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guerras
Opinión

Seguimos sin cruzar el Rubicón

Trump amenaza a Irán con la destrucción total del país. Los palestinos siguen siendo víctimas de un genocidio. En el mundo siguen asesinando a personas por su orientación sexual, violando a mujeres y matando de hambre a niños

Víctimas palestinas de un ataque israelí en Deir al-Balah, en la Franja de Gaza, el martes.HAITHAM IMAD (EFE)

Nos encontramos mi amigo Carlos y yo de ­camino al colegio. Él camina con la bici al lado, con su criatura sentada en el sillín. Yo cargo con un bebé en brazos y arrastro a la mayor para que avance. “Estoy intentando pensar cuál es mi Rubicón”, me dice a modo de buenos días; “me da la sensación de que lo he cruzado, pero tengo los pies secos y no me acaba de cuadrar”. Se ha levantado intenso, el tío. Mientras andamos hacia el colegio me dice que ha visto un vídeo antiguo de Youtube en el que un tipo relaciona el cruce del río Rubicón por parte de Julio César y su ejército con nuestra reiterada manía de posponer la llegada del fascismo.

Al parecer, Julio César no podía cruzar el Rubicón ­porque ese río era la frontera entre “su” territorio y el territorio gobernado directamente por el Senado. Cruzando el río, Julio César dejó de ser un gobernador legal, pasó a ser enemigo de Roma y provocó una guerra civil. Al cruzarlo dijo la famosa frase “Alea iacta est”, la suerte está echada.

A día de hoy, claro, el río Rubicón ha perdido ya toda esta connotación bélica y legal y se ha quedado como metáfora de “punto de no retorno”. Entonces llega mi amigo Carlos (empujado por el dichoso vídeo de Youtube) y se pregunta cuál es, para él, su Rubicón. Se lo pregunta (y esto es curioso) en el sentido bélico opuesto al de Julio César: el gobernador de la Galia quería la guerra y Carlos quiere la paz. Como cualquier persona con un mínimo de empatía, Carlos quiere que se deje de matar a personas, que se deje de destruir casas, que se deje de masacrar pueblos, culturas y vidas por doquier. Carlos se pregunta cuál es su Rubicón, cuál es su punto de no retorno o, lo que es lo mismo, qué tendría que pasar en el mundo para pasar él a la acción. ¿Qué tendría que pasar para que —él y todos— hiciéramos algo al respecto? Carlos se pregunta de buena mañana qué notícia tendría que ocupar la portada de los periódicos para que dijéramos que ya basta, que aquí nos plantamos, que esto no puede seguir así de ningún modo.

Escribo estas líneas y Trump acaba de amenazar a Irán con la destrucción total del país. Los palestinos siguen siendo víctimas de un genocidio. En el mundo siguen asesinando a personas por su orientación sexual, violando a mujeres por ser mujeres y matando de hambre a niños en nombre del dinero. Y seguimos sin cruzar el Rubicón.

Algo pasa con el maldito río que te acercas a él y siempre está un poco más adelante. Lo que decíamos hace dos años que era nuestro Rubicón para hacer algo es hoy un ­riachuelo que hemos cruzado sin problema. Lo que decíamos ayer que era inaceptable hoy lo hemos comprado como un titular más sin pasar a la acción de ningún tipo. Por no hacer, no hemos salido ni a la calle.

Mientras, Carlos y un servidor llegamos al cole y entregamos a nuestras queridas criaturas con besos y arrumacos. Ya sin criaturas nos despedimos él y yo. Carlos se aleja con su bici de camino al trabajo. Yo me paro en una cafetería a desayunar. El café, el cruasán, el trabajo, la factura, la cita con el médico, la piscina de la tarde, la compra en el súper… La vida sigue para nosotros como si nada y seguimos aplazando el Rubicón. Me pregunto si no tocaría ya sacarse las botas y mojarse los pies de una vez por todas.

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