Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El enredo político del aeropuerto de Barcelona

El Gobierno ha jugado con temeridad y las instituciones catalanas no han sido capaces de defender sus intereses. La idea de que Madrid siempre acaba ninguneando a la comunidad volverá a adquirir vuelo

Un avión despega mientras otro aterriza simultáneamente en el aeropuerto del Prat.
Un avión despega mientras otro aterriza simultáneamente en el aeropuerto del Prat.Albert Garcia (EL PAÍS)

Entre las virtudes del político —que Maquiavelo resumía en la capacidad de captar la oportunidad— figura la habilidad en la explotación de las contradicciones de los demás, sean socios o adversarios. El anuncio, solemnizado por la ministra de Transportes, Raquel Sánchez, del aplazamiento de la ampliación del aeropuerto del Prat parece situarse en esta lógica. A unos días de la Diada catalana y a poco más de una semana del presunto inicio de la mesa de diálogo (sumergida desde el primer día en el mar de las desconfianzas) el desplante busca poner en evidencia las fracturas en el frente independentista.

Cuando el independentismo compagina la retórica patriótica con la política de las cosas, las brechas crecen
Cuando el independentismo compagina la retórica patriótica con la política de las cosas, las brechas crecen

La reacción del Gobierno catalán ha evidenciado las grietas a las que apunta Pedro Sánchez. El presidente Pere Aragonès se ve, una vez más, a prueba en el difícil equilibrio entre la voluntad de demostrar eficacia en la gestión de gobierno (y tener éxitos que apuntarse ante la ciudadanía) y la necesidad de mantener al independentismo tensionado. Aragonès empezó hablando de “chantaje” y siguió con una larga cambiada diplomática: “Confundir carpetas sería un error” y no tiene que afectar ni a la mesa de diálogo ni al apoyo parlamentario en Madrid. El vicepresidente Jordi Puigneró denunció la “deslealtad” del Gobierno español para, acto seguido, explicar que había trasladado al presidente catalán su “malestar y enfado” y que “la frivolidad del populismo ha hecho mucho daño”. Pláticas de familia.

Cuando el independentismo intenta compaginar la retórica patriótica con la política de las cosas, las brechas internas se agrandan y emergen las diferencias de intereses. Vuelven las derechas y las izquierdas, se visualizan sensibilidades ecológicas y sociales diversas, surge la realidad de un independentismo de mil caras, tan diverso como la propia sociedad. Hoy la fractura se agranda entre Esquerra y Junts per Catalunya, que cuenta con un sector más próximo a los intereses del dinero que ya había aplaudido la operación aeroportuaria. Simplemente: la vida sigue, más allá del procés. Y el Gobierno catalán necesita resultados tangibles que exhibir en materia de progreso económico y bienestar. De modo que el fiasco del aeropuerto no es una noticia que pueda capitalizar fácilmente.

Junts cuenta con un sector más próximo a los intereses del dinero que ya había aplaudido la operación
Junts cuenta con un sector más próximo a los intereses del dinero que ya había aplaudido la operación

Si el Gobierno español se permite este arriesgado plante es porque sabe que el motivo del conflicto no hace unanimidad ni en la sociedad catalana en su conjunto, ni en el independentismo en particular. De modo que es impensable una movilización masiva contra esta maniobra. No solo eso; algunos sectores, empezando por los comunes y siguiendo por la CUP, han corrido a celebrarlo como un éxito. El PSOE piensa en el PSC como potencial recolector de frustraciones (lo que es por lo menos dudoso). Y al mismo tiempo, con su gesto, alivia a sus socios de Podemos, que lo vivían como un trágala.

Aena vino con una promesa de inversión de 1.700 millones pensando que la magia de la cifra haría que las disidencias fueran marginales. Y se ha encontrado que las reticencias eran grandes. Al mismo tiempo no ha querido entrar en un debate serio para buscar un punto de encuentro. La oportunidad era digna de ser estudiada y el desenlace no favorece a nadie. El Gobierno español ha jugado con temeridad, las instituciones catalanas no han sido capaces de defender sus intereses. Nadie sale indemne. Si lo que quería Sánchez era ampliar campo, los sectores empresariales que últimamente venían haciéndole confianza no quedarán muy satisfechos. Y la idea de que Madrid siempre acaba ninguneando a Cataluña volverá a adquirir vuelo.

El presidente del Gobierno juega muchas cartas a la vez. Quiere salvar la cara en Cataluña sin riesgos que puedan impactar negativamente fuera de ella. Súbitamente retira un caramelo con el que pensó seducir a los catalanes. Sánchez entra en la etapa final del mandato, ¿empieza a pesarle ya el miedo a que otras regiones se le rebelen? ¿Con este espíritu se puede esperar algo de la mesa de diálogo? Si algo necesita este país es volver a hacer política, no jugar a la política. De modo que o reconstruyen la situación o los dos gobiernos pierden. Ganan los sectores que desde el primer momento se han manifestado en contra del aeropuerto. Las manifestaciones gratuitas de autoridad no acostumbran a tener premio (y más cuando resulta evidente que es un desplante para satisfacer a otros). La idea de que una vez más se deja a Cataluña colgada tiene recorrido y un gesto como este la extiende a sectores moderados, más allá del independentismo.

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