Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Todas somos la CGIL

El antifascismo ha sido cada vez más desplazado y cuestionado como valor compartido, mientras la extrema derecha neofascista se reorganizaba y crecía, ocupando espacios de muchos tipos

El primer ministro de Italia, Mario Draghi (izquierda), saluda este lunes al secretario general de CGIL, Maurizio Landini, frente a la sede en Roma del sindicato atacado este fin de semana por grupos fascistas.
El primer ministro de Italia, Mario Draghi (izquierda), saluda este lunes al secretario general de CGIL, Maurizio Landini, frente a la sede en Roma del sindicato atacado este fin de semana por grupos fascistas.MASSIMO PERCOSSI (EFE)

Las imágenes de los destrozos ocasionados por el asalto de una parte de los manifestantes contrarios al pasaporte sanitario a la sede del más importante sindicato de clase en Roma (la Confederación General Italiana del Trabajo, CGIL) son espantosas. El ataque, perpetrado el pasado sábado en los locales históricos situados en el Corso d’Italia de la capital transalpina, ha sido guiado por dirigentes de la extrema derecha —concretamente Roberto Fiore y Giuliano Castellino, dirigentes nacional y local de Forza Nuova (FN), detenidos junto a otros diez extremistas al día siguiente—, ha conmocionado la opinión pública.

Ciertamente, hay unos elementos propios de la dinámica italiana. Desde la caída del muro de Berlín, la fiebre anticomunista —en el país con el partido comunista más fuerte y que había contribuido de manera substantiva a la construcción democrática después del fascismo—, llevó a devaluar el valor del antifascismo en el debate público.

La crisis de los partidos que fundaron la República en los años 90 y veinte años de berlusconismo —que empezaron en 1993 cuando el empresario milanés dio su apoyo a Gianfranco Fini, entonces secretario del Movimento Sociale Italiano (MSI), partido matriz del neofascismo italiano, heredero de la mussoliniana Repubblica di Saló, que se presentaba a la alcaldía de Roma—, no mejoraron las cosas, al contrario. Que aquello sería un giro, se intuía: el 25 de abril de 1994, a los pocos días de la victoria del Cavaliere aliado con el partido de Fini —que ahora adoptaba el nombre de Alleanza Nazionale (AN), una enorme manifestación antifascista, bajo una fuerte lluvia—, recorría las calles de Milán. Pero en vez de un despertar, fue en cierta manera un coletazo.

El antifascismo ha sido cada vez más desplazado y cuestionado como valor compartido, mientras la extrema derecha neofascista —que a principio de los años 90 había recibido correctivos ejemplares por parte de la justicia—, se reorganizaba y crecía, ocupando espacios de muchos tipos. Desde la colonización de las gradas de los campos de futbol, hasta la ocupación y la construcción de “centros sociales” (utilizando formas de luchas que habían sido propias de la izquierda y del movimiento antiglobalización) que desembocarían en la construcción de nuevas organizaciones —como en el caso de Casa Pound— hasta, en la segunda parte de los años dos mil, organizando movimientos estudiantiles. O ganando la alcaldía de Roma, a manos de Giovanni Alemanno, desde siempre militante del MSI y de AN y, en su juventud condenado a penas de prisión por agresiones a militantes de la izquierda.

En esta situación llegó la crisis económica y sus consecuencias, con una revolución en el sistema político que vio crecer, por un lado el populismo del Movimiento 5 estrellas (que ahora parece mutar en alguna forma de centroizquierda); y por el otro de unas derechas construidas en torno a dos polaridades.

Una de ellas —bajo el liderazgo de Salvini y con implantación especialmente en el norte—, reconvirtió el antiguo autonomismo e independentismo de la Lega en un partido nacionalista italiano, en la línea de los nacional populismos de matriz trumpiana que se han ido extendiendo a lo largo y a lo ancho de Europa. Otra polaridad —fuerte en el centro y en el sur y especialmente en la capital— quería llegar al mismo punto, pero partiendo de la tradición neofascista. Giorgia Meloni, la determinada lideresa de Fratelli d’Italia —que este fin de semana estaba en Madrid, en un gran acto de Vox—, viene de ese mundo. Era líder de los jóvenes del MSI en los años 90.

Las dos polaridades han potenciado su presencia en la sociedad a base de elementos corrosivos para la convivencia civil. Las dos hacen discursos racistas, homófobos e islamofóbos. Y utilizan intensivamente las redes sociales y las fake news. Las dos apelan a la identidad nacional y al escepticismo respecto a la Unión Europea. Y las dos han jugado a construir alianzas con las fuerzas que en países como Polonia o Hungría están transformando sus sistemas en democracias iliberales. Últimamente —de la misma manera en que está acaeciendo en otras latitudes, sólo hace falta pensar en Madrid—, las dos han encontrado en la crítica a las restricciones para la pandemia, y en la resistencia a la vacunación, la vía para intentar capitalizar el malestar de una ciudadanía estresada a causa de casi dos años extremadamente difíciles.

Estas extremas derechas son un peligro para la democracia, no sólo en Italia. Y no es una casualidad que ataquen un sindicato, en la medida en que es kriptonita para ellas. Las organizaciones que frente a las crisis, la desorientación y el miedo, plantean salidas construidas a partir del acuerdo, de la representación democrática de los intereses de los trabajadores y de la extensión de los derechos, son ahora mismo un tesoro para la defensa de la democracia, y no sólo para los intereses colectivos que representan. Hay que defenderlas y cuidarlas. Por todo ello, toda persona demócrata hoy sólo puede decir: “Todas somos la CGIL”.

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