“Los médicos estamos trabajando con los ojos cerrados”

Javier Sotoca, neurólogo, hacía tres años que no veía una radiografía de tórax, pero dejó la consulta y bajó a una de las plantas del hospital

Javier Sotoca, en el Hospital de Terrassa.
Javier Sotoca, en el Hospital de Terrassa.Cristóbal Castro

Javier Sotoca tiene el recibidor hecho unos zorros. Nada más entrar en casa, una silla le da la bienvenida. Y ante ella hace los honores: se desviste de arriba abajo. Y a la ducha. Lo mismo hace Ana, su mujer. De la silla, uno y otro se van directos al baño. Y la ropa, a la lavadora. “Y hasta que no nos hemos duchado no nos damos ni un beso. Eso tampoco lo hacíamos antes”, cuenta él, en conversación telefónica con EL PAÍS. Antes es antes de esta crisis sanitaria. Antes de que no pudiéramos hilar dos frases sin decir coronavirus. Antes de que este neurólogo fuera reclamado para echar una mano y él aceptara. Mientras esto, la crisis, la Covid-19,, dure no volverá a su confortable consulta en el Hospital de Terrassa. Su lugar hoy está en el mismo centro, pero en otra planta: entre los doctores que tratan de luchar, como pueden, contra el virus. Entre los médicos que sueñan con firmar más altas y hacer menos llamadas.

“Los primeros días vives un subidón. Es un caos, una catástrofe, y todos somos conscientes, pero como es una situación excepcional todo el mundo da el máximo. Pasan los días y la situación sigue siendo igual de excepcional, pero la gente está más cansada. Es muy duro psicológicamente”, asume. Cuenta que hace tres años que no hacía una guardia, que no miraba una radiografía de tórax o se colgaba un fonendoscopio. Y recuerda cómo vivió los días del atentado terrorista en las Ramblas, en agosto de 2017: “Por entonces estaba trabajando en Urgencias. Sabíamos que necesitábamos un esfuerzo brutal de todos, que en una semana aquello se normalizaría. Ahora no es así. Esto no se acaba en una semana. Aunque sigue habiendo una colaboración excepcional”.

Aunque no es neumólogo, ni epidemiólogo, Sotoca es uno de los doctores encargados de liderar a un equipo del Hospital de Terrassa –trabaja con otro médico, dos residentes y 30 enfermeros– que, desde hace tres semanas, trata con pacientes que han dado positivo por coronavirus. “He pasado de ver a unos 15 enfermos cada día, con una patología neurológica, habitualmente enfermos con esclerosis múltiple, que es mi especialidad, a tratar una enfermedad de la que no sabemos nada. He cambiado la consulta por diez enfermos de Covid-19 que son extremadamente inestables: un enfermo que hoy está bien mañana está hecho mierda”, resume.

Suya es la tarea de informar a las familias. De contarles cuál es la evolución de un paciente. Y, también, de dar las malas noticias. “Llamar para decir que un padre o un hermano se morirá en las siguientes horas o días es durísimo”, reconoce. Aunque quienes más mérito tienen, señala, no son los médicos. “Quienes están con los enfermos y les dan apoyo psicológico son los enfermeros y auxiliares, que tienen un sueldo de pena y condiciones de trabajo deplorables. Ellos son los héroes. Los que están ocho horas con todo el EPI puesto –ese equipo de protección individual que les deja la cara marcada–, que es un engorro. Ellos son lo que están al lado de la persona que se muere y los que hacen las vídeo llamadas a la familia”.

A él le pesan el desconocimiento y cierta impotencia. “No tenemos ni idea de lo que estamos haciendo. Este es un virus muy nuevo, y cuando creemos que tenemos un patrón de repente nos cambia el concepto. El único fármaco que tenemos para combatir el virus viene de un ensayo clínico que demuestra que no es útil, pero lo estamos utilizando igualmente porque hay una tendencia a la mejoría. Los médicos estamos trabajando con los ojos cerrados, no tenemos suficiente evidencia”, admite. Y resopla.

A Javi se le quiebra la voz cuando explica que se siente afortunado. Le cuesta desconectar –“Como estamos todos confinados, no podemos hablar ni de fútbol”, dice– pero encuentra comprensión al llegar a casa. Su esposa, Ana, trabaja de secretaria en otro hospital. Y lo entiende todo. Sin que nadie se lo explique. “Si no la tuviera al lado no podría con esto. Los días que son una mierda, me emociono, lloro y ella me abraza y me cuida”. Ana y Javi hicieron un pacto “al principio de todo esto”. Él quería dormir en otra habitación, pero ella no le dejó: “Yo también puedo contagiarme”, le dijo. “Si no puedo llegar a mi casa después de un día de mierda y abrazar a mi mujer, no puedo volver a trabajar al día siguiente”, remata Sotoca. Si en este tiempo alguno de los dos diera positivo, tampoco se aislarían. Es el trato.

"Nos creímos felices"

Nombre: Javier Sotoca Fernández, 33 años.

Profesión: Neurológo; actualmente, 'covidólogo'.

Qué hacía antes de la crisis: Creer que éramos felices y lo teníamos todo. Y trabajar como un burro. Esto nos hará relativizar las cosas.

Qué hará cuando acabe la crisis: Disfrutar de la familia y pasear. Y estar con los que quiero: antes, cuando podíamos, tampoco nos veíamos tanto.

Sobre la firma

Nadia Tronchoni

Especialista de motociclismo de la sección de Deportes. Ha estado en cinco Rally Dakar y le apasionan el fútbol y la política. Se inició en la radio y empezó a escribir en el diario La Razón. Es Licenciada en Periodismo por la Universidad de Valencia, Máster en Fútbol en la UV y Executive Master en Marketing Digital por el IEBS.

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