LA CRÓNICACrónica
i

Un ojo en la ventana

Tras leer ‘El ojo en la mitología. Su simbolismo’, de Juan Eduardo Cirlot, me pongo gafas de sol y gorra para evitar maldiciones de mis vecinos

Por la noche, las luces de interior también hablan: un blanco azulado, un ocre intenso, un punto que titila en las entrañas...
Por la noche, las luces de interior también hablan: un blanco azulado, un ocre intenso, un punto que titila en las entrañas...Albert Garcia

Las cosas se nos pueden aparecer en una de estas tres formas: como muros (la cerrada oposición del mundo), como espejos (reflejos de uno mismo) o como ventanas (abertura gozosa, posibilidades)… Suspenso total: así no puede empezar una crónica. En esta línea, ya solo me sigue mi padre. O ni él, solo en casa, envejecido de golpe, atemorizado, hastiado del confinamiento. Le entiendo, pero yo lo conllevo más porque he descubierto las ventanas y el balconcito del comedor. Explicación: como uno es un remero del Volga del periodismo, llega siempre a casa a las tantas, cuando las persianas suelen estar echadas para aislarse de la mirada de la oscuridad. Y cuando se izan por la mañana, ya suelo estar ausente.

No estos días. He descubierto que la ventana es ese punto mágico entre la posibilidad de ver (o mostrar) una escena íntima y la voluntad de escapar. Y así ha aflorado mi ignoto vecindario. Controlo seis fincas. Pero no por chafardear, son más las almas de objetos y personas lo que miro. Por ejemplo, intento comprender la naturaleza demoníaca que anida en el faldero de agudísimo ladrido, incansable, que acabo de conocer, pero que llevo años oyendo a través de la pared y que se turna con la música en dolby surround (sábados noche) de su joven dueño, a quien aún no tengo el gusto. Sí de sus, confío, dos hermanas, el pasado domingo en biquini cortándose el pelo la una a la otra en la terracita.

Sí, hay mucho biquini, pero no es el caso de mi sirenita lectora, ya enfrente. Trapecista sin red, está en shorts sentada en el alféizar, apuntalada con sus lánguidas y níveas piernas, cada tarde, cuando es el turno solar de ese lado de la calle. Suele sostener con displicencia libritos delgados, se me antoja poesía, que sucumben pronto ante el móvil. El interior, sobrio juvenil: sobre una mínima repisa metálica, un cuadro gris vertical con cuatro fotos. Debo haber sido indiscreto porque últimamente se turna ahí, de improviso, un joven con barba, argentino (acento, mate cebado que liba) y, por complexión, un puma de la selección de rugby de su país.

Educado en la culpa, descubierto, me siento como Indra, el dios hindú: tras seducir a la esposa del sabio Gautama, éste logró de las potestades superiores que aquél hubiera de llevar sobre su cuerpo la impronta de mil figuras de yoni (órgano femenino) que luego mutaron en ojos. La conexión simbólica entre yoni y ojo es profunda, como constata el mito griego de Edipo, que se ciega como castración por haber poseído a su madre, Yocasta. Sexo y ojo: órganos como orígenes de poder vital, que reflejan esas figuras que pueblan medio inventario de mitos asiáticos con ojos en las manos (acción clarividente), que en el arte cristiano recalarán en las alas de los ángeles…

El muchachote me reta. Me echa mal de ojo, pienso, hipocondríaco. Igual, bajo su forma humana, es un catoblepas, animal de las fuentes del Nilo cuya mirada mataba instantáneamente, según cuenta Plinio en su Historia Natural; ¿o es una medusa antropomorfa y me petrificará con mirarme?… Estoy incómodo. Tampoco ayuda que esté con la lectura del delicioso El ojo en la mitología. Su simbolismo (1954), de Juan Eduardo Cirlot, semilla de su Diccionario de símbolos y que repasa las apariciones irracionales del ojo en el relato de la humanidad. Lo ha recuperado Wunderkammer. Ahí veo también que ese mito de Indra salta a la leyenda griega del guardián Argos, a quien no le salvaron ni sus 100 ojos: todos se durmieron ante la música de Hermes, que lo decapitó.

Reflejo inconsciente de esas lecturas, me pongo gafas de sol y gorra. Viene a ser como la estrategia de fenicios, sirios, etruscos o cartaginenses y luego de taimados guerreros, que adornaban amuletos, yelmos o escudos con los que atraían el aojamiento del enemigo, que se distraía con ello. Y así se me ha desvelado esa vieja inquietud por mi vestuario, mecanismo de defensa para desviar la atención del oponente de mi persona, dirigiéndola al traje. También debe ir por ahí esa obsesión por no ostentar riqueza alguna, para no atraer miradas de mal fario. O quizá, influjo de las monjas de la escuela infantil, ese escalofrío ante el Cordero apocalíptico de los siete ojos o la turbia Doña Cuaresma, con otros tantos para vigilar el ayuno.

Bajo las gafas, cambio de piso y de bloque hasta el pelo gris sobre sofá rojo en barroco comedor (cortinaje, lámpara en mesa camilla, paredes con cuadros…), la vida acumulada de una mujer sola. No la abre, pero se pega a los cristales de la ventana mientras un atril de pared le sujeta un libro, absorta tras las gafas. En el inmueble de al lado, a tres ventanas, otro atril, de pie, metálico, con una partitura, reina solo en una habitación desnuda. Y me hace pensar que, desde el confinamiento, no oigo el estruendoso trombón que, sólo cordialmente estos días, odio, parte de la orquesta asesina que completa un rascador de guitarras aún no ubicado.

De muchas ventanas sólo conozco los pies que asoman a menudo, traviesos ante los rayos de sol sin importar arrugas, juanetes o arabescos digitales. Es chocante, como la obsesión del matrimonio del primer piso por pasar, casi a diario, el ruidoso aspirador por la alfombra que cuelgan de la barandilla o la surrealista charla que, en el último bloque, sostiene desde arriba un hombre con su amigo: le ha reconocido tras la mascarilla y, en plena cuarentena, constatan que viven a una calle de distancia, desde hace dos años y medio. Gran metáfora: descubrimos al otro cuando estamos confinados, parapetados, ocultos.

Por la noche, en mi metódica última salida del día (las luces de interior también hablan: un blanco azulado, un ocre intenso, un punto que titila en las entrañas), pienso en si somos polifemos (para los griegos, el cíclope como expresión de inferioridad: sin visión para lo espiritual), sueños, recuerdos, fantasías encerradas que no dejan de ser ventanas de nuestra psique. Está bien echarles un ojo y abrirlas, de la misma manera que los antiguos hacían cuando había un muerto en la casa y así pudiera liberarse su alma.