El heavy metal de Iron Maiden no sobrevive: vive

La banda británica sometió con sus clásicos a las 50.000 personas que llenaron el Estadio Olímpico de Barcelona, en su único concierto en España

Iron Maiden, este viernes en el Estadio Olímpico de Barcelona.Foto: Christian Bertrand

Cincuenta mil personas, 47.234 camisetas negras. ¿Para qué esperar a que se fuese la luz diurna si una descomunal mancha negra oscurecía la vista de los miembros del grupo? Un tapiz en estado de excitación ante la cita de la temporada, todo un Estadio Olímpico para decir que el heavy metal está aquí y que se extinguirá sólo cuando un meteorito impacte en el planeta. Eran las 21:53h de este viernes, la megafonía escupía el himno de bienvenida, Doctor, Doctor de UFO y la multitud comenzaba a castigar sus gargantas. Tres minutos más tarde los tambores de Senjutsu anunciaban el comienzo del tema y Bruce Dickinson, cabello recogido en moño de samurai, negro total en la vestimenta, aparecía en escena ensordeciendo al estadio y gesticulando con los pies anclados en el suelo, piernas flexionadas. La multitud respondía noqueando el aire con los puños. Stratego y The Writing On The Wall cerraron el repaso al último disco del grupo para abrir el concierto. El resto canciones que han hecho la historia de la banda. Iron Maiden en modo satisfacer a los fans. ¡Y vaya si lo hicieron!

Pérez Galdós, poco sospechoso de simpatizar con Iron Maiden, los definió cuando creía hacerlo con Fortunata al decir “consecuente como un clavo, que se está donde le clavan”. Ese clavo se clavó en los ochenta y ahora, con cuarenta años de historia, sostiene estadios. Ha habido cambios y cierta evolución, pero ahí está, sin una pizca de óxido, cada vez más resistente, fiel a su sentido. Y sabe dónde está, pues Dickinson saludó con un “hola, Catalunya” que luego apoyó con una alusión a Barcelona en el que era su único concierto en España. Por cierto, a su edad, 63 años, canta como un chaval, por encima del estruendo de una banda cosida con virtuosos solos de guitarra, pespuntes que evocan el rock de toda la vida, ese que muestra su mejor salud y capacidad de convocatoria en los ámbitos del heavy.

A las 21:20, con la luz diurna fugándose asustada, cambio de escenografía. La arquitectura japonesa que ambientó los tres temas de Senjutsu dio paso a un interior de catedral gótica con vidrieras y lámparas que simulaban temblorosa alma de vela. Sonó Revelation, de los lejanos ochenta y el público empezó a degustar lo que venía marcado en el menú, un repaso a buena parte de los hits del grupo. Dos pantallas laterales se limitaban a engrandecer a los músicos, sin otra intención que ponerles cara y gesto, y en Blood Brothers, de nuevo la guitarra de Dave Murray punteando el tema, el escenario funcionaba ya envuelto por la oscuridad ambiental. Sing Of The Cross fue el último guiño a los 2.000, porque luego el concierto, ya desatado, navegó por los ochenta y la multitud se desbocó. El público heavy, uno de los mejores del panorama musical, conocedor, militante con criterio, amistoso y ya sin tanta melena como antaño, sí, las modas lo cambian todo, recibió el mejor regalo, las canciones que sustentan sus recuerdos de antes de ayer, ayer o, en el caso de los más veteranos, de cuando llevaban melena porque ellas representaban la pertenencia al club.

Según cómo era tentador no mirar a escena y dirigir los ojos a esa masa que dejaba ver sus brazos como un juncal electrizado. Sin apenas móviles. Y eso que hubo pirotecnia, un Ícaro imponente, un lanzallamas doble manejado por Dickinson a dos manos, humo para enturbiar Londres, fuego al por mayor, disfraces, una jaula donde Dickinson cantó ya melena al viento y con camisa blanca, un Belcebú hinchable y un desfile de imaginería que pese a su barniz tétrico demandó ser leída con una sonrisa. El paraíso heavy consumido a escala estadio, lo que jamás antes había conseguido el grupo, frecuentador de recintos más reducidos.

Cayeron más éxitos: The Number Of The Beast, Iron Maiden, The Trooper, Run To The Hill, un Spitfire descomunal y una final Aces High preludio de la sintonía de despedida, Always Look On The Bright Side Of Life, de Monthy Phyton para marchar a casa sonriendo. El público acabó satisfecho, exhausto y probablemente afónico, las letras eran de sobras conocidas y tras el aplazamiento pandémico las ganas de cantarlas se habían multiplicado. Al final llegó el momento, e Iron Maiden no fallaron. El heavy metal no sobrevive: vive. El clavo ahí sigue.

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