23F 40 ANIVERSARIO

La noche más larga del Congreso de los Diputados

Tejero ordenó a los asaltantes que disparasen si se iba la luz y algún parlamentario intentaba salir del hemiciclo

Tejero, en el Congreso, el 23 de febrero de 1981. A la derecha del golpista, Landelino Lavilla y el Modesto Fraile. Abajo a la derecha, José Bono.
Tejero, en el Congreso, el 23 de febrero de 1981. A la derecha del golpista, Landelino Lavilla y el Modesto Fraile. Abajo a la derecha, José Bono.MANUEL HERNÁNDEZ DE LEÓN (EFE)

Aquella era una sesión especial, la investidura del nuevo presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, y José Bono, secretario cuarto de la Mesa del Congreso, se puso el traje y los zapatos que estrenó en su boda. “Si me sirvió para casarme, valdrá como mortaja”, pensó más de una vez aquella noche.

Eran las 18.23 y el secretario primero de la Cámara, Víctor Manuel Carrascal, leía cansino los nombres de los diputados para que votaran desde su escaño. “Don Manuel Núñez Encabo”. Se escucha alboroto en el pasillo del hemiciclo y todo el mundo mira hacia la puerta de donde llegan las voces. Carrascal repite el nombre del diputado del PSOE y un guardia civil, tricornio calado y pistola en ristre, irrumpe en el salón de plenos y sube apresurado la escalerilla de la tribuna.

Bono se vuelve hacia Leopoldo Torres, secretario segundo de la Mesa, sentado a su espalda, y le dice: “Es Ynestrillas”. El capitán Ricardo Sáenz de Ynestrillas y el teniente coronel Antonio Tejero aparecían juntos en una foto tras su detención por la Operación Galaxia, el primer complot contra la democracia, en octubre de 1978. No era Ynestrillas, pero sí era un golpe de Estado.

Durante unos segundos, Tejero está solo. El presidente del Congreso, Landelino Lavilla, puesto en pie, le pregunta: “¿Qué ocurre?”. Tejero le conmina: “¡Quítate de ahí!”, mientras hace un gesto con la mano en la que empuña su pistola. Se recoloca el tricornio, que le ha quedado ladeado y algo ridículo, y grita: “¡Alto! ¡Todo el mundo quieto! ¡Al suelo todo el mundo!”. Nadie le hace caso, hasta que un grupo de guardias civiles entra en tropel y empiezan a resonar disparos. Los proyectiles de pistola y fusil ametrallador, 45 como se comprobaría después, impactan en la bóveda del hemiciclo y en el techo y la pared de las tribunas. Si alguien hubiera estado allí de pie lo habrían atravesado. “¡Quietos! ¡Para! ¡Que vais a dar a uno de los nuestros!”, grita un asaltante.

El vicepresidente del Gobierno, teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, al que el presidente Adolfo Suárez intenta retener, se levanta de su escaño y se planta en jarras delante de Tejero, que le insta a volver a su sitio. Varios guardias lo rodean y el teniente coronel lo agarra por la espalda e intenta derribarlo, sin conseguirlo.

Pasados diez minutos, los diputados se van incorporando y se sientan en su escaño. Los guardias les conminan a que mantengan las manos a la vista. “Esas manitas fuera”, se regodea burlón uno de ellos. El único que no se ha tirado al suelo, además de Suárez, es Santiago Carrillo. “Un secretario general del PCE no puede morir así”, le dirá más tarde a Bono. El diputado socialista y médico Donato Fuejo atiende al canario Fernando Sagaseta, al que un cristal ha causado un aparatoso corte. Un asaltante insta a Lavilla a pedir tranquilidad, pero este se niega: “En estas circunstancias, no puedo ejercer la Presidencia de la Cámara”.

Poco después, un oficial, el capitán Muñecas, sube a la tribuna y anuncia la próxima llegada de “la autoridad competente, militar por supuesto, [que] será la que determine lo que va a ocurrir”. El presidente del Congreso le pregunta quién manda y el capitán asegura ignorarlo. “No sé si esto será cuestión de un cuarto de hora, de 20 minutos o media hora. Me imagino que no más tiempo”, pronostica Muñecas. El secuestro durará casi 18 horas.

A las 19.30, el presidente del Gobierno en funciones, Adolfo Suárez, se levanta de su escaño y se dirige a los asaltantes: “¡Quiero hablar con el que manda la fuerza!”. Se arma un pequeño revuelo. Un guardia, situado en la parte alta del hemiciclo, advierte señalando su metralleta: “Tranquilos señores, al próximo movimiento de manos esto se mueve”.

