“Cerrar la Cerdanya ahora es como cerrar Benidorm en agosto, pero lo importante es la salud”, dice el alcalde de Bellver

Los empresarios de la comarca consideran que son los “cabezas de turco” de una decisión política

Controles policiales en el acceso a la comarca de La Cerdanya
Controles policiales en el acceso a la comarca de La CerdanyaToni Ferragut

El cierre perimetral no ha pillado por sorpresa a muchos de los habitantes de la Cerdanya, que desde hacía semanas veían inquietos cómo los indicadores de la pandemia empeoraban incluso cuando en el resto de Cataluña tenían un comportamiento positivo. Esto, sumado a una población envejecida y a una extrema dependencia del turismo y la movilidad que implica esta actividad, hacían presagiar lo peor. Aun así, ni los alcaldes ni el consejo comarcal se atrevieron a pedir cierres preventivos pensando que esto era dispararse un tiro en el pie justo cuando empieza la temporada alta de turismo de invierno.

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Los números cantan y el director general adjunto del Hospital de Cerdanya, Xavier Conill, lo reconoce. Conill lamenta que en estos momentos haya más positivos ingresados en el centro hospitalario que durante la primera ola de la covid. “El hospital no está colapsado pero nos preocupa la velocidad con la que están aumentando los contagios. Hemos pasado, en una semana, de uno o dos pacientes ingresados a 12. Sabemos que justo después de Navidad suele haber un aumento de población en la comarca atraída por el esquí y esto hace aumentar el número de ingresos hospitalarios por traumatismos. Estos ingresos presionarían mucho los recursos humanos y materiales de nuestro centro”.

El alcalde de Bellver de Cerdanya, Xavier Porta, es de los que creen que el cierre perimetral “ha llegado tarde”. “Llevamos muchos días en los que solo en Bellver sabemos que hay cuatro, cinco, seis positivos diarios. Además, los números engañan porque el Hospital de Cerdanya no solo atiende a los 17.000 vecinos de esta comarca sino que también a los de la Cerdanya francesa”, advierte el edil. Porta es ecuánime a la hora de echar las culpas de la situación: “La tienen los de las segundas residencias que vienen, pero también los de aquí, que no hemos cumplido con las medidas de seguridad. Es cierto que cerrar la Cerdanya ahora es como cerrar Benidorm en agosto pero lo importante es la salud. Tenemos que cortar el problema de raíz y, a partir de aquí, comenzaremos de nuevo”.

Cada pueblo es una historia y cada historia tiene múltiples prismas. En Llívia, por ejemplo, donde viven 1.400 personas, hacía semanas que había inquietud por el poco respeto a las normas que muchos vecinos observaban en uno de los bares de la población, situado junto a la carretera N-154. Aforo descontrolado cuando estaba limitado al 30%, personas consumiendo en la barra pese a estar prohibido, mascarillas por debajo de la nariz en el mejor de los casos e incluso algún camarero sin tapabocas. “Todos lo hemos visto, pero en el pueblo tampoco se trata de ir denunciando y crearte más enemigos”, explica una de las vecinas, que pide anonimato. “Noto que aquí mucha gente está demasiado relajada, unos porque creen que esto viene de fuera y aquí en la montaña estamos protegidos; otros porque directamente creen que a ellos no les va a tocar”, prosigue su relato mirando a ambos lados de la calle del Raval de Llívia, como para evitar que la escuche algún vecino. El bar al que muchos señalan ha amanecido cerrado este martes y sin señales de vida en el interior. 15 vecinos han dado positivo por coronavirus en la última semana, lo que ha disparado la tasa hasta los 1.200 casos por cada 100.000 habitantes. Una auténtica bomba epidemiológica.

