Gonzalo Caballero, el sobrino díscolo que encontró la led al final del túnel

El candidato socialista a la Xunta heredó el gen político de su tío, el alcalde de Vigo. Pasaron años enfrentados pero han sellado la paz en la carrera por tratar de descabalgar a Núñez Feijóo

Gonzalo Caballero, junto a su tio Abel tras un acto de precampaña en Vigo el 7 de marzo, días antes de la suspensión electoral por el coronavirus.
Gonzalo Caballero, junto a su tio Abel tras un acto de precampaña en Vigo el 7 de marzo, días antes de la suspensión electoral por el coronavirus.OSCAR CORRAL

Era un niño aplicado y en el colegio solo lo castigaron una vez, pero fue por mascar chicle en clase, a pesar de que ni entonces ni después llegó a dominar el arte de hacer globos. Su madre quería que aprendiera música y lo apuntó en el conservatorio que se acababa de abrir en su pueblo. Sin embargo, el crío pronto demostró que la oratoria se le daba mejor que el piano. En su ADN pesaba el gen político de su padre, Gonzalo Caballero Álvarez, que había sido concejal en Ponteareas, la localidad cercana a Vigo de la que procede la familia; del hermano menor de este, el exministro socialista, alcalde vigués y presidente de la FEMP Abel Caballero; y de un tatarabuelo de principios del XIX que llegó a regidor de la ciudad. Gonzalo Caballero Míguez (Ponteareas, 1975), candidato a la Xunta por el PSdeG, es el sobrino díscolo que un día saltó del regazo de ese tío que había sido su referente y trató de buscar su propio rumbo por rutas alternativas en las que nunca parecía llegar a buen puerto.

Durante 20 años atravesó las enrevesadas tuberías del partido sin el apoyo de su poderoso pariente hasta que a finales de 2017, después de encadenar derrotas, fue elegido secretario general del PSdeG con la misión de cerrar una etapa turbulenta. Ahí, a la salida del túnel, apareció al fin el alcalde viral de Vigo, brillando con los nueve millones de luces led de su eterna Navidad y dándole en público la bendición que hasta entonces le había negado.

Se dice que el enfrentamiento político entre ambos empezó a fraguarse ya en 1998, cuando el joven se significó a favor de Josep Borrell en las primarias en las que se impuso a Joaquín Almunia, apoyado por el tío. En 2017, la historia se repitió, con un alcalde de Vigo que arropaba a Susana Díaz como “AVE de Andalucía”, frente a un Gonzalo Caballero que se alineaba con Pedro Sánchez, ese aspirante que para el regidor era un “tren de vapor”.

En 2004, con 29 años, el sobrino retiraba su candidatura a la secretaría de la agrupación socialista en Vigo y propiciaba la victoria de la lista del exalcalde Carlos Príncipe, crítico y acérrimo enemigo de Abel Caballero que años después acabó expulsado del partido. Corrían años convulsos en el PSOE vigués, que en 2003 había perdido la alcaldía en una moción impulsada por el PP, después de que el BNG dejase de respaldar al regidor más efímero que tuvo la ciudad, el exjuez Ventura Pérez Mariño, impuesto por la cúpula socialista. Pérez Mariño aguantó como edil en la oposición hasta 2005, y al marchar ocupaba su plaza de concejal Gonzalo Caballero, en el único cargo institucional que ha tenido hasta ahora. Después de 20 meses en el cargo, en 2007, con su tío como candidato en las municipales, el díscolo no fue llamado para revalidar ese puesto.

Ya entonces, el más joven de la estirpe tenía su propia forma de ver las cosas y se labró fama de rebelde, al margen del aparato del partido. En el PSOE local y gallego perdió la jugada sucesivas veces, y al toparse con las fichas que movía el hermano de su padre volvía a la casilla de salida y tiraba de nuevo el dado sin desmoralizarse. En todos los procesos orgánicos se evidenció su choque con Abel Caballero, erigido en barón socialista, como cuando quiso pugnar por el liderazgo del PSdeG frente al ourensano Pachi Vázquez en 2009 y cuando probó suerte en las primarias de 2016 para elegir el candidato a la Xunta, también en una orilla opuesta a la del alcalde.

