¿Adiós Bosnia y Herzegovina?
El Parlament ha mantenido un loable activismo de tipo transcontinental con una declaración sobre Venezuela y otra sobre China pero no ha emitido ninguna señal sobre el país balcánico


Cuando se acerca el 30º aniversario del fin de la guerra de Bosnia, el futuro de este frágil país, formado por dos entidades autónomas (la República Srpska y la Federación de Bosnia y Herzegovina), se encuentra más amenazado que nunca. El 26 de febrero el Tribunal de Bosnia y Herzegovina condenó al presidente de la República Srpska, Milorad Dodik, a un año de prisión y a seis años de inhabilitación para ejercer el cargo de presidente. El caso empezó en 2023, cuando el Parlamento autónomo de la RS decidió dejar de aplicar en su territorio las decisiones del Alto Representante, una figura creada en 1995 para supervisar la aplicación de los Acuerdos de Dayton.
Lejos de acatar la sentencia, el 5 de marzo Dodik promulgó las leyes aprobadas por el Parlamento de la RS que prohíben las actividades del Tribunal de Bosnia y Herzegovina en el territorio de la entidad, así como las de la policía estatal de Bosnia y Herzegovina (Državna agencija za istrage i zaštitu), conocida como SIPA por sus siglas en inglés. Estas leyes han sido consideradas un auténtico golpe de estado y sitúan el riesgo de secesión de la RS en un punto crítico desde que Dodik se hizo con el poder, para mayor regocijo de sus aliados Aleksandar Vučić (presidente de Serbia) y Vladímir Putin. (Lo último del caso es que la semana pasada Dodik salió del país burlando los controles fronterizos para participar en un congreso sobre antisemitismo en Jerusalén junto a otros líderes de la ultraderecha europea, y a su vuelta se ha refugiado en Belgrado.)
Durante la guerra de Bosnia, entre Cataluña y el país balcánico surgió una fuerte corriente de solidaridad, con una implicación muy notable de la ciudad de Barcelona, que convirtió a Sarajevo en su distrito número 11. ¿Y ahora? Cataluña parece haberse olvidado de sus hermanos balcánicos. En el ámbito de las relaciones internacionales, estos últimos meses el Parlamento de Cataluña ha mantenido un loable activismo de tipo transcontinental: ha aprobado una declaración sobre la situación de la democracia en Venezuela y una resolución de apoyo a los activistas de Hong Kong a favor de la democracia ante la represión de China. Pero no ha emitido ninguna señal sobre el futuro de Bosnia y Herzegovina.
Se entiende que determinados partidos, que promueven resoluciones trazando paralelismos imposibles entre los activistas prodemocracia de Hong Kong y los independentistas catalanes durante el 1-O, puedan sentir una secreta admiración por un Dodik que invoca el “derecho a decidir” de la RS y pasa fronteras sin ser visto, pero no tanto el silencio de un país antaño tan implicado con el futuro de Bosnia. (En estos meses, el Parlament tampoco ha dicho nada sobre la rebelión prodemocracia en Serbia, que nos afecta mucho más de lo que esté pasando en Hong Kong.) La normalización política de Cataluña es una buena noticia. Pero en un momento en el que los valores europeos están en peligro caer en el ensimismamiento no es la mejor solución.
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