Vertedero de Zaldibar

La ladera política del vertedero de Zaldibar

La proximidad de los comicios vascos lleva la crisis del derrumbe a la arena electoral

El presidente del PP, Pablo Casado, en la zona del vertedero de Zaldibar junto a Carlos Iturgaiz, candidato popular a lehendakari. En vídeo, resumen de la crisis del vertedero.FERNANDO DOMINGO-ALDAMA | EPV

El jueves 6 de febrero colapsó el vertedero de Zaldibar (Bizkaia). El lunes 10 el lehendakari, Iñigo Urkullu, anticipó las elecciones vascas al 5 de abril para no coincidir con las catalanas. Entonces aseguró que su presencia en la zona, con dos trabajadores aún sepultados, no aportaba nada. El miércoles, casi una semana después de la tragedia, acudió. Y al duodécimo día, pidió perdón. Era demasiado tarde: el alud ya había entrado en la agenda política.

Los primeros síntomas de presión se sintieron en Vitoria, aquel 18 de febrero en el que Urkullu se disculpó y señaló a la empresa, Verter Recycling 2002, como responsable “de una situación inédita”. La oposición incidía en el desastre y el portavoz del PNV en el Parlamento vasco, Joseba Egibar, explotó: “Se ha puesto de moda ser miserable en la política mundial, pero no sabía que aquí también”.

En las campañas electorales, que mezclan guerra y amor, todo vale. El director de Ciencias Políticas de la Universidad del País Vasco (UPV), Asier Blas, destaca que lo ocurrido en Zaldibar “muestra que el PNV también tiene fallas” y agrieta su línea de flotación: la eficacia. Este partido denunció “acoso fascista” en varias de sus sedes, a las que se arrojó basura al poco del derrumbe.

La postura del Ejecutivo autonómico tras el derrumbe ofrece dos vías de hostigamiento, explica Blas. Una, la meramente comunicativa. El PP, cuando aún estaba liderado por Alfonso Alonso, criticó al lehendakari por “estafar a los ciudadanos” y lo acusó de hacerse la víctima. Pablo Casado visitó el viernes la zona y arremetió también contra Urkullu. El politólogo compara la tragedia con la explosión de una petroquímica en Tarragona en enero, con dos fallecidos. La Generalitat, sostiene, fue transparente. Todo lo contrario, precisa, al caso vasco, con el Ejecutivo castigado también por unas primeras labores ejecutadas sin saber que había amianto, una sustancia tóxica, y sin los operarios bien protegidos. La ira sindical, sobre todo la abertzale, cayó sobre Urkullu.

La inestabilidad del terreno lastró también al Gobierno, que activó y canceló labores de rescate. Lo mismo con los protocolos sobre el agua y el aire, nunca alarmantes pero que desataron el miedo en Zaldibar, Ermua y Eibar, próximas al colapso.

La izquierda vasca, indica Blas, aporta un segundo prisma frente a la crisis, el medioambiental. “Su electorado tiene una mayor conciencia ecológica”, explica el politólogo, de modo que EH Bildu, segunda fuerza en el Parlamento vasco, y Elkarrekin Podemos agitaron la bandera verde para cuestionar cómo se trataban los residuos. No obstante, Blas no cree que los abertzales puedan robarle votos al PNV, sino que la batalla tendrá lugar en esa parte del arco parlamentario.

El PSOE, socio de los nacionalistas vascos, alivió la herida de Urkullu y defendió las explicaciones dadas. Blas asegura que la zona donde más podría fluctuar el voto es en las tres localidades cercanas a la escombrera. El PNV obtuvo allí sendas victorias en 2016. Queda un mes para las elecciones y la primera trinchera electoral se ha cavado en un montón mortal de basuras.


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