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Los nuevos neonazis son cuarentones frustrados

La Operación Arno, de Policía y Mossos, destapa un perfil muy distinto de los grupos de ultraderecha nacidos de la polarización social: “No son jóvenes rapados”

Neonazis viejunos
Elementos incautados a miembros de Combat 18 durante las detenciones realizadas esta semana.
Patricia Ortega Dolz

La llamada Operación Arno, contra la organización nazi Combat 18 y que se saldaba esta semana con 16 detenidos, ha destapado una cara desconocida de la ultraderecha en España. Los arrestados, 13 hombres y tres mujeres de entre 35 y 45 años, interceptados en Cataluña (11) y otros cinco entre Lugo, Málaga, Madrid y Toledo, son viejos conocidos, “algunos históricos”, de la policía de los movimientos y grupos de extrema derecha. “Gente vinculada al extremismo violento desde hace más de 20 años”, señalan fuentes de la investigación, “que están ya en la cuarentena, con trabajos modestos, que viven con sus familias y con hijos en barrios obreros, aunque mantienen en sus casas toda clase de simbología supremacista blanca, desde banderas nazis en el cabecero de la cama hasta figuritas de Hitler en el salón”, aseguran, a la luz de la ingente cantidad de merchandising que encontraron en los registros, los agentes de la Comisaría General de Información de la Policía Nacional y los Mossos dÉsquadra.

El desmantelamiento policial de este grupo, prohibido en Francia y que pretendía asentarse en territorio español a través de sus conexiones en Cataluña, ha puesto en evidencia que los nuevos grupos neonazis no son ya jóvenes de cabeza rapada con zapatillas y ropa oscura ajustada que se organizan y radicalizan en las redes sociales, como Bastión Frontal (ya desaparecido), sino que están emergiendo “desde el desencanto de esos militantes históricos al calor de la polarización social”, analizan los investigadores que tienen perfectamente monitorizados a estos colectivos. “Son veteranos que han formado parte de decenas de grupos de ultraderecha a lo largo de su vida pero que se han hartado de que ninguno prospere o llegue a buen puerto y ahora quieren hacer algo, están frustrados y ven una oportunidad de volver a darle sentido a lo que siempre ha sido su obsesión”, explican las mismas fuentes.

Y, precisamente ahora, cuando la sociedad está más polarizada y los equilibrios mundiales más alterados por las guerras; y en medio del ruido y de la fugacidad de las redes sociales, ellos rescatan y recogen sus viejos postulados, convirtiéndose en los guardianes de aquellas esencias del nacionalsocialismo y el supremacismo blanco. Dispuestos a hacer su propia “yihad blanca” —así la llaman— y acelerar una suerte de colapso en la sociedad occidental para provocar una guerra racial.

De este modo, pertrechados con sus discursos antisemitas (“los judíos nos gobiernan”), su odio al extranjero (“quieren acabar con nuestra cultura y nuestras tradiciones”), su lenguaje apocalíptico y populista (“van a hundir el país”), y sus teorías conspiracionistas, se encuentran en sus foros, en conciertos de raperos, en reuniones de moteros, en convenciones, o en campamentos en los que realizan jornadas de entrenamiento, y resucitan lo supuestamente olvidado o lo que quedó perdido entre el enorme ruido de las redes sociales; o simplemente, desapareció tras el impaciente ímpetu de unos jóvenes mileniales sin ideas asentadas y sin poso histórico.

Y resurgen así movimientos que estaban en un perfil muy bajo como Combat 18, brazo armado de otro llamado Blood and Honor (sangre y honor), ilegalizado desde 2011. En este caso, financiados y apoyados desde Francia, según fuentes de la investigación. Y con el objetivo claro de asentarse en toda España, donde ya habían encontrado delegados en Madrid, Málaga, Toledo y Lugo con la consigna de reclutar nuevos miembros: “Ellos querían gente radical que pueda hacer acciones violentas”, dicen fuentes del caso.

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El hecho de que el núcleo duro estuviera en Cataluña no es casual, tiene que ver también con la situación actual de polaridad en la que vive la sociedad catalana, donde “la gente de ultraderecha se ha radicalizado mucho más”, apuntan las mismas fuentes en alusión al contexto actual de negociación de la amnistía.

Conexiones internacionales

Las conexiones internacionales les sirven de cobertura y les validan. De hecho, en este caso, según los investigadores, fueron varias las ocasiones en las que mantuvieron reuniones en Francia y que los franceses vinieron a España a ver a “los hermanos españoles”, como les llaman. Fueron precisamente esos encuentros los que alertaron a los investigadores hace casi un año. Antes de ser detenidos, ya funcionaban de manera jerarquizada, con inspiración militar: “Intercambiaban ideas y proyectos y pensaban cómo podían adaptarse a España”, explican los investigadores. Las mujeres tenían un papel preponderante en la organización en este caso. Una de ellas marcaba las directrices a seguir, decidía a quién había que reclutar, cuáles eran los objetivos o cómo se manejaba el dinero.

Desde Francia se les ofrecía financiación para armas, material, teléfonos, transporte, alquiler de espacios, charlas y logística en general. “Hay que tener en cuenta que la mayor parte de estas personas, aunque vivan gobernadas por la ideología, aunque sea eso lo más importante en sus vidas, por encima de sus propias familias, la mayor parte de ellos pertenecen a entornos trabajadores y humildes”, señalan los expertos en estos grupos violentos.

La ultraderecha en España, según los expertos, sigue estando no obstante de muy perfil bajo, muy atomizada, muy divida, con “gente que lleva tres días en el movimiento y mucho nazi de última hora”.

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Sobre la firma

Patricia Ortega Dolz
Es reportera de EL PAÍS desde 2001, especializada en Interior (Seguridad, Sucesos y Terrorismo). Ha desarrollado su carrera en este diario en distintas secciones: Local, Nacional, Domingo, o Revista, cultivando principalmente el género del Reportaje, ahora también audiovisual. Ha vivido en Nueva York y Shanghai y es autora de "Madrid en 20 vinos".
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