Ahora, la mirada se centra en cómo sobrevivir sin turistas a unas Navidades que todos veían como una oportunidad para quitarse definitivamente de encima un año aciago para sus negocios. Las estaciones de esquí siguen abiertas, aunque sin bares ni restaurantes en marcha. En teoría solo pueden acceder a las pistas quienes estén dentro del perímetro comarcal, tanto vecinos como habitantes de segundas residencias que llegaron a la Cerdanya antes de la pasada medianoche. La afluencia este miércoles por la mañana es escasa, nada que ver con el martes, cuando una jornada soleada animó a más de uno a acercarse hasta La Molina o Masella. Ambas estaciones han estado vigilando la última semana que no hubiera aglomeraciones en los remontes y pidiendo —no siempre con éxito— que todo el mundo use la mascarilla en las colas. Otra cosa eran los bares, con terrazas en las que no era difícil ver a grupos de más de seis personas y comensales con la mascarilla caída.

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Todos los sectores empresariales advierten de que el cierre puede ser letal para los negocios. Ramon Boter, portavoz de la estación de esquí de Masella, dice: “Seguiremos con la estación abierta pero hoy íbamos a abrir el hotel a pie de pistas y hemos recibido un alud de cancelaciones. No lo vamos a abrir”.

Francesc Armengol, presidente de Empresariat Cerdanya, lamenta el “sin sentido” del cierre perimetral: “El viernes nos dicen que la movilidad iba a ser, al fin y al cabo, amplia. Las empresas de la Cerdanya compran comida, bebidas, llenamos las neveras… y 48 horas más tarde nos cierran la comarca”. Armengol explica que trabajadores que firmaron su contrato el martes este miércoles “ya están en ERTE” y considera que “los políticos” han utilizado la Cerdanya y el Ripollès como “cabeza de turco” para alarmar a la ciudadanía e impedir la movilidad. “La gente que se iba a reunir aquí lo hará en el paseo de Gràcia de Barcelona o donde sea”, advierte.

María Martínez, presidenta de la Asociación de Comercio de Puigcerdà, es crítica con la decisión de la Generalitat. “Han coincidido los cribados que los propios empresarios han promovido con un brote clarísimo tanto en el instituto como en las escuelas de Puigcerdà. La explicación que nos dan sobre que el aumento de positivos se debe a la llegada de visitantes en el puente de la Purísima no es aceptable. Vino gente de las segundas residencias pero no se movieron de sus casas. Fue el fin de semana más solitario y el peor económicamente hablando para los comerciantes”, advierte Martínez. La presidenta de la Asociación de comercio de Puigcerdà denuncia: “La causa de la situación actual es interna y se debe a la negativa de la administración de cerrar los centros educativos cuando se solicitó. No nos escucharon y después de ignorarnos nos cierran sin previo aviso y sin ningún respeto a toda la gente que se esfuerza por mantener los puestos de trabajo en la comarca”.

Muchos en la Cerdanya veían venir lo que hoy es una realidad. El pasado 14 de diciembre la dirección del único instituto público de la comarca, el Pere Borrell, pidió autorización para que las clases fuesen, exclusivamente, en formato telemático hasta el 21 de diciembre. La Asociación de Madres y Padres de Alumnos (Ampa) del centro denuncia en un comunicado que el Departamento de Educación no lo autorizó pese a que, en los últimos 19 días, 48 alumnos y cuatro profesores habían dado positivo en covid, lo que obligó a confinar a 207 alumnos y a 15 profesores. “Creemos que la situación está totalmente descontrolada y llevar a nuestros hijos al instituto es exponerlos a un riesgo inadmisible”, concluía el comunicado del Ampa.

El alcalde de Puigcerdà, Albert Piñeira, denuncia que pese a que el propio Consistorio pidió a la consejería de Educación cerrar las escuelas durante las últimas semanas no fueron escuchadas las peticiones municipales. “Ahora, con las cifras, podemos entender el cierre de la comarca pero necesitamos la ayuda de la Generalitat y el Estado porque la primavera pasada se cortó en seco la temporada de nieve y ahora no nos dejan casi ni comenzar”, lamenta el edil de la capital de la Cerdanya. “Durante el puente de diciembre ya había restricciones de movilidad y hay que tener en cuenta que desde la Inmaculada hasta Reyes es cuando las empresas de la comarca facturan el 45% de todo el año. El Ayuntamiento ha abierto unas ayudas pero ni percibimos los suficientes impuestos ni tenemos la capacidad”, lamenta Piñeira.

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