INVESTIDURA EN CATALUÑA
Crónica
Texto informativo con interpretación

Una sociedad tradicional

Solo como un fatalista matrimonio concertado, se entiende que ERC emplazando a Junts para formar Govern

Aragonès, entre Calvet y Budó, en las escaleras del Parlament este viernes.
Aragonès, entre Calvet y Budó, en las escaleras del Parlament este viernes.Albert Garcia (EL PAÍS)

La política catalana lleva un tiempo sumida en un fatalismo de permanencias indestructibles. Imagínenla como una sociedad tradicional con sus constantes y sus costumbres que nadie se atreve a discutir desde el interior mientras, fuera, la vida evoluciona y todas esas prácticas ancestrales pasan por extravagantes de puro obsoletas. Una de las constantes de ese tipo de sociedades antiguas es, como saben, el matrimonio concertado. Pues eso, el libre albedrío en la elección de compañero de vida no está aceptado en el Parlament. A lo que parece. Solo así, como un fatalista matrimonio concertado, se entiende que, a pesar de lo que se vio este viernes en el debate de investidura de Pere Aragonès como presidente de la Generalitat, Esquerra Republicana siga emplazando a Junts per Catalunya a buscar un acuerdo de Gobierno.

Por más que se esfuercen, y con una paciencia bíblica repasen una vez y otra el intercambio de discursos entre Aragonès y el portavoz carlista (ya saben, de Carles Puigdemont), Albert Batet, no encontrarán ni el más mínimo signo de empatía entre ambos. Ni siquiera el lenguaje utilizado por uno y otro es ya el mismo. Hasta aquí ha llegado la fractura de aquellos que en 2012 emprendieron conjuntamente el procés.

Pere Aragonès, tras el pacto con la CUP, ha acentuado su discurso social: en la lista de prioridades, las urgencias de la crisis económica y el plan de rescate pasan por delante de las reivindicaciones nacionales. No es que Aragonès olvide la reivindicación independentista, pero no ha sido su estandarte fundamental y, además, lo ha despojado de retórica romántica. Como cita de autoridad, ha elegido esta de Joan Fuster: “Ni vivas, ni himnos ni banderas”, y la ha soltado ante los diputados de Junts ataviados todos con una mascarilla amarilla que los uniformaba y les ocultaba la boca torcida por el disgusto (las mascarillas son el nuevo uniforme ideológico: las amarillas en Junts, la franja rojigualda en Vox… la CUP antisistema también va uniformada, pero con camisetas reivindicativas). Aragonès también ha marcado territorio con la lista de próceres y mitos nacionales aludidos: fundadores del socialismo democrático, dirigentes del catalanismo de izquierdas, incluso anarco-sindicalistas…Nada que ver con los nombres habituales de Torra. Ni una referencia, por ejemplo, a Prat de la Riba, padre del nacionalismo conservador y presidente de la Mancomunitat. La elipsis es más curiosa por cuanto la tesis doctoral de Pere Aragonès va sobre…la Mancomunitat. En cambio, en su discurso de investidura citó, atención, a Karl Marx, y lo ha terminado con unas palabras del exalcalde socialista de Barcelona y expresidente de la Generalitat, Pasqual Maragall. Por cierto, como Maragall, y como Pujol, Aragonès también es mejor cuando replica que cuando lee discursos.

Total, ¿a qué parte de la intervención del candidato podían agarrarse los juntistas (un día deberemos consensuar un adjetivo para este partido, si permanece en la política. Bueno, en las charlas informales, la gente de ERC los sigue llamando “los convergentes”). No hubo ningún guiño para ellos. Batet parecía desorientado y dolorido, y se trabucaba al repasar los hitos clásicos: el mandato del 1-O, el expolio fiscal, el resentimiento porque unos no invistieron a Puigdemont y los otros a Turull… Y aunque Batet ya suele trabucarse en sus intervenciones, esta vez estaba especialmente atribulado y combativo con su, por pura tradición, futuro socio. No están cómodos los herederos de Pujol cuando no lideran: Batet usó el concepto ”pressing Junts”, y se le notaba descentrado porque esta vez el pressing vaya en sentido contrario.

Total, que no fue más suave Junts en su abstención que el PSC votando ‘no’. Al contrario, diría que a Salvador Illa le costó encontrar su sitio, porque las exigencias concretas del líder socialista coincidían en buena parte con las propuestas que Aragonès ya había planteado, y el lenguaje, esta vez sí, era muy similar: no dejar a nadie atrás, las urgencias sociales, no dividir entre catalanes buenos y malos… Es más, aunque Illa empezó su intervención enfadado, el juego de réplicas y contrarréplicas entre ambos acabó con buenas palabras, promesas de acuerdos futuros, y con Illa comprometiéndose a reactivar la mesa de diálogo y deseando suerte a su contrincante: “Su suerte será la de Cataluña”.

En otro país —por ejemplo España—, una situación como la de este viernes permitiría aventurar una legislatura con geometría variable. Pero Cataluña, vive en esa sociedad rígida, tradicional y atávica en la que se nace Montesco y aunque la familia se odie y se acuchille —metafóricamente—, jamás de los jamases se casará uno con un Capuleto.

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