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El piso curvo de Antonio Najarro

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La historia de cómo el artista se confinó en su piso curvo donde todo parece bailar.

  • El fondo de pliegues de madera construido por el ebanista Jorge Ballesteros esconde un armario. Antonio compró las cerámicas en Casa Josephine.
    1El fondo de pliegues de madera construido por el ebanista Jorge Ballesteros esconde un armario. Antonio compró las cerámicas en Casa Josephine.
  • El cabecero de la cama está hecho con esquineros cerámicos que confieren dinamismo al espacio.
    2El cabecero de la cama está hecho con esquineros cerámicos que confieren dinamismo al espacio.
  • En el salón, el busto de un elfo junto a la terrazarnfue adquirido en Casa Josephine. Las butacas son una versión con respaldo más alto del modelo Utrecht de Gerrit Rietveld.
    3En el salón, el busto de un elfo junto a la terraza fue adquirido en Casa Josephine. Las butacas son una versión con respaldo más alto del modelo Utrecht de Gerrit Rietveld.
  • La cocina fue diseñada por el arquitecto Raúl Almenara. Combina la cerámica con una encimera de microcemento y una zona gris de almacenaje. Los taburetes son vintage.
    4La cocina fue diseñada por el arquitecto Raúl Almenara. Combina la cerámica con una encimera de microcemento y una zona gris de almacenaje. Los taburetes son vintage.
  • Los lienzos de ensayos de bailarines en la Ópera de París son de Monique Lancelot.
    5Los lienzos de ensayos de bailarines en la Ópera de París son de Monique Lancelot.
  • La cerámica Barro de Palma fue colocada por el artesano Pepe Lora. La mesa es de Michel Charron; la lámpara, un diseño de Max Sauze.  Najarro y su pareja, el bailarín Rubén Carreño, viven en una espiral. Parece una escenografía, la casa de una diva de la época dorada de Hollywood, pero es el piso de un artista contemporáneo: un ático de 80 metros cuadrados en el Rastro madrileño. En él no hay apenas ángulos rectos: pliegues de madera torneada y de cerámica estriada envuelven un recorrido que la luz atraviesa, rodea y hasta parece hacer girar. La casa del que ha sido durante ocho años director del Ballet Nacional de España es una curva continua. Un hogar colorista, sin tabiques, repleto de reflejos. Es lo contrario a un piso minimalista y, sin embargo, apenas tiene muebles. No está decorado, es así: una escenografía que invita a moverse, a dar vueltas y a tocar las cerámicas esmaltadas que visten lo que no es vidrio y los vértices de madera que camuflan armarios y vestidores —también curvos— de la vivienda. Najarro no soporta el carácter doméstico de las viviendas. Su idea de casa está más cerca de una pirueta para tocar el techo que de tumbar¬se en el sofá. Por eso quería vivir en un espacio dinámico, un lugar donde lo cómodo fuera el movimiento. Para diseñarlo, confió en un arquitecto joven, arriesgado, “que conocía mi trabajo y nos había visto bailar”. El cordobés Raúl Almenara —formado en Arquitectura y Bellas Artes— partió de uno de los croquis que el bailarín traza para organizar sus coreografías. Con el esquema de un nautilus, buscó reflejar “la esencia de la danza española que es tradición e imaginación”, explica Najarro. El barro cordobés, esmaltado en tonos azules, cumple ese papel: “La cerámica me interesa porque es la tierra, la raíz, la huella del ser humano. Pide ser tocada. Es irregular y convierte el color en reflejo”. La imaginación es construir un piso sin líneas rectas a partir de una idea racional: la espiral que conduce del lugar más público —la entrada con la cocina— al espacio más privado: la ducha circular. El resto lo pusieron los colores —el rosa palo del microcemento de la cocina o el suelo y el azul cobalto de la cerámica—.  Esos tonos fueron los que Teresa Hel¬big eligió para el vestuario de la obra Alento. Estrenada en 2015, la covid-19 ha retirado esa coreografía del teatro MIRA de Pozuelo de Alarcón, donde debía haber llegado en abril. La vivienda es, así, más un camino que una organización. “Como coreógrafo me gusta mezclar el movimiento circular con el seco. Por eso lo que nos envuelve —los vértices de madera y las aristas de cerámica— imita ese trasiego y evoca los pliegues de las faldas que utilizamos para bailar”. —¿No teme cansarse de vivir en una escenografía? —Tuve miedo al principio. Pero me quise arriesgar. Tengo 44 años y me veo aquí toda la vida. No soy una persona que piense en la edad. No la tengo nunca en la cabeza. Pero si tuviera 80 años y estuviera en esta casa —que te acompaña y te deja bailar—, creo que sería un buen lugar para vivir. Las cosas cansan cuando te exigen un esfuerzo y esta vivienda es un traje a medida. No la moda de un momento. Además de una casa-sendero, el piso de Najarro y su pareja es también un lugar que impacta. Al entrar uno siente que ha llegado a un bar secreto, la cocina —Rubén, que es quien guisa, asegura que es muy funcional— recibe, sorprende y permite intuir, deja adivinar. La curva de la espiral llama hacia el interior y uno se va adentrando en las zonas más privadas. En todo momento, la luz y los espejos —forrando columnas o en el techo de la cocina— multiplican el espacio y juegan con las fugas visuales. Además de tener su propia compañía de danza, Najarro es también autor de las coreografías del campeón mundial de patinaje Javier Fernández y prepara un programa sobre danza para la televisión (no puede decir cuál). Cuenta que, estando siempre de viaje y haciendo vida en hoteles y aeropuertos, su propia casa era casi un espacio temporal. “No había tenido tiempo de quedarme quieto. En estos meses de confinamiento he podido disfrutarla, bailarla”. La convivencia con su propio espacio ha espantado el principal miedo de su madre: que la vivienda fuera un capricho pasajero. No es un lugar de paso: es un hogar donde quedarse. “Esta es una casa cómoda que puede y quiere ser tocada. Explica lo que soy, mostrando las cosas que me importan, y me recuerda lo que quiero: aprovecharlo todo, no convivir con ningún rincón muerto y no tener miedo. Como artista trato de emocionar a la gente y cuando alguien viene a mi casa quiero que sienta también una emoción diferente”.
