Julio Anguita

Las sombras del carisma

Anguita hizo de su personalidad el principal valor político, para lo bueno y para lo malo

Julio Anguita, en una imagen de 1989 en Anchuras (Ciudad Real).
Julio Anguita, en una imagen de 1989 en Anchuras (Ciudad Real).José Luis Pérez / EFE

Cerca de 8.000 personas se han reunido junto al sevillano puente de Triana para seguir un mitin. Es 10 de junio de 1994 e IU se dispone a cerrar la campaña de las elecciones europeas, que se celebran dos días después, con su coordinador general, Julio Anguita, como principal orador. El líder de la coalición y secretario general del PCE comienza su intervención enfadado y reconviene a los seguidores que no dejan de gritar “¡Julio, Julio, Julio!” con un rotundo “Julio, no; Julio, no. Izquierda Unida, Izquierda Unida”. Quien de esa forma pretendía evitar la imagen de un liderazgo personalista hizo, paradójicamente, de su persona y su carisma su principal valor político. Y ello tanto para lo bueno como para lo malo.

Anguita, quien cuando se paseaba con él en los descansos de una campaña volvía a ser el profesor de Historia que seducía recordando, por ejemplo, el relato de las guerras carlistas de Antonio Pirala, convirtió desde sus inicios como alcalde de Córdoba en 1979 y hasta su retirada en 2000 de la primera línea de la política en eje de su actuación una firmeza en los principios que muchas veces fue solo dogmática. “He tenido ideas y principios, y en esta España de gente acollonada, los he defendido”, repetía poco antes de abandonar el liderazgo de IU en octubre de ese último año y ceder el paso a Gaspar Llamazares, a quien primero apoyó y más tarde atacó con suma dureza, un tipo de actuación de larga raigambre comunista. Algo menos de dos años antes ya había dejado la secretaría general del PCE, entre otras razones por motivos de salud, por un corazón que ya le había dado un serio susto en mayo de 1993 en Barcelona en plena campaña electoral.

Anguita fue el carisma del Califa Rojo, primer alcalde comunista de una capital de provincia (Córdoba, siempre unida a su figura, aunque era malagueño de Fuengirola) desde la Guerra Civil tras ganar las municipales de 1979. El carisma de quien llevó a IU su mejor resultado con esas siglas (21 diputados y más de 2,6 millones de votos en las generales de 1996). El carisma —y el verbo, en quien era casi más orador que político— de quien repetía frases como “la izquierda disputa a Dios la capacidad de crear”, que parecían estar esperando cincel y mármol. Pero también el de quien, como lo definía un miembro de su dirección cuando estaba al frente de IU, era como un faro: iluminaba y guiaba, pero a su alrededor solo creaba sombra.

Personalista en todo momento en su acción política, en su debe figurará siempre haber laminado a quienes intentaron renovar la política y las formas de actuación de Izquierda Unida y del PCE (los Sartorius, López Garrido o Almeida, entre otros). Y, sobre todo, su contribución a la llegada de José María Aznar a La Moncloa en 1996 con su sistemática labor de deslegitimar al PSOE del último Ejecutivo de Felipe González. Un González a quien llegó a definir como “el autor del mayor desastre político en España desde la Contrarreforma, quien ha llevado a España a la ruina económica y al caos”. Fueron los tiempos de “la pinza” (IU y los populares aliados frente al PSOE), que Anguita siempre desdeñó displicente —también era muy carismático desdeñando— como un montaje de los medios de comunicación y de los renovadores de la corriente Nueva Izquierda.

Anguita situaba en una orilla política a su formación y en la otra al PSOE y al PP (y a casi todos los demás). Era su tesis (la palabra teoría le queda muy grande) de “las dos orillas”, que, a fuerza de repetirla (como el “programa, programa, programa”) quedó al final reducida casi a caricatura. Pero, a la vez, su indesmayable ataque a los socialistas, su veto a impedir acuerdos con el PSOE, reportó a Aznar mucha de su credibilidad como alternativa. Un Aznar con el que, por supuesto, se enfrentó cuando este era jefe del Ejecutivo, aunque quizá con no tanta vehemencia.

“Me mitificaron, me llamaron mesiánico. Tal vez sea el político que más ha estado en las hornacinas pero menos en las urnas”, bromeaba en septiembre de 2006 cuando presentó El tiempo y la memoria, libro en el que hace (muy autojustificativo; muy escasamente autocrítico) balance de su carrera política. Esa hornacina fue, en buena medida, su propia obra.

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