Opinión
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Pandemonio

Lo que a través del estado de alarma asumió el Ejecutivo central ahora está en manos de las autonomías, que, recuperadas sus competencias sanitarias, reproducen a pequeña escala lo que los Estados hacen en el ámbito continental

Retratos de Frederick Engels y Karl Marx, autores del "Manifiesto Comunista".
Retratos de Frederick Engels y Karl Marx, autores del "Manifiesto Comunista".

Un fantasma recorre Europa, el fantasma del coronavirus. Parafraseando a Marx y Engels y su conocido inicio del Manifiesto comunista, podríamos convenir que “todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a este fantasma”. Y aquella unión de circunstancias parece revivir con parecidos límites.

Francia ha restablecido su estado de urgencia, toque de queda incluido en el París metropolitano. Holanda ha declarado confinamiento parcial e Italia ha reducido horarios de restaurantes y vida social después de obligar a usar mascarilla. Alemania, alarmada con mucha menos incidencia, teme el caos. Incluso el Reino Unido, Brexit latente al margen, advierte de las duras medidas a tomar por un rubio peligroso que se las prometía muy felices minimizando el riesgo hasta caer del caballo por el azote de la enfermedad padecida en carne propia.

Mientras, y siguiendo la propuesta ideada hace meses por el matemático catalán de la Universidad de París-Dauphine Miquel Oliu-Barton, la Comisión Europea ha empezado a preparar su mapa de colores según los contagios en cada zona. Persigue ofrecer alternativas de relación, contacto y movilidad a tanta división de criterios y tan poca armonización sanitaria promoviendo posibles corredores seguros que alivien la castigada economía. Como si el Tratado de Schengen no existiera porque la Unión no se hubiera ideado siquiera. Y no porque la covid-19 no entienda de administraciones, patrias ni fronteras, sino porque estos conceptos funcionariales, físicos o emocionales son patrimonio de los Estados, que los modulan a su parecer en un proceso de aparente improvisación según las sugerencias de científicos superados.

En este sentido, poco parece haber cambiado aquel mundo de 1848 que las oligarquías veían amenazado por la revolución comunista y contra el que los dos grandes pensadores redactaron “el programa del proletariado”. Tanto por la actual fragmentación de las defensas como por la falta de unidad en el ataque. Tanto por la disparidad de criterios políticos como por las insatisfactorias soluciones médicas. Se sigue sabiendo tan poco del virus por su novedad y temiendo tanto de él por su incidencia como se hizo entonces con aquel movimiento que marcó la historia del mundo. También en esto hay coincidencia. Nadie pone en duda que nuestra experiencia pasará a los anales. Hay, por tanto, similitudes entre ambas batallas. Incluso por el sufrimiento mayormente distribuido entre los más débiles a causa de una condición social que les empuja a la exclusión, como advierte Intermon-Oxfam.

Presentada la pasada primavera como una guerra a la que se intentó hacer frente con el lenguaje convencional de las grandes confrontaciones y potenciando la propaganda con el más arcaico de los estilos, el tiempo está demostrando cuán equivocados iban los gobiernos y lo erróneo de sus métodos. Todos. Quienes entonces parecían enfrentarse adecuadamente a las nuevas circunstancias porque sus epidemiólogos optaron por unas medidas menos invasivas, la cura de humildad les llegó después. Y quienes, al revés, se presentaron como los adelantados de la dureza para aparentar una gallardía que de poco servía, España por ejemplo, en el actual capítulo están viendo lo insatisfactorio de aquel gran sacrificio de la primavera robada si es que fue pensado para ser más eficientes en el otoño de la falsa esperanza.

Claro que también aquí entra en juego una diferencia sustancial: la distribución de responsabilidades. Y lo que a través del estado de alarma asumió el Ejecutivo central ahora está en manos de las autonomías, que, recuperadas sus competencias sanitarias, reproducen a pequeña escala lo que los Estados hacen en el ámbito continental. Madrid, el paradigma. Cataluña, el simbolismo. Una por voluntad partidista. Otra por necesidad vital. Y la consecuencia es la sensación generalizada de desamparo ciudadano fruto de miradas ideológicas contrapuestas. Porque aunque la ciencia pueda ser neutra, sus profesionales no lo son y los gobiernos ni deben ni pueden serlo. Y acaban aplicando metodologías fruto de unos planteamientos más o menos intervencionistas o más o menos liberales.

En esta otra batalla estamos ahora si nos fijamos en las decisiones económicas que se toman, que se critican o que se padecen. Mientras Díaz Ayuso acusa imprudente y tendenciosamente al Gobierno Sánchez-Iglesias de pretender el ahogo de Madrid, el de Aragonès fija las medidas de izquierdas bajo pretexto de prevenir para evitar tener que curar. Pero lo hace como correctivo a los catalanes que incumplen las normas en la mejilla de los propietarios de bares y restaurantes. Como si fueran ellos los responsables de un comportamiento que también es consecuencia de lo que los gobiernos no supieron hacer durante el largo confinamiento: incentivar y promover la responsabilidad individual y social antes que sermonear y sancionar. Y aquel paternalismo protector de palo y zanahoria ahora se vuelve en su contra.

Si Marx y Engels pretendían crear una sociedad nueva, con el coronavirus se persigue nueva la normalidad. Mientras, pandemonio. (Ruido y confusión.)