La educación posconfinamiento

Ahora se gesta la transición hacia un nuevo modelo que tendrá velocidades de implementación diferentes y que no solo dependerá del acceso del alumnado a un ordenador, sino sobre todo de las capacidades de los maestros

Una estudiante de 4º de ESO sigue una clase por videoconferencia.
Una estudiante de 4º de ESO sigue una clase por videoconferencia.Joan Sánchez

Así como la respuesta del personal sanitario en el frente externo de la lucha contra el virus ha generado una gran corriente de simpatía, en el frente interno la crisis ha cuestionado el papel de los profesionales de la educación. El agrio debate en las redes sobre la conveniencia de impartir clase en verano es tan solo la punta del iceberg de un cambio en este ámbito que se vislumbra profundo y en el que las familias tendrán un papel determinante.

Sin ser del todo consciente, la humanidad realiza estos días el experimento sobre educación y tecnología de mayor envergadura de la historia. Según la UNESCO, en esta experiencia sobrevenida participan 3 de cada 4 niños en el mundo, 1,4 billones de alumnos y más de 60 millones de maestros. Cualquiera que piense que en septiembre los centros retomarán el hilo donde lo dejaron al ser confinados tendrá una profunda decepción. Aquella escuela quedó sentenciada la tarde en que la cerraron.

Ahora, en este experimento masivo improvisado se gesta la transición hacia un nuevo modelo que tendrá velocidades de implementación diferentes y que no solo dependerá del acceso del alumnado a un ordenador, sino sobre todo de las capacidades de los maestros. Según un informe reciente de la OCDE, menos de la mitad de los alumnos españoles estudian en centros en que sus profesionales tienen la preparación técnica y pedagógica adecuada para integrar aparatos digitales en la enseñanza.

En las escuelas catalanas con la tecnología integrada en su día a día, con ajustes, el curso ha continuado en la nueva normalidad. En el resto, que son mayoría, la respuesta ha variado en función de direcciones y plantillas, con perfiles muy dispares. Algunas escuelas, con empuje y capacidad, han visto cómo las directrices políticas frenaban iniciativas para no hacer (más) evidentes las desigualdades sociales, entre centros y alumnos. Las limitaciones tecnológicas de un número notable de familias han frenado la puesta en marcha de la escuela digital para tratar de resolver ,antes, estas situaciones. Aunque para muchas de estas la problemática no radica en la falta de ordenador.

Las escuelas son un elemento central en la cohesión social de un país. A los segmentos desfavorecidos les sirven de muleta en cuestiones cívicas o nutricionales, que les son más relevantes que la vertiente académica. A la clase media, sobre todo, que la escuela tenga éxito en esta función le interesa porque si la cohesión sufre será la principal perjudicada por las consecuencias derivadas. Durante el confinamiento, sin embargo, muchas familias de este segmento se han sentido desamparadas. Sin comprender por qué la escuela no arrancaba, no han esperado y han socializado materiales, sobre todo en niveles de infantil y primaria, o comprado cuadernos para que los niños no perdieran la rutina.

Estas familias son conscientes de que el ámbito profesional es cada vez más competitivo y que a sus hijos les hará falta una buena educación para mantener el estatus de procedencia. Este es, precisamente, el factor clave de este experimento educativo que vivimos. Si hasta ahora un buen número de familias vivían despreocupadas de la escuela, el confinamiento las ha acercado a su maquinaria. Y muchas -de ahí los debates- han quedado intranquilas. Esta desazón se ha añadido a la de un horizonte laboral muy incierto. El hecho de organizar una educación sui generis en casa durante el limbo escolar las ha llevado a preguntarse si la transmisión de conocimientos no se subordina en exceso a la misión cohesionadora de la escuela -a pesar de apoyarla- y a cuestionarse la propia implicación en la educación de los hijos.

Esto tendrá una primera derivada. Las familias no saldrán del confinamiento con una conciencia colectiva mayor, pero sí siendo más exigentes a todos niveles. De entrada, algunas se interesarán por trasladar a sus hijos a centros que hayan dado una respuesta educativa más solvente al confinamiento, en prevención del futuro. Debido a la logística o al coste, muchas permanecerán en los mismos centros. El miedo, sin embargo, a que a sus hijos les falten las herramientas suficientes para enfrentarse a futuras crisis las hará más atentas a su desarrollo educativo. En los centros concertados esto será muy evidente. En la educación postconfinamiento allí donde el corporativismo, las direcciones de las escuelas y las administraciones responsables se resistan a los cambios, será esta nueva clase media exigente la que empujará a la renovación en clave digital y a los muchos cambios que la escuela hace años que tiene pendientes.