La espina autonómica de Abel

Gonzalo Caballero era una piedra en el zapato de su tío. Todo el mundo lo sabía, y todo el mundo pudo asistir a la escenificación de su paz después de que aquel muchacho alcanzase el primer puesto del socialismo gallego y se sacudiese por fin la sombra de “sobrino de”. El objetivo, sobre todo para el más veterano, que en su día no logró derribar al tótem Fraga cuando fue candidato a la Xunta, es derrocar algún día al heredero popular Alberto Núñez Feijóo y trazar un poderoso eje entre Santiago, la capital autonómica, y Vigo, la mayor ciudad de Galicia. Aunque las encuestas para esta nueva convocatoria tras el estado de alarma apuntalan la mayoría de Feijóo y sitúan al BNG a la altura del PSOE, Gonzalo Caballero se aferra a ese casi 30% de indecisos, asegura que no se pone “límites” y en las entrevistas mantiene el reto de ser “primera fuerza”.

“Gonzalo es muy familiar”, comenta una persona muy próxima en el partido: “Con Abel... estuvieron muy distanciados, pero creo que ahora el tío se ve reflejado en el sobrino, en lo que puede conseguir, e internamente debe de estar orgulloso y emocionado”. “De cualquier forma, Gonzalo tiene su propio criterio y su manera de entender la política, y eso no va a cambiar”, avisa el amigo.

El menor de los Caballero tenía cinco años cuando su pariente, procedente del PC, se integró en las filas del PSOE. Tenía 10 cuando Abel Caballero se convirtió en ministro de Transportes y Turismo con Felipe González. Diecinueve cuando se hizo militante y 23 cuando su mentor se presentó a las elecciones autonómicas y acabó estrepitosamente derrotado por el León de Vilalba. “Aprendí mucha política de él, en la proximidad y en la discrepancia”, admitió el pariente más joven cuando ambos enterraron el hacha de guerra ante las cámaras en enero de 2018.

Eso ocurría poco después de que el sobrino lograse al fin su primera victoria y fuese elegido secretario general de un PSdeG todavía descalabrado y sin líderes a la vista. En esas primarias conquistó la mayoría de los apoyos en todas las ciudades gallegas salvo en Vigo, la suya, donde la agrupación local, en manos de Abel Caballero, respaldaba al otro aspirante, Juan Díaz Villoslada, hoy concejal de Urbanismo en A Coruña.

Un “outsider” de la política

Igual que pasa con Feijóo, en las semblanzas biográficas de Gonzalo Caballero nunca se deja de decir que de chico pasaba muchas horas entre libros, a la luz del flexo más que bajo los rayos del sol. Abstemio, casado, padre de dos niños y mucho más amigo de devorar ceñudos ensayos socioeconómicos que de practicar deportes, el actual candidato a la Xunta por el PSdeG fue el primero de su promoción en la carrera de Económicas y Empresariales y se doctoró en Economía por la Universidad de Vigo y en Ciencia Política por la de Santiago. Además de haber ejercido en varias universidades estadounidenses y europeas y de trabajar con premios Nobel como Douglass North, es profesor titular de Economía Aplicada en la de Vigo y ha publicado una quincena de libros.

“No creo que haya muchos políticos de los que la Wikipedia diga, como de Gonzalo, que son autores de referencia de algo. Él lo es del nuevo institucionalismo en España. Está claro que no es un político al uso, sino un outsider” en ese mundo, describe el diputado Pablo Arangüena, vicesecretario general y portavoz del PSdeG. “Durante años fue un militante destacado, pero sin cargos y con posiciones discrepantes, y contra todo pronóstico, sin ningún apoyo oficial, llegó a la secretaría”, resume.

“Es muy resistente, y está entregado a este trabajo. No tiene vacaciones, ni fines de semana. Se marcha de la sede [en Santiago] a las 12 de la noche para irse a casa [en Vigo]... Lo vimos emocionarse dos veces por lo poco que ve a sus hijos pequeños”. Cuando llora, bromea: “Me estoy pareciendo a Fraga”. Y en contra de lo que pueda aparentar su imagen de hombre estudioso, disciplinado y formal, el candidato socialista a la Xunta “es muy fiestero”. “Desde hace dos años ya no... pero era el típico que cerraba los bares; algo portentoso en alguien que no bebe”, asegura Arangüena: “Aunque es casi imposible que lo haga en público, Gonzalo baila mejor que Iceta”.

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