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Pujol sí pidió el indulto

Pujol sacó la calculadora. Más años entre rejas no le acarrearían mayor popularidad ni servirían más a su causa. Su amigo Benet, partidario de la línea dura y del martirologio, no lo comprendió

Jordi Pujol, durante la presentación de la segunda parte de sus memorias, en 2009.
Jordi Pujol, durante la presentación de la segunda parte de sus memorias, en 2009.Andreu Dalmau / EFE

”¡Hoy ha sido un buen día!”. 13 de junio de 1960. Jordi Pujol está satisfecho. Ha conseguido lo que quería. El consejo de guerra lo ha condenado a siete años de cárcel. En los días previos al juicio le han avisado. Si se retracta, la pena será de seis meses. De lo contrario pasará unos años entre rejas. Pujol echa cuentas. Con la redención de penas, a lo sumo, pasará tres o cuatro encerrado. Su esposa, Marta Ferrusola, le apoya. “Si has llegado hasta aquí, tienes que ir hasta el final; si tienes pensado un discurso, lo haces. Los niños y yo esperaremos”.

“¿Tiene usted algo que alegar?”, pregunta el presidente del tribunal, el general gobernador militar de Barcelona, Ángel González de Mendoza. A Pujol le han detenido y torturado en las pesquisas posteriores a los Sucesos del Palau de la Música Catalana, cuando en la noche del 19 de mayo un grupo de catalanistas cantó El cant de la senyera y lanzó al aire la hoja Os presentamos al general Franco ante las autoridades franquistas. Pujol es su ideólogo, pero se le juzga sobre todo por escribir el panfleto, en el que traza un crudo perfil del dictador. Ante el tribunal miente y niega ser el autor.

”Pertenezco a una generación que sube. A una juventud que va creciendo lentamente, naturalmente, obstinadamente, y que se mueve por exigencias espirituales…” Médico, católico, 30 años recién cumplidos, accionista de la Banca Dorca de Olot, embrión de Banca Catalana. No es un preso cualquiera. Su alegato, difundido por amigos y periodistas presentes, entre ellos Baltasar Porcel, y su condena por rebelión militar enseguida le popularizan. Es lo que quería. “¡Hoy ha sido un buen día!”.

Su familia consigue a través de contactos, del régimen, del Opus Dei, que le encierren cerca de Barcelona. En la cárcel de Torrero Zaragoza, afianza su nacionalismo. Le impacta Cristo de nuevo crucificado, del que extrae una lectura particular y alejada de la intención de Nikos Kazantzakis. Según sus memorias, la novela trata “del hombre que mantiene su identidad griega y cristiana contra los otomanos que ocupan su país”.

Amigos y allegados, entre los cuales el abogado católico, activista y futuro senador Josep Benet, inician la campaña de pintadas Pujol-Cataluña. Es la base del mito. El paso por la cárcel, la marca indeleble del patriota, el blindaje a la crítica y la asimilación de un nombre con el conjunto del país. Más de uno, Raimon Obiols por ejemplo, que participa pintando Llibertat Jordi Pujol, se indigna por ello.

El 12 de octubre de 1961 el caudillo ofrece una medida de gracia con motivo de los 25 años de su designación como jefe de Estado. Ferrusola duda. Benet, dado a las mitificaciones, le aconseja que Pujol aguante si quiere convertirse en símbolo del catalanismo. La esposa llora. Lo relata Jordi Amat en su biografía de Benet.

Pero Pujol ha sacado la calculadora. El 17 de octubre pide el indulto y en noviembre de 1961 el régimen le reduce dos años y diez meses. La relación con Benet se enfría. Con buena conducta, el 24 de noviembre de 1962 se le permite vivir en libertad condicionada a un mínimo de 100 quilómetros de Barcelona. Se instala en Girona. El 13 de junio de 1963 se le concede regresar a Barcelona. A final de mes se acoge a un segundo indulto con motivo de la entronización de Pablo VI por el que reduce una cuarta parte de la pena restante. En sus memorias Pujol explica las vivencias “de tres años de prisión”. En realidad, dos años y cuatro meses.

Su amigo Benet, partidario de la línea dura y del martirologio, no lo comprendió. Para Pujol el golpe de efecto ya estaba hecho. Más años entre rejas no le acarrearían mayor popularidad, ni servirían más a su causa. Lo importante era regresar con su familia e impulsar Banca Catalana, sus negocios y activismo. Sesenta años después, entre los herederos de su nacionalismo —a tenor del silencio o el desdén por los indultos a los líderes independentistas encarcelados— parece haber más benetistas que pujolistas. Cuanto menos en público.

Joan Esculies es historiador

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