Opinión
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Rescatar el tibidabo

Puede ser buen momento para repensar este singular lugar urbano y librarle de su actual situación. El parque de atracciones debe ser más accesible y restaurarse antes de que ya no quede nada de él

Parque de atracciones del Tibidabo.
Parque de atracciones del Tibidabo. carles ribas

La exposición sobre el Pueblo Español de Montjuïc visitable en el Arxiu Fotogràfic de Barcelona ha conseguido hacer pensar sobre el presente de instalaciones como esta, que hacen patente que la ciudad no acaba de encontrar una manera de usarlos adecuadamente. No me refiero al momento presente, contaminado sin matices por la crisis sanitaria y económica, sino en este momento del siglo en el que la ciudad proyecta su futuro. El conjunto arquitectónico del Pueblo Español hace ya años que parece estar castigado y condenado a ser una atracción en el peor sentido de la expresión. Algo a lo que me referí en este mismo diario hace ya 10 años. Entonces sugería que se podría buscar un mejor destino y proponía, por ejemplo, una de artes aplicadas o de diseño. Resultaría una demostración de realismo contemporáneo poder dar un uso moderno a un edificio que no tiene apariencia de tal, pero que puede ser útil.

Motivado por este conjunto y por los que la ciudad trata de encontrar nuevos usos y sentido, creo que sería bueno anticiparse y pensar en el Tibidabo. El Tibidabo debería poder rescatarse de su situación actual, obligado a ser rentable a toda costa y convertido en parque de atracciones banalizado, obligándole a hacer esfuerzos para tratar de ponerse al día imitando los parques de la Warner o de Disney y afligido por la estética Halloween”, que consiste en dar contenido a todo a través de la mirada de un público alucinado por la filmografía más vulgar. El Tibidabo es víctima de esa enfermedad, pero aún así sigue siendo sinónimo de fantasía y despertando las ganas de tenerla.

Quizás hacer algunas observaciones serviría para imprimirle otro rumbo que evitara convertirlo en otro Pueblo Español y podría reconsiderarse como un lugar de atracciones. En definitiva, ensanchar y desarrollar el significado de parque de atracciones con otras cosas. Una de las características de su atmósfera es la abrumadora presencia de elementos en movimiento, máquinas que describen al aire trazados circulares, como un conjunto de engranajes de relojería que no consiguen sincronizarse.

La Atalaya, la Noria, el Avión, el Carrusel o incluso el desaparecido tren aéreo. Todo este conjunto en movimiento adquiere una presencia especial al estar donde está, en la cima de la montaña que preside Barcelona. La urbanización de este espacio, mediante un conjunto de edificios y máquinas, y una mezcla de usos que reúne el religioso, con el lúdico, la curiosidad y la fantasía Juliovernesca, todos juntos en una explanada difícil de explicar racionalmente, debería ser una verdadera inspiración y una permanente celebración de la curiosidad. Su arquitectura, mezcla modernismo, folclorismo y estética industrial, recreando una escenografía única en la ciudad que nos regala, al llegar, la irrepetible experiencia de encontrarnos debajo de aquello que vemos a lo lejos.

El Tibidabo podría restaurarse antes de que ya no quede nada de él, dentro de muy poco veremos un nuevo funicular bautizado como cuca de llum, y poner en funcionamiento las máquinas y autómatas tal como eran, aunque a los niños no les guste, y me permito hacer ver que no les gustará si no se les enseña a hacerlo. Arguiñano hace unos meses afirmaba que la obesidad infantil en un país como España, es culpa de los padres. También la alienación temática lo es. El Tibidabo debe ser más accesible y saber fabricar excusas para subir. Por otro lado, aquellos que pilotan la ciudad deberían mimarlo y encontrar razones para mejorarlo. Barcelona parece haberse “especializado” en el frente marítimo y en Ciutat Vella y más recientemente en fabricar la Barcelona “de los barrios”, pero el Tibidabo su mirador por excelencia es de la ciudad entera. Llevamos 30 años castigando sutilmente este lugar, la prueba es que la política municipal ha acabado por imponer el toponímico Collserola a esa parte de la ciudad y Tibidabo ha sido relegado a nada. Ahora podría ser un momento de repensar este singular lugar urbano.

Este podría ser un espacio abierto a otras experiencias, un lugar en el que las piezas de artistas que trabajan con el movimiento tuvieran lugar en medio de sus máquinas y artefactos. Piezas de Miguel Palma, Cardiff y Bures Miller, Malachi Farrell, Ângela Ferreira o CaboSanRoque, podrían tener allí un lugar “natural”, mediante comisarios invitados a participar que entiendan el valor de poder trabajar en este contexto y ayudar a convertir el Tibidabo en un espejo de la Miró, allá en Montjuïc, y reequilibrar la concentración de centros de arte en Las Ramblas y sus alrededores, desde esta montaña de la fantasía.

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