El teniente coronel Tejero vuelve al salón de sesiones exultante: “El general Milans nos manda un abrazo. ¡Ha decretado la movilización general!”. Desde los pasillos se escuchan gritos y vítores. El Congreso acababa de firmar un seguro de vida para los 350 diputados y Leopoldo Torres le pasa una nota a Bono: “350x10 millones=3.500 millones. La ruina de la compañía de Seguros”.

Tejero coge del brazo a Suárez y se lo lleva fuera. En los minutos siguientes, los asaltantes sacan también del Salón de Plenos al secretario general del PSOE, Felipe González; su número dos, Alfonso Guerra; el general Gutiérrez Mellado; el ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, y Santiago Carrillo. “En ese momento”, constata el acta de la Mesa del Congreso, “se produce en la Cámara un grave silencio”.

Uno de los guardias lee desde la tribuna el bando con el que Milans del Bosch declara el estado de guerra en Valencia y la supuesta adhesión de varias regiones militares a la asonada, no se sabe si para insuflar ánimo a los asaltantes o para minar la moral de los rehenes. La ansiedad por saber lo que está pasando en el exterior debe conformarse con las noticias que algunos diputados, como Fernando Abril Martorell, escuchan clandestinamente en un transistor y pasan de boca en boca en forma de cuchicheos que, como en el juego del teléfono roto, no siempre son fieles al mensaje original. Bono le susurra Lavilla: “Ha hablado el Rey”. “¿A favor o en contra?”, pregunta él.

Los rehenes solo pueden salir del hemiciclo para ir al baño, custodiados y de uno en uno. Por su peculiar idea de la jerarquía, los guardias permiten a los miembros de la Mesa hacerlo cuantas veces quieran y Bono aprovecha este privilegio para hacerse el encontradizo y recabar información. Una de las veces, hay un guardia civil sentado a la entrada del servicio de caballeros leyendo el periódico. Al cerrarlo de pronto, deja ver la primera plana. Es EL PAÍS, con un titular a cinco columnas: “El País con la Constitución”. Hay esperanza.

Los focos que iluminan el hemiciclo parpadean y Bono y el vicepresidente primero de la Cámara, Modesto Fraile, se dirigen a los asaltantes para advertirles de que el Congreso carece de generador propio, por lo que les piden que mantengan la calma si hay un corte de luz. Para estupor general, Tejero sitúa a varios guardias en las puertas y ordena: “Si hubiera un apagón, al recibir un roce en el cuerpo, abran fuego.” A continuación, uno de los asaltantes advierte a los diputados: “¡Nadie empuje las puertas si se apaga esto porque recibirá fuego!”

El teniente coronel manda a los ujieres que traigan sillas y las amontona en el centro del hemiciclo. Otro oficial rompe el tapizado de dos de ellas, saca la estopa y la amontona sobre la mesa de taquígrafos. Preparan una fogata por si se quedan a oscuras. Algunos diputados advierten de que el salón es de madera y el presidente de la Cámara, alarmado, pide que detenga la operación. Varios velones permanecerán toda la noche listos para prenderla.

A las 8.50, Manuel Fraga, presidente de Alianza Popular (hoy PP), que hasta entonces ha permanecido tranquilo, salta súbitamente de su escaño y se dirige a Tejero: “¿Puede la Guardia Civil tenernos como a una pandilla de forajidos a tantos hombres indefensos?” Se levanta un murmullo y entran unos 40 guardias, que empuñan y montan sus armas. Se escucha el chasquillo.

Fraga se abre la chaqueta y grita: “Yo ya no aguanto más… dispárenme a mí”. Íñigo Cavero y Fernando Álvarez de Miranda imitan su gesto. “Es una traición a España. No paso por esto”, repite Fraga, que sale del salón empujado por Tejero. “Le hago notar que me ha puesto la mano encima”, dice el exministro. “¡Las dos!”, replica el teniente coronel.

A las 10 de la mañana, se autoriza la salida de las diputadas. Muchas se resisten a dejar solos a sus compañeros, pero acaban marchándose, con la excepción de María Izquierdo (PSOE) y Pilar Bravo (PCE).

Una hora después, un teniente anuncia que “se está llegando a una solución” y pide a todos mantener la calma. “Para lo poco que nos queda, no vamos a salir mal”, casi suplica. Poco antes del mediodía es el propio Tejero quien confirma que “se han aceptado todas las condiciones” y se va a desalojar el hemiciclo. En ese momento, Lavilla recupera su autoridad como presidente del Congreso y ordena que salgan, “primero los diputados, después el Gobierno y luego la Mesa, que es el orden por el que se procede aquí”.

Antes de salir, a petición de Fraga, el presidente del Congreso convoca para el día siguiente reunión de la Mesa, la Junta de Portavoces y el Pleno en el que será investido Calvo-Sotelo. La democracia, suspendida durante una larga noche por la fuerza de la violencia, recupera el pulso.


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