    6La cerámica Barro de Palma fue colocada por el artesano Pepe Lora. La mesa es de Michel Charron; la lámpara, un diseño de Max Sauze. Najarro y su pareja, el bailarín Rubén Carreño, viven en una espiral. Parece una escenografía, la casa de una diva de la época dorada de Hollywood, pero es el piso de un artista contemporáneo: un ático de 80 metros cuadrados en el Rastro madrileño. En él no hay apenas ángulos rectos: pliegues de madera torneada y de cerámica estriada envuelven un recorrido que la luz atraviesa, rodea y hasta parece hacer girar. La casa del que ha sido durante ocho años director del Ballet Nacional de España es una curva continua. Un hogar colorista, sin tabiques, repleto de reflejos. Es lo contrario a un piso minimalista y, sin embargo, apenas tiene muebles. No está decorado, es así: una escenografía que invita a moverse, a dar vueltas y a tocar las cerámicas esmaltadas que visten lo que no es vidrio y los vértices de madera que camuflan armarios y vestidores —también curvos— de la vivienda. Najarro no soporta el carácter doméstico de las viviendas. Su idea de casa está más cerca de una pirueta para tocar el techo que de tumbar¬se en el sofá. Por eso quería vivir en un espacio dinámico, un lugar donde lo cómodo fuera el movimiento. Para diseñarlo, confió en un arquitecto joven, arriesgado, “que conocía mi trabajo y nos había visto bailar”. El cordobés Raúl Almenara —formado en Arquitectura y Bellas Artes— partió de uno de los croquis que el bailarín traza para organizar sus coreografías. Con el esquema de un nautilus, buscó reflejar “la esencia de la danza española que es tradición e imaginación”, explica Najarro. El barro cordobés, esmaltado en tonos azules, cumple ese papel: “La cerámica me interesa porque es la tierra, la raíz, la huella del ser humano. Pide ser tocada. Es irregular y convierte el color en reflejo”. La imaginación es construir un piso sin líneas rectas a partir de una idea racional: la espiral que conduce del lugar más público —la entrada con la cocina— al espacio más privado: la ducha circular. El resto lo pusieron los colores —el rosa palo del microcemento de la cocina o el suelo y el azul cobalto de la cerámica—. Esos tonos fueron los que Teresa Hel¬big eligió para el vestuario de la obra Alento. Estrenada en 2015, la covid-19 ha retirado esa coreografía del teatro MIRA de Pozuelo de Alarcón, donde debía haber llegado en abril. La vivienda es, así, más un camino que una organización. “Como coreógrafo me gusta mezclar el movimiento circular con el seco. Por eso lo que nos envuelve —los vértices de madera y las aristas de cerámica— imita ese trasiego y evoca los pliegues de las faldas que utilizamos para bailar”. —¿No teme cansarse de vivir en una escenografía? —Tuve miedo al principio. Pero me quise arriesgar. Tengo 44 años y me veo aquí toda la vida. No soy una persona que piense en la edad. No la tengo nunca en la cabeza. Pero si tuviera 80 años y estuviera en esta casa —que te acompaña y te deja bailar—, creo que sería un buen lugar para vivir. Las cosas cansan cuando te exigen un esfuerzo y esta vivienda es un traje a medida. No la moda de un momento. Además de una casa-sendero, el piso de Najarro y su pareja es también un lugar que impacta. Al entrar uno siente que ha llegado a un bar secreto, la cocina —Rubén, que es quien guisa, asegura que es muy funcional— recibe, sorprende y permite intuir, deja adivinar. La curva de la espiral llama hacia el interior y uno se va adentrando en las zonas más privadas. En todo momento, la luz y los espejos —forrando columnas o en el techo de la cocina— multiplican el espacio y juegan con las fugas visuales. Además de tener su propia compañía de danza, Najarro es también autor de las coreografías del campeón mundial de patinaje Javier Fernández y prepara un programa sobre danza para la televisión (no puede decir cuál). Cuenta que, estando siempre de viaje y haciendo vida en hoteles y aeropuertos, su propia casa era casi un espacio temporal. “No había tenido tiempo de quedarme quieto. En estos meses de confinamiento he podido disfrutarla, bailarla”. La convivencia con su propio espacio ha espantado el principal miedo de su madre: que la vivienda fuera un capricho pasajero. No es un lugar de paso: es un hogar donde quedarse. “Esta es una casa cómoda que puede y quiere ser tocada. Explica lo que soy, mostrando las cosas que me importan, y me recuerda lo que quiero: aprovecharlo todo, no convivir con ningún rincón muerto y no tener miedo. Como artista trato de emocionar a la gente y cuando alguien viene a mi casa quiero que sienta también una emoción diferente”.