ATENTADOS BARCELONA Y CAMBRILS

Alcanar: el otro atentado del 17-A

‘Mossos’ y bomberos heridos en la segunda explosión de la casa ocupada por la célula de Ripoll declaran en el juicio: “Temí quedar atrapado entre los escombros”

Los acusados Mohamed Houli Chemial Driss Oukabir y Said Ben Iazza durante el juicio por los atentados en Barcelona y Cambrils el pasado 10 de noviembre.
Los acusados Mohamed Houli Chemial Driss Oukabir y Said Ben Iazza durante el juicio por los atentados en Barcelona y Cambrils el pasado 10 de noviembre.FERNANDO VILLAR / EFE

Barcelona y Cambrils no fueron los únicos escenarios de los ataques terroristas del 17 de agosto de 2017. Ese día hubo se produjo otro atentado, involuntario y fortuito, en la localidad de Alcanar. La segunda explosión en la casa ocupada por la célula yihadista, poco antes de las cinco de la tarde, dejó más de 20 heridos entre mossos y bomberos, que este martes han ofrecido su testimonio en el juicio como víctimas.

La noche del 16 de agosto, una gigantesca explosión destrozó la finca, convertida por la célula de Ripoll en el mayor almacén ilegal de explosivos de Europa. Allí almacenaban el TATP (explosivo conocido como la madre de Satán) con el que pretendían la voladura de la Sagrada Familia. El accidente mató a dos miembros del grupo (el imán Abdelbaki Es Satty, cerebro de los ataques, y su primer discípulo, Yousseff Aalla) y obligó al resto a improvisar lo que, finalmente, serían los atentados del 17-A.

Tras una primera inspección nocturna, agentes de los Mossos y bomberos se desplazaron a primera hora de la mañana del 17 de agosto a la urbanización Montecarlo, junto a la playa de Alcanar. Buscaban respuestas al origen de a explosión: un escape de gas, tal vez un laboratorio de drogas… No había, entonces, pistas sólidas que hiciesen pensar en actividad terrorista, aunque no se descartaba ninguna hipótesis.

Por la tarde, una retroexcavadora fue llevada a la casa para limpiar el terreno. Apenas había dado cinco o seis mordiscos a la montaña de escombros cuando la pala tocó el explosivo almacenado en lo que antes era un cuarto de baño. Casi al mismo tiempo, Younes Abouyaaqoub arrollaba a cientos de personas en La Rambla de Barcelona. La segunda explosión frenó las pesquisas sobre el terreno: la prioridad era atender a los heridos.

“Me había retirado a hacer una llamada, porque con la excavadora no oía nada. Escuché una explosión muy fuerte. Corrí para refugiarme bajo el coche patrulla. Caían piedras de grandes dimensiones, trozos de plancha…”, ha relatado el mosso 9076, jefe de la Unidad de Información de los Mossos en la región. Llamó a su jefe. “Me contestó que estaba yendo para La Rambla… Entonces tuve la intuición que ambos sucesos tendrían relación”. Su intuición se confirmó a las 19 horas, cuando los Mossos hallaron el pasaporte de Mohamed Houli —uno de los tres acusados en el juicio y herido en la explosión inicial— en la furgoneta de La Rambla.

El mosso 5580 también estaba allí, contemplando una casa “arrasada completamente”, cuando sobrevino la catástrofe. “Se me nubló todo… Me preocupaba quedar atrapado en la lluvia de escombros. Comprobé mis extremidades, que estaba entero… Perdone, señoría, estoy muy nervioso”, ha contado ante el magistrado Félix Alfonso Guevara, que en esta quinta sesión de la vista ha mostrado un talante mucho más conciliador y apenas ha interrumpido a los abogados. El agente 5580 no ha podido volver a trabajar desde entonces y sigue bajo terapia. Ha sido reconocido como víctima del terrorismo por el Ministerio del Interior e indemnizado, al contrario, curiosamente, que otros compañeros que pasaron por el mismo mal trago.

El juicio por los atentados del 17-A está revelando cómo un mismo suceso afecta de forma distinta a las víctimas, cómo cada una lo vive a su manera. Unos se emocionan, luchan aún por sobreponerse. Otros testifican como quien lee un parte de guerra: “Hubo una explosión, se hizo el silencio absoluto, nos escondimos como pudimos, nos agachamos y ya está”. Hay matices, también, según sea el uniforme que se vista. El bombero 121 estaba junto al operario de la retroexcavadora. El tímpano del oído izquierdo le quedó totalmente perforado, una lesión que le ha impedido promocionar e incorporarse a la unidad de actividades subacuáticas. “Cuando oigo ruidos fuertes, me viene a la mente aquella situación”. Su compañero 3592 también recuerda ese día: “Nos quedamos todos a oscuras”. Reaccionó y pensó en el operario: “Me preocupé por el tío de la retro. Pensé que estaría deshecho”. No fue así.

En la sesión han declarado agentes que estuvieron recogiendo indicios en la casa. La segunda explosión tuvo otra consecuencia paradójica: la montaña de escombros voló y salieron a la luz multitud de documentos y objetos personales que permitieron reconstruir la vida de los miembros de la célula y que dejan constancia, también, de su paso por este mundo antes de convertirse en yihadistas. Todos ellos murieron durante los ataques.

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