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Angélica Liddell baila con el fantasma de Belmonte

La dramaturga y actriz presenta en el Grec ‘Liebestod’, un espectáculo que une la tragedia clásica con la tauromaquia

Un momento de la obra 'Liebestod', en su estreno el pasado 10 de julio en Aviñón.
Un momento de la obra 'Liebestod', en su estreno el pasado 10 de julio en Aviñón.Cristophe Raynaud de Lage/Festiv / Festival d'Avignon

Angélica Liddell regresa al Grec con “un acto de inmolación y autodestrucción” a través de la palabra. Así ha definido este miércoles por la mañana su obra Liebestod, inspirada en el torero Juan Belmonte y descubierta a través de la biografía de Manuel Chaves Nogales (Juan Belmonte, matador de toros) y que se podrá ver del 23 al 25 de julio en el Teatre Lliure de Montjuïc dentro de la programación del Festival Grec de Barcelona. El espectáculo, en palabras de la autora, directora y actriz, explora “los orígenes del teatro y de la tauromaquia unidos por la idea de tragedia clásica” y toma el título de una expresión que aparece en el aria final de la ópera Tristán e Isolda, de Richard Wagner, que aúna en una única palabra los conceptos de amor y de muerte.

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Estos dos conceptos, junto con el de belleza, son los pilares de la obra y, de alguna manera, el torero sevillano, que se suicidó en Utrera a los 70 años, los representa. Por ello, la figura de Belmonte surgió enseguida: “Mi identificación con él fue inmediata”, ha relatado la artista, que comparte con el torero sevillano su visión trágica de la vida y del amor, hasta el punto de reconocer que no hay nadie con quien se haya identificado tanto como con Juan Belmonte. “Fue un hombre trágico, un hombre atravesado por la tragedia, que murió con la frustración de no haber muerto sobre la arena de la plaza”, ha asegurado. “Lo que hago es tragarme a Belmonte, meterlo en mi sangre y bailar con su fantasma”.

“Él decía que se toreaba como se amaba”, ha recordado Liddell, subrayando esa relación entre amor y muerte que lleva a escena en su espectáculo, en el que busca la belleza: “Esa búsqueda es casi como resolver un problema astrofísico. Es una composición de varios cuadros para expresar el sufrimiento a través de imágenes hermosas”. De hecho, Liddell considera que “el deseo, a veces de autodestrucción, tiene que ver con la palabra, que es mucho más protagonista que la propia sangre”, pero a la vez recupera la frase de Bacon “el olor a sangre no se me quita de los ojos”, frase que considera “la definición perfecta de la estética”. “El texto es donde me he puesto en peligro. No podía bailar con el fantasma de Belmonte sin ponerme en peligro. Me pongo en peligro como un torero, pero a través de la palabra”.

La autora, que concibe el toreo como un arte aunque nunca ha asistido a una corrida, no entra en el debate ético sobre la tauromaquia. “No me interesa porque no aporta nada”, ha explicado. “José Bergamín, gran ensayista con una obra taurina importante, dice que la tauromaquia no es española, ni castiza, ni universal, que es interplanetaria. Todas las diferentes posturas empobrecen esta expresión de las bellas artes”.

Desde la búsqueda de la belleza, Angélica Liddell, Premio Nacional de Literatura Dramática en 2012, combate la uniformidad: “Y la lucha contra este mundo donde todo tiene que empatizar, ser higiénico, ser naíf, está más relacionada con las ideas que con la sangre”, insiste. Aún así, la escenógrafa admite que lo que practica sobre su cuerpo siempre está relacionado con el sacrificio dramático. “Es necesario llevar mi cuerpo al límite”, sentencia. Aquí entra en escena el pintor británico Francis Bacon: “Su imagen de la carne, de las reses, es soberbia, no necesita ser explicada porque lo dice todo”.

Además de Wagner, como en un contrapeso, en la pieza también destaca la música popular española. “Son músicas que aparecen en la experiencia personal de mi vida, casi como un diario y las uso como parte de lo que llevo dentro”, se explica la dramaturga. “Es una manera de volver a convocar lo que sentí escuchando esa música: a lo mejor me enamoré escuchando una sevillana”, confiesa, e insiste en que la música “renueva cosas y sentimientos muy profundos, y eso es bueno para no perder la emoción”.

Las del Grec son las primeras representaciones de Liebestod tras el estreno en Aviñón, la semana pasada. Allí, el recibimiento ha sido bueno. “Mi relación con Aviñón es casi como un noviazgo”, ha revelado Liddell, que ha presentado ocho obras desde 2010 en el festival. “Mantengo con el público francés una relación con toda la complicidad de un noviazgo: a veces se enfada, pero acepta mi propuesta. Lo importante es la pasión. Yo traigo la liturgia, lo irracional a Francia, que es la cúspide del racionalismo. Pero agradecen esa beligerancia, esa idea de desequilibrio que les supone a ellos, un país tan racional, mi misticismo. Ahí está el conflicto”, ha explicado, antes de revelar, en tono de broma: “Creo que si no fuera por los italianos y los españoles, los franceses se morirían de aburrimiento”.

Rechazo del Premio Nacional de Cataluña

Liddell regresó a Barcelona en el Grec del año pasado con The Scarlet Letter, después de 10 años de ausencia. “¡Estaba deseando venir! No podía entender no venir aquí, pero era porque no me llamaban”. Su disgusto era enorme: “Un dolor grande”, ha confesado. Tanto que, antes de representar esa obra en el Grec en 2020, rechazó el Premio Nacional de Cultura 2019 que le concedió el CoNCA, órgano asesor de la Generalitat en política cultural. “No lo quise, yo lo que quería era trabajar en Cataluña. El público me quiere. Pero no es el público el que te lleva al teatro”. Encantada de repetir en dos años la experiencia que no se le propuso durante 10, se ha mostrado agradecida a Salvador Sunyer y al festival que dirige, el Temporada Alta de Salt y Girona, que se ha convertido durante esa década, en el puente entre la artista y Cataluña.

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