Ruta costera para coleccionistas de olas
Resulta fascinante observar la furia del Atlántico o del Cantábrico a salvo tras un ventanal en Finisterre o desde el monte Igueldo y, quizás, con un 'gin-tonic' en la mano
Cuando el mar bate con fuerza arrolladora, la costa regala un escenario de olas colosales que, siempre que se sigan las medidas de seguridad, espolea eso que llaman turismo de temporales. Lo resume Paz Moreno, gerente del bar-restaurante Boa Onda, en Ferrol: “La respiración se acelera y se mezcla el sonido del corazón con el rugir del mar; tan intenso es el olor a salitre y yodo que llegas a paladearlo”. Proponemos cinco establecimientos del litoral septentrional español donde se pueden experimentar las más duras borrascas del año.
Temporal en el fin del mundo
Hotel O Semáforo de Fisterra, Fisterra (A Coruña)
El restaurado hotel O Semáforo de Fisterra es punto de cita cuando el Atlántico entabla su particular acometida contra el cabo Finisterre, kilómetro cero del Camino de Santiago y mascarón de proa del turismo de Galicia. Con olas de siete metros, pocas cosas hay como tomarse un gin-tonic de ginebra coruñesa Nordés en su sala octogonal (otrora observatorio), divisando cómo el oleaje tapa por momentos el islote O Centolo; o degustar en su restaurante la empanada de pulpo o los percebes, casi sintiendo cómo asciende la espuma y el salitre por el acantilado donde se recolectaron. Además del restaurante y de las seis habitaciones, este hotel situado a 170 metros de altitud, detrás del faro, cuenta con cafetería y taberna náutica. Su gerente, Jesús Picallo, recomienda volver “cuando el sol se pone sobre un manto de aguas diabólicas, testigo de cientos de naufragios”.
hotelsemaforodefisterra.com
Estallido playero
Bar Boa Onda, Ferrol (A Coruña)
Ni un año lleva abierto el bar-restaurante Boa Onda y ya es un punto de referencia de las Rías Altas. La playa de Doniños se extiende como un decorado a sus pies, en la punta Penencia. Las grandes marejadas permiten disfrutar con la reventazón del agua en las dunas durante las mareas vivas, de la misma forma que la espuma abraza las islas Gabeiras, más al norte. Su cocina de mercado con toques modernos sabe diferente escuchando el fragor del Atlántico.
boa-onda.es
Una experiencia muy porteña
El Bálamu, Llanes (Asturias)
Rodeados de lobos de mar aparroquiando la barra, la ola de musculatura hercúlea bate atronadora contra el dique del puerto de Llanes. Las peores galernas mojan el tejado de esta taberna marinera situada encima de la lonja de pescado. A veces, de tan fuerte que golpea la mar, la policía municipal cierra el acceso. Basta acercarse a los ventanales durante las marejadas para observar los barcos arribando no sin apuros, mientras las olas muerden los acantilados de la Punta de Santa Clara. En El Bálamu (banco de peces en bable) se pueden saborear almejas a la sartén o un plato asturiano que nunca falla, los fritos de pixín (rape); y sirven pescados nobles como el virrey, salvo que la flota no haya podido salir a faenar.
Cierra del 6 de enero a marzo (985 41 36 06).
Olas y rabas
Bambara Tavern, Santander (Cantabria)
Es el más fácil acercamiento a las olas de ocho o nueve metros de alto que sacan brillo a la Costa Quebrada. Se sabe su altura exacta porque la boya sumergida a 32 metros, justo delante del local, forma parte de la red de vigilancia. La Bambara Tavern se escuda en parte en la isla de la Virgen del Mar, a cuya ermita del siglo XVII se accede por un puente peatonal. La ración de rabas no falla y también preparan cocidos montañés y lebaniego. Se puede seguir coleccionando olas a unos seis kilómetros de distancia, en Piélagos, desde el bar-restaurante El Cazurro (942 57 85 24).
bambaratavern.com
Bienvenida ciclogénesis
Wine Bistro Bar Belle Epoque, San Sebastián (País Vasco)
Qué mayor sensación de contraste que acomodarse en los sofás chester del Wine Bistro Bar Belle Epoque cuando se desatan ciclogénesis explosivas bajo el hotel Monte Igueldo: cuando el agua oscura del Cantábrico se desmadra y los vientos rozan los 120 kilómetros por hora arrastrando las cortinas de agua. El castigado paseo Nuevo donostiarra se discierne a lo lejos, lo mismo que la cara abrupta de la isla de Santa Clara, la que recibe la ira y la furia de la naturaleza en La Concha. Las cristaleras permiten un ángulo que abarca el golfo de Vizcaya, desde Las Landas francesas hasta el cabo Matxitxako. Y de noche se pueden reconocer las luces de los faros, empezando por el de Biarritz.
Los 170 metros de altura del monte Igueldo posibilitan, sin riesgo ninguno, sentir una mezcla de miedo y emoción tomando una hamburguesa de bogavante o un gin-tonic. Lo mejor es subir en el funicular (3,15 euros ida y vuelta); ir en coche o a pie hasta el mirador cuesta 2,30 euros. Quien reserve habitación en la fachada principal del hotel (sin suplemento) verá y escuchará todo el día este espectáculo de la naturaleza.
monteigueldo.com
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