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COLUMNA i

El nuevo silencio en las ciudades

Los que vivimos en ciudades estamos acostumbrados al ruido que viene con el día a día, y este intercambio de lo lleno por lo vacío, lo ruidoso por lo silencioso, nos libera de la medida del tiempo

Vista panorámica a la avenida Paseo de la Reforma, en Ciudad de México, este 31 de marzo.
Vista panorámica a la avenida Paseo de la Reforma, en Ciudad de México, este 31 de marzo. Getty

En las leyes contra el ruido y la contaminación acústica, vienen varias ecuaciones para calcular y clasificar los ruidos que miré como la mujer del meme tratando de entender las ecuaciones en el aire con la mirada perdida, vienen horarios y límites permitidos, y viene esta descripción del ruido: “Todo sonido indeseable que moleste o perjudique a las personas.” No sabía que existían estas leyes en México porque no sabía que había sonidos indeseables. La alarma de un coche en la calle que suena a la mitad de la noche, la campana del camión de la basura que suena varias veces al día, la voz del hombre que anuncia “el gaaaaaaas”, el chiflido del carrito de camotes (que de niña me aterraba los domingos por la noche y un amigo apodó ese sonido como las campanas del apocalipsis), el pasar de los coches, los cláxones, patrullas, el pasar de los aviones en una ciudad que tiene el aeropuerto adentro, el carrito con los ricos tamales oaxaqueños (que un extranjero, confundido, sabiendo que estaba en un país católico, preguntó si ese era el llamado a una mezquita), la grabación “se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan…” (recientemente convertido por Camilo Lara del Instituto Mexicano del Sonido en una gran canción) y la cantidad de sonidos, ruidos y voces que vienen de los departamentos de los vecinos forman parte de nuestra vida diaria. Tengo un vecino que es amante del rock en español y anoche escuchamos una larga sesión musical en YouTube, anuncios incluidos, de ese grupo que paradójicamente se llama Héroes del silencio. Estos sonidos son parte de crecer y vivir en una ciudad grande. Hice una buena cantidad de tareas en la primaria escuchando el audio cruzado de dos televisiones, la de mi casa y la de una viejita diminuta en la casa de al lado que escuchaba la televisión a un volumen muy alto y de noche su ventana parecía irradiar una bomba nuclear con la cantidad de colores luminosos en la oscuridad de su sala. Es distinto en Estados Unidos. He vivido allí, sabía que había que moderase con el ruido, pero nunca imaginé que nos iba a caer la policía a las dos de la mañana por cantar Juan Gabriel con unos amigos, y aunque un amigo trató de ofrecerle mezcal a un policía latino y quiso sumarlo a la fiesta, nos metimos en un problema con la ley esa noche. Una multa por sonidos indeseables en México es y siempre ha sido impensable, pero ahora en la cuarentena voluntaria la situación sonora ha cambiado. Cambian los espacios en las grandes ciudades ahora que se han vaciado. ¿Cómo se resignifican los sonidos en el gran vacío? ¿Cómo cambia nuestra vida diaria el hecho de que estos espacios, antes llenos de gente, antes llenos de toda clase de sonidos, ruidos, voces, música, altavoces y vendedores ahora no se escuchen?

