La crisis del coronavirus

Cataluña se escapa a Andorra

Miles de catalanes aprovechan la libre circulación con el país pirenaico para huir del confinamiento comarcal durante el fin de semana

Miles de catalanes aprovechan la libre circulación con el país pirenaico para huir del confinamiento comarcal durante el fin de semana.
Miles de catalanes aprovechan la libre circulación con el país pirenaico para huir del confinamiento comarcal durante el fin de semana.Albert Garcia / EL PAÍS

Àlex, Oriol y Pol sienten que están de vacaciones mientras toman cerveza bajo un sol agradable en la avenida Meritxell, la principal vía comercial de Andorra la Vella. Llegaron el viernes y se irán el domingo aprovechando la posibilidad de viajar al país pirenaico a pesar del confinamiento comarcal en Cataluña. España y Andorra han habilitado la libre circulación entre países siempre que se respeten las restricciones de destino. Desde el pasado 8 de febrero, Andorra estaba asimilada con la comarca del Alt Urgell (Lleida), con lo que se permitía la movilidad entre los dos territorios. Pero cuando se levantó el confinamiento comarcal, el pasado 15 de marzo, la Generalitat vetó la movilidad con Andorra. Desde entonces, las autoridades andorranas han mantenido distintas reuniones, tanto con la Generalitat como con el Gobierno central para recuperar los desplazamientos.

“Es surrealista poder ir a Andorra y no a Mataró, donde tengo la segunda residencia”, se queja Oriol. Hacía tiempo, dicen, que no salían juntos de Barcelona y ya tienen planes para esta noche. “Iremos a ver la final de la Copa del Rey en un bar”, avanzan los jóvenes, de 27 y 28 años. “¿Sabes cuánto tiempo hace que no podemos hacerlo?”.

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Ahora la vida en Andorra es diferente que en Cataluña. Los bares están abiertos por la noche y no existe el toque de queda. “Conozco a gente de aquí, y alucinan con las restricciones que tenemos en Cataluña”, añade Pol. “Ya es hora de levantar los confinamientos”. Los propios miembros de la Policía Nacional que trabajan en la frontera admiten la dificultad de explicar la norma a los ciudadanos. “Es una situación un poco rara”, admite una agente en una garita, “pero es lógico que la gente venga hasta aquí si la ley lo permite. La gente tiene ganas de salir, y nosotros no podemos impedirlo”.

Gabriel y Maria llegaron el viernes a la capital andorrana procedentes de Llorenç del Penedès (Baix Penedès). “Es la primera escapada que hacemos en un año”, aseguran. “Nos hemos portado muy bien”. Pasean con calma por las calles, menos pobladas que en otras ocasiones. “En comparación con otros años, se nota que hay menos gente”. La pareja dejó en Cataluña a sus tres hijos y la visita a los Pirineos se presenta como un respiro. “Vivimos a pocos kilómetros del límite perimetral de comarca, y no podemos hacer casi nada. Pero si se puede venir a Andorra, pues los aprovechamos”, defienden.

Los comerciantes de Andorra la Vella agradecen la llegada de extranjeros. Admiten que el país vive del turismo, y que la pandemia ha impactado de golpe en la economía del país y en sus bolsillos. La entrada de turistas que al menos pernocta una noche ha caído un 61% en el último año, y se espera una reducción del PIB del 11,7%, según aseguró en febrero el ministro de Finanzas andorrano, Eric Jover. Las estaciones de esquí, uno de los sectores más afectados por la pandemia, pidieron al gobierno andorrano 19 millones para paliar los déficits de la temporada.

Los turistas han caído un 61% en el último año en Andorra y se espera una reducción del PIB del 11,7%

“La gente sigue en ERTE, y muchos comercios no han vuelto a abrir”, explica Concha, dependienta de un outlet de ropa. En la tienda las ofertas se acumulan, pero las ventas escasean. “Antes de la pandemia, esto estaba lleno de gente”, asegura. “Ahora, con la apertura de las frontera con Cataluña, se nota un poco el aumento de los clientes, pero no tiene ni punto de comparación con los buenos tiempos”. Puestos a pedir, Concha pide que vengan más catalanes que franceses porque son más conscientes del uso de la mascarilla. “A los franceses les tenemos que perseguir por la tienda para que se la pongan. Parece que les cuesta”, ríe.

Joan Maria y Emilia se hospedan en un hotel de la ciudad con su hija Neus . Volverán a Barcelona el domingo. Él trabaja, y ella está jubilada. En su bolso, explica la mujer, lleva los documentos de autorresponsabilidad, y en todo el trayecto desde Barcelona no pararon en otras comarcas para cumplir con la normativa. “Somos muy obedientes”, bromea Emilia. Siempre que podían, dicen, salían de Barcelona, pero la pandemia les limitó. Cuando España y Andorra abrieron sus fronteras, no se lo pensaron. “Los catalanes vamos a Andorra como los franceses iban a Madrid”, ejemplifican, “ahora somos un poco franceses”.

“Muchos catalanes preguntan si pueden venir, porque no lo tienen claro y el Govern les pide que no vengan”, explica la recepcionista de un hotel

En los hoteles los teléfonos no dejan de sonar. “Muchos catalanes preguntan si pueden venir, porque no lo tienen claro”, explica la recepcionista del hotel Andorra Center. “Necesitan la reserva del hotel para justificar su desplazamiento, pero dudan porque la propia Generalitat pide que no vengan”, dice, mientras busca la portada de ayer del Diari d’Andorra, que muestra la petición del consejero del Interior, Miquel Sàmper, a los catalanes: “Pedimos a la gente que no se desplace a Andorra” reclamó el consejero viernes.

La demanda no tuvo un gran efecto. La actividad en la aduana es constante y las colas de entrada alcanzaron los tres kilómetros el viernes por la tarde y el sábado al mediodía. “El fin de semana pasado ya se notó un aumento considerable de la gente que subió, y en este vamos por el mismo camino”, explica la agente policial. Las colas, sin embargo, no alcanzan las de otras temporadas, cuando se registraban hasta 14 kilómetros de retenciones.

La apertura de fronteras también facilita que los catalanes residentes en Andorra reciban a sus familiares. “En los próximos días vendrán mis padres”, asegura Laura Fons, una maestra de 34 años de Barcelona que trabaja en la capital andorrana. Al principio de la relación con su compañero, él vivía en Andorra, y ella en la capital catalana. Iban y venían los fines de semana, hasta que Laura se mudó definitivamente. “Con las restricciones actuales, no lo habríamos podido hacer, y quizás no habría nacido nuestro hijo”, fantasea. “Ahora, si mis padres se escapan pronto, podrán visitar a su nieto, que lo echan de menos”.

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