine, escondida entre calas y recovecos del Cap de Creus. A la otra, la que sobrevive entre segundas residencias, turistas que exprimen la última gota de sangría y los locales, que trabajan para ellos. Los tres ocupantes del ascensor algún día pertenecieron a la última categoría: o pusieron copas para guiris achicharrados por el sol o les vendieron perfumes, souvenirs y cremas solares.

El encuentro se produce camino del espacio Mirador del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), donde se celebra el debate Presente y futuro del modelo Barcelona. Y uno de ellos es precisamente el ponente, José Antonio Donaire, comisionado de Turismo en Barcelona, y criado en Sant Feliu de Guíxols (Baix Empordà), como quien blande papel y boli en esta crónica. El tercero es un alto cargo del Ayuntamiento de Barcelona, con raigambre en Sant Antoni de Calonge.

Puntual, la charla empina la cuesta: ¿qué decir del turismo que no se haya dicho ya? Pero el periodista Miquel Molina y el geógrafo José Antonio Donaire eligen la senda alternativa de la ensoñación. “El turismo es una voluntad de horizonte”, define Donaire, que nada más empezar cita a Chesterton (“los adjetivos son el motor del lenguaje”). El turismo puede ser “urbano, responsable, sostenible”, aunque el riesgo es que algunas de esas definiciones “se fosilicen”. En un tiempo, además, de contradicciones: “Es el periodo con más turistas de la historia y en el que más personas reniegan del turismo”. Uno se puede reconocer como viajero, pero nunca, o pocas veces, como ese turista que tanto le molesta.

Molina recuerda otras épocas, como en la que Stendhal escribió Memorias de un turista. Donaire recoge enseguida el guante: “El turismo fue durante mucho tiempo un concepto positivo. Nace como una derrota de la ciudad”. Una ciudad modernista, contaminada, de la que escapaban las élites. Molina vuelve al peso de viajar en la literatura, con las largas travesías de Lord Byron. “El turismo es el romanticismo”, remata Donaire.

La idea de gozar de un paraje desconocido fue novedosa, como cuenta Donaire que le ocurrió al británico George Borrow en Finisterre, un día de temporal. Los aldeanos desconfiaron de ese hombre, al que creyeron más un ladrón que una persona con el excéntrico gusto de observar el cabo en pleno temporal. Una forma pasada y aventurera de descubrir mundo, que sigue teniendo consecuencias en la actualidad, como el éxito de masas de las falsas rutas atribuidas a Byron, apunta Molina.

Donaire goza de la sabiduría de quien ha dedicado su vida a estudiar un tema en profundidad. Solo necesita tres frases para divulgar su conocimiento. El turismo masivo que ahora impide cruzar un semáforo en el paseo de Gràcia sin tropezar con alguien germina después de la segunda guerra mundial, con la huida de las ciudades. Cuaja en los años 80, con un giro total, en el que “la ciudad se convierte en un elemento de tracción, de interés”. E implosiona en la tercera etapa actual, en la que el “turismo llevado al límite generará la derrota de la ciudad”.

Por eso los esfuerzos se centran ahora en limitarlo, gestionarlo, lograr que no crezca. En un contexto, describe Donaire, de un turismo con trazas de fast food: el "fast look". El visitante viaja con el tiempo justo de recorrer una ruta ya marcada: llegar, mirar, y tomar la foto instagrameable del sitio emblemático. Y si no, juega Donaire con los asistentes, piensen en aquellos lugares convertidos en emblema. De la Ópera House de Sidney (“y siempre desde el mismo lado”, apunta Donaire), a la Torre Eiffel o el Coliseo.

El problema es cuando la ciudad “se fosiliza” en su representación. “No eliges el destino por lo que es, sino por lo que te imaginas que es. Y se tiene que parecer lo máximo posible a la imagen preconfigurada”, lamenta Donaire, sobre las dificultades de descubrir la ciudad que late debajo de la postal. Para conseguirlo, considera que se necesitan estancias más largas, en las que una vez cumplidas las visitas obligadas, empieza la revelación de la ciudad.

Pero más allá del turista, ¿cómo coge aire el residente que nada en esa pecera? “El ciudadano tiene que tener la sensación de que todas las piezas de la trama urbana le pertenecen”, aspira Donaire, comisionado de una ciudad donde sus habitantes pueden llevar años sin sentarse a comer en un restaurante de La Rambla. Y el turista, añade, debe sentir que es “espectador de una ciudad que funciona sin ellos”.

El comisionado lo resume en la búsqueda de un equilibrio entre “el puerto y la plaza”. “Sin puerto, no se recibe nada de fuera, la ciudad se ahoga en sus murallas”, avisa. “Pero si no tiene plaza, es una ciudad de paso, una terminal de un aeropuerto”. Pero ya advierte de que, le pese a quien le pese, la opción de una Barcelona sin turistas es una quimera. “El turismo existirá siempre en la ciudad, y nuestro trabajo es armonizarlo con la vida de sus residentes”.

Al salir de la charla, vuelve el recuerdo de la Costa Brava (la fea, no la divine) de los años 90. La única preocupación entonces era que no lloviese en Semana Santa o que el mal tiempo no estropease el verano. Todo turista, entonces, era poco. ¿Eran años dorados? Seguramente no Pero es inevitable reconocer cuánto hemos cambiado.

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