Opinión
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Invisibles hasta que arden

Hay muchas naves con infravivienda como la que se quemó en Badalona en el área metropolitana. Ver cómo las administraciones se pasan la pelota en llamas explica por qué la política parece a veces tan alejada de la realidad

Incendio en dos naves ocupadas en Badalona, el miércoles por la noche.
Incendio en dos naves ocupadas en Badalona, el miércoles por la noche.MASSIMILIANO MINOCRI / EL PAÍS

Circula por Twitter la etiqueta #homelesslivesmatter, pero, ¿importan realmente la vida de los sin techo? Me temo que la pena, la compasión o la rabia provocadas por el incendio de la nave de Badalona en el que murieron tres inmigrantes se desvanecerán en cuanto se apaguen los rescoldos del fuego. Era patética la insistencia del alcalde Xavier García Albiol en marcar la distinción entre un largo periodo de ocupación pacífica que se remonta a su anterior periodo como alcalde, y los tres últimos años en los que, según él, habían llegado elementos violentos que alteraban la convivencia y no se había hecho nada. La nave llevaba 15 años abandonada y desde hace 12 estaba ocupada por cientos de personas sin hogar. Ver cómo las administraciones se pasaban la pelota en llamas explica por qué la política parece a veces tan alejada de la realidad. Para García Albiol, la realidad es algo que se toma o se deja según convenga.

Pero la realidad está ahí y a veces sube a la superficie para abofetear a los que siempre miran para otro lado. Entre los pocos testimonios que los medios pudieron encontrar, porque la mayoría de los que huyeron del fuego huyeron también de los focos por miedo a la deportación, había un inmigrante que lleva 20 años en España y que todo ese tiempo de paraíso soñado no le ha servido para nada más que para levantar con cuatro tablones un remedo de hogar en una inhóspita nave abandonada. Diez años llevaba otro viviendo en ese lugar que entre todos trataban de dignificar.

Allí estaban, con sus televisiones, sus alfombras y esas pulcras mesitas ante las que se sentaban en sillas ergonómicas de despacho encontradas en cualquier parte, vestigios de una opulencia que a ellos se les niega. Uno de los que saltaron por la ventana vivía en la nave pese a tener trabajo y se sentía afortunado porque podía comer, pero había desistido ya de salir de allí: nadie quería alquilarle a él, piel oscura tirando a negro, con tanta gente blanca compitiendo por la gama baja del alquiler. Invisibles hasta que arden. Entonces llegan los políticos y los lamentos, pero en cuanto los focos se apagan vuelven a la invisibilidad de otro solar, a las colas del hambre de los bancos de alimentos. Hay mucha infravivienda en naves y solares abandonados del área metropolitana. El Ayuntamiento de Barcelona lleva un registro que no para de moverse en el que ahora constan 70, pero en el resto del área ni siquiera se sabe cuántas hay.

En La expulsión de lo distinto (Herder, 2017), el filósofo Byung-Chul Han, escribe: “La política de lo bello es la política de la hospitalidad. La xenofobia es odio y es fea. Es expresión de la falta de razón universal, un indicio de que la sociedad todavía se encuentra en un estado irreconciliado. El grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad, es más, en función de su amabilidad”. Los subsaharianos que viven en las naves saben muy bien lo poco que tolera nuestra sociedad lo distinto, por eso intentan pasar desapercibidos. Raramente piden ayuda y pasan con sus carros de chatarra o sus telas por la playa susurrando la mercancía. Y la gente, absorta en sus móviles, levanta la mirada un momento y observa el horizonte sin verlos. Ha pasado un nadie. Lo invisible no existe, no molesta, no provoca cargos de conciencia.

Solo los que quieren realmente mirar se acercan a la ellos. Las organizaciones humanitarias como Cruz Roja, Cáritas o Arrels, que les llevan medicamentos, comida, estufas y algo de calor humano. Hay mucha gente que no quiere mirar a otro lado pero tampoco sabe cómo implicarse. Delega en las organizaciones humanitarias la hospitalidad y se siente incómoda, pero tampoco ve una solución. “Medio planeta querría vivir aquí si abriéramos las fronteras”. Es verdad. Para muchos que no son racistas ni xenófobos, no es tanto el miedo a lo diferente, a los extranjeros que ya están entre nosotros, como el miedo a los que podrían llegar. Un problema de proporciones, dicen. Y en esas contradicciones se mueven entre la tristeza y la impotencia.

El ministro de Interior del Gobierno más progresista de la historia tampoco quiere trasladar a la península a los que llegan en pateras a Canarias. No quiere provocar un efecto llamada, dice, ignorando que el gran efecto llamada es el enorme contraste entre la forma como vivimos nosotros aquí y las expectativas que tenemos, y la forma en que viven allá y las expectativas que tienen. Aunque aquí también tengamos a nuestros propios excluidos y aunque el viaje al paraíso de los que huyen de allá acabe en una nave en la que muchas veces se sienten infinitamente peor que en la aldea de la que partieron.

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