Históricamente hay a quienes les han aturdido estos “sonidos indeseables” en las ciudades y hay mucha literatura muy divertida al respecto. Me gustan las quejas del Séneca atormentado por todo lo que pasa cerca de donde vive en la Roma antigua. Es genial el Séneca vs. el ruido en las calles: “Figúrate –le dice Séneca a Lucilio en una de sus cartas, invitándolo a imaginarse los ruidos que rondan su casa– un depilador que para atraer clientes chilla y no acaba hasta que le supera el grito de aquel al que acaba de arrancarle los pelos de las axilas; piensa en las voces de los que pregonan bebidas, de los que anuncian sus productos, cada cual con gritos diferentes, las del vendedor de salchichas y las de todos los camareros de tabernas que lanzan un chillido para cada mercancía. […] Sin embargo, el ruido que cesa de vez en cuando me produce más daño que el continuo”. Marcel Proust era también fóbico a los “sonidos indeseables”, pero él era más extremo. Todo sonido del exterior le era indeseable y fue un paso más lejos: les escribió cartas directamente a varios de los que lo perturbaban, mandó tapizar su cuarto de corcho para amortiguar la acústica –desde donde escribió gran parte de En busca del tiempo perdido– y si iba a un hotel rentaba cuartos extras para que el ruido no lo distrajera. Desde el cuarto de su departamento en París escribió cartas a sus vecinos, en ellas imaginaba todo lo que hacían y a veces les daba instrucciones para disminuir los ruidos. Lo increíble de esas cartas es que retratan mucho la vida que hoy llevamos en los edificios, imaginándonos, descifrando los sonidos, los pleitos, las frases sueltas, los gemidos, las risas que vienen de arriba, de un departamento a otro, de una pared a otra. Kafka también anotaba en sus diarios algunas de las historias fantásticas que se imaginaba con los ruidos que hacían sus vecinos y en algunos casos terminaron convertidos en relatos. En una de esas cartas que le escribe en 1915 el vecino insomne e intenso a una vecina, Proust cita un soneto para pedirle silencio de una forma elegante y le dice algo que podría contestarle a Séneca como por whastapp: “Siempre he pensado que el ruido sería soportable si fuera continuo. Con las reparaciones por las noches del Boulevard Haussmann [la calle donde vivían], el reordenamiento de su departamento durante el día y la demolición de la tienda en el 98 bis, es posible que cuando esos sonidos se callen, el silencio resuene en mis oídos de una forma tan insólita que extrañe el arrullo del caos.” Cuánto se parecen estas quejas a la situación sonora en las ciudades que hoy se ha disipado, sonidos antes tal vez indeseables y tan deseables ahora en su ausencia.

Quizás tengamos una idea equivocada del silencio, quizás pensemos que el silencio es solamente un telón de fondo para el ruido. Los que vivimos en ciudades estamos acostumbrados a las multitudes, a los andenes llenos, al transporte público saturado, al tráfico atascado, a las plazas llenas –como leí en un tuit, las palomas en las plazas deben pensar que nos extinguimos como especie–, y estamos acostumbrados al ruido que viene con el día a día, y este intercambio de lo lleno por lo vacío, lo ruidoso por lo silencioso nos libera de la medida del tiempo. No intercalar espacios de trabajo con los de descanso ni intercalar el volumen alto del día con el que baja por las noches cuenta nuestros días de otra forma. Este silencio en las ciudades es nuevo para muchos de nosotros y nosotras. Años después que Proust persiguiera el silencio imposible en una ciudad grande, el músico John Cage pensó la relación entre el silencio y los sonidos, y en una entrevista le preguntaron si el silencio pertenecía al mismo dominio que la música –a propósito de 4’33’’, la pieza para piano de que dura en silencio esa medida de tiempo y que rompió esquemas de lo que se entendía tradicionalmente en la música como pausas silenciosas: “El silencio ya es un sonido. Se transforma en sonido en ese mismo momento. […] El sonido ya no es un obstáculo para el silencio, el silencio ya no sirve de pantalla al sonido.” En otras palabras, el silencio no es un personaje secundario que deja al sonido, el protagonista, ser, por ejemplo, en las ciudades en las que vivimos. Los silencios no son intermitencias, no son intervalos (eso que desquiciaba tanto a los vecinos de arriba). Este silencio es un nuevo sonido en las ciudades. Ahora que algunos de nosotros guardamos cuarentena voluntaria, ahora que la cantidad de gente en los espacios públicos ha disminuido, ahora que los coches están estacionados, ahora que los ruidos han cesado en la vida diaria se forma un nuevo sonido. Ahora mismo escucho pájaros, una licuadora, un radio en una estación con música noventera y niños gritando y jugando desde el confinamiento en horario escolar. Quizás en eso se parecen los escenarios urbanos al lenguaje, nunca hay silencios en el lenguaje. Con las palabras podemos decir, describir el silencio, pero no hay silencios como tal, como tampoco hoy hay silencios ni vacíos en las calles, como lo dice uno de mis poemas favoritos, una de mis poetas favoritas, Wislawa Szymborska: “Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo.” Y tal vez eso es lo que hace este nuevo silencio en las ciudades en las que vivimos.

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