Opinión
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Grandes rebajas

Sin margen para acusar al Gobierno central de los errores propios, al Govern ya solo le queda esperar el veredicto de las urnas y su complejidad posterior

Miembros del colectivo de comerciantes posan con el carbón que han regalado a la Generalitat.
Miembros del colectivo de comerciantes posan con el carbón que han regalado a la Generalitat.Marta Pérez / EFE

En un pasado que parece remoto, aunque solo nos traslada a pocos años atrás, tal día como hoy lo marcarían las rebajas. Las de enero. Las que un sector del comercio siempre quiso reguladas, inflexibles, punitivas para quien alterase el orden, la rigidez y la tradición. El mismo sector que acusaba al que pidiera cierta porosidad de pecaminoso liberal partidario de los grandes centros comerciales. Negocios, estos, que iban ampliando su presencia en las periferias gracias a unas administraciones que por detrás facilitaban su apertura mientras públicamente aplaudían la protesta avalando al tribunal de la Inquisición que quemaba en la hoguera al osado que matizara por ser enemigo del comercio local, la tienda de proximidad y la vida activa de pueblos y ciudades castigados a morir inexorablemente el día que sus persianas permanecieran bajadas.

Fue este mismo sector el que a partir de la crisis anterior empezó a vulnerar sus propias normas largamente impuestas porque a la fuerza ahorcan. De pronto, las leyes hechas a su medida les parecían corsés que impedían su libre respiración y limitaban la libertad que antes denigraban. Es el segmento económico que recuerda como un simple halo de nostalgia cualquiera de aquellas pretensiones añejas. La pandemia puede con todo. Y la pésima gestión que de ella está haciendo la Generalitat parece ideada para rematar lo poco que el virus deja vivo. Incluso Quim Torra, desde la atalaya de su inhabilitación, admite públicamente que le subleva contemplar tanta incapacidad, incoherencia y arbitrariedad de los suyos. Como si no fuera con él. Ni tuviera que ver con su legado, fruto de una inexistente gestión política consecuencia, a su vez, de haber priorizado el activismo y olvidado la obligación democrática de cumplir con el servicio eficaz y efectivo a la ciudadanía.

Ni el esperado arranque de la vacunación han sabido gestionar por muchas excusas y correcciones que proclamen. Pero ya no cuelan. Ahí están las comparaciones con otras autonomías. Odiosas pero inevitables. Como las que puedan aducir a partir de hoy los ciudadanos que alteren los nuevos límites a su libertad si quien les advierte es la misma administración que no supo o pudo acabar con la rave de Llinars del Vallès. Tan orgulloso puede seguir nuestro Govern en su burbuja como enojados los catalanes por su impericia.

Sin margen para acusar al Gobierno central de los errores propios ya solo queda esperar el veredicto de las urnas y su complejidad posterior. Mientras, seguiremos asistiendo al cruce de reproches, al intercambio de inculpaciones y a descalificaciones que tan lógicas son para señalar al contrario como inaceptables para su acuse de recibo. Y distraídos con el lamentable espectáculo ya en cartel y que facilitará la entrada de la derecha más extrema al Parlament, procurarán que perdamos de vista, aunque sea por unos días, las otras muchas rebajas que nos aplican. Aquellas que a lomo del caballo viejo ya no tienen horario ni fecha en el calendario.

Las organizaciones comerciales apuntan que, tras las nuevas restricciones, al 40% de los negocios en Cataluña apenas les queda margen de maniobra. Las grandes plataformas digitales son las beneficiadas por los cambios de hábitos de consumo y las firmas de reparto a domicilio siguen sacando rédito de lo que la cuarentena potenció. Los hoteleros exigen ayudas directas hasta que regrese el turismo. El paro en Cataluña roza el medio millón de afectados. Y nadie sabe a día de hoy cuántos ERTE se convertirán en ERE. Ni cómo se devolverá todo lo que ya se ha prestado más la demanda pendiente. Los agentes sociales insisten en la posibilidad de que los apoyos europeos lleguen tarde y se distribuyan mal. O que sean insuficientes para paliar tanto daño acumulado. No en vano, España, con Cataluña al frente, es un triste líder entre los países en los que la crisis económica se ha cebado con mayor intensidad. Lo demuestran organizaciones no gubernamentales y bancos de alimentos desbordados. Y para la recuperación completa habrá que esperar algunos años más. Los Presupuestos ya en vigor, siendo positivos, obligan a una gestión muy cuidadosa. Y el aumento de impuestos que tanto defiende la izquierda pide cautela porque está al acecho el riesgo de empobrecer todavía más a la maltrecha y adelgazada clase media.

Y como complemento a este cuantitativo estado de la cuestión está, a instancias del miedo, la intangible pero no por ello menos importante pérdida cualitativa. Desde el efecto de los besos y los abrazos prohibidos al adiós improcedente de los seres queridos. De la emblemática mascarilla que tanto simboliza a las largas colas y esperas para comprar lo imprescindible. Pero, sobre todo, la limitación de aquella libertad que una vez perdida ya no se recupera y ante la que todos hemos cedido acríticamente.

Sí, son tiempos de grandes rebajas. Las que pueden haber venido para quedarse.