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La larga vida de los edificios

Más que de reutilización, se trata de seguir usando lo que tenemos, no de ‘volver a usar’. No se trata de pensar en el proyecto arquitectónico o urbanístico como algo ‘ex novo’ a partir de una hoja en blanco

El edificio de Correos, al final de la Via Laietana, en Barcelona.
El edificio de Correos, al final de la Via Laietana, en Barcelona.Albert Garcia

Las cosas nuevas que hacemos con lo que existe. Ese podría ser el pensamiento que rige hoy la arquitectura y el urbanismo de nuestras ciudades. Tal vez aún no tenga estatuto y aún no exista una conciencia que permita observar este pensamiento como el responsable de un sistema de cosas. Los casos que dan cada vez más cuerpo a esta idea son considerados en cierto modo elementos singulares y aislados, si bien es cierto que en algunos casos ocurre que se encuentran próximos en la ciudad, lo que hace más plausible pensar en ellos como un fenómeno sincronizado. Pero no parece haber una “conciencia” de ello. En un espacio de tiempo relativamente breve se han hecho públicas distintas iniciativas, algunas acompañadas de agrias controversias, que permiten aventurar que deberían pensarse en conjunto. Lo ocurrido con el CAP del Raval, que puso en juego la discusión sobre la posibilidad de albergarlo en distintos edificios, como la capilla de la Misericordia, que será finalmente su destino, activando el mismo Dispensario Antituberculoso, afectando al Macba y llegó hasta pensarse en el aparcamiento subterráneo adyacente, en el momento de mayor cruce de ideas sobre los destinos del CAP y la ampliación del museo. En cualquier caso, un conjunto de edificios a la búsqueda de una nueva utilidad.

Arquitectos, urbanistas y administradores han de pensar en las cosas nuevas que hacen con lo que ya existe

A este caso podemos sumar lo que parece que será el nuevo destino del palacio de Correos de la Via Laietana, un edificio ciertamente singular tanto por su arquitectura como por la naturaleza de sus posteriores ampliaciones, unidas mediante un puente sobre la calle de Ángel J. Baixeras, y obviamente por su emplazamiento, que afecta tanto a su condición de presidir la plaza de Antonio López, con su fachada, escalinata y columnas, como por ser la mitad de la “puerta”, de esta especialísima calle de Barcelona. Prácticamente al otro lado de esta, un gran edificio administrativo de fachada formidable, ocupado por distintas administraciones y negociados y hoy vacío, aguarda un destino sobre el que se ha especulado que podría ser residencial. Casi ayer mismo el edificio de la plaza Pi Sunyer, ocupado por la gerencia de Seguridad y Prevención del Ayuntamiento de Barcelona, en un recodo de la avenida del Portal de l’Àngel, alojará el CAP del Gòtic. A todos estos deberíamos sumar los distintos edificios que, con mayor o menor grado de intervención, se han convertido en hoteles, muchos precisamente en la misma Via Laietana. Por seguir este razonamiento, sumemos a estos recientes casos, concentrados en una pequeña parte de la ciudad, fábricas y recintos industriales como el de Fabra&Coats, la nave Oliva Artés y tantas otras, que alojan hoy distintas y diferentes utilidades. Aquello que fue una singular excepción en el caso de la Casa Golferichs de la Gran Via, que en 1984 fue recuperada por el Ayuntamiento, es hoy moneda corriente y tal vez sea hora de verlo como un signo inequívoco de la actual vida de nuestras ciudades.

Lo excepcional que fue en 1984 recuperar la Casa Golferichs se ha convertido en signo de la vida actual de las ciudades

La idea que tenemos cuando hablamos de proyecto de arquitectura o urbanismo tal vez debería reformularse si es que no lo ha hecho ya. No se trata de pensar en él como un acto creativo ex novo, a partir de una hoja en blanco, podríamos decir. La concepción de las cosas, en este caso de lo construido, se ocupa más bien de reorganizar, de “montar” —en términos cinematográficos— las cosas, los edificios y los espacios de la ciudad de una nueva manera. Ya no colonizamos espacios y solares vacíos, nuestro trabajo es distinto y lo es porque sobre lo que trabajamos ya existe de un modo incontestable, los edificios tienen una larga vida. Lo mismo ocurre con los espacios públicos de nuestras ciudades. Podemos introducir cambios, eventualmente ensancharlos o ampliarlos, pero en propiedad ya existen, y desde hace mucho tiempo —algunos con el mismo nombre, como Lesseps o Glòries—, incluso espacios antes privados, como jardines abiertos hoy al público, existían ya antes de hacerlos públicos. La ciudad en gran parte se dibuja a sí misma, se rehace con su propio material

Durante tiempo he pensado que este trabajo podría llamarse de reutilización, empleando la raíz del término anglosajón reuse. Ahora creo que más bien se trata simplemente de seguir usando lo que tenemos, no de volver a usar, sino de seguir usando. Nuestra ocupación, que incluye tanto a arquitectos, urbanistas y administradores, es pensar en las cosas nuevas que hacemos con lo que existe. Ese es el proyecto.

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