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La princesa pinchadiscos que anima a la ‘jet set’

Scilla Ruffo di Calabria combina su título nobiliario con una faceta filantrópica. El año pasado creó un festival benéfico que la lleva a organizar conciertos solidarios en Milán

Scilla Ruffo de Calabria, en una tienda de zapatos Miu Miu, en Roma, en 2017.
Scilla Ruffo de Calabria, en una tienda de zapatos Miu Miu, en Roma, en 2017.

Princesa de nacimiento, aunque en una Italia republicana que no otorga ningún valor a estos títulos, y pinchadiscos por vocación. Scilla Ruffo di Calabria, de 34 años, no es una aristócrata al uso. Hija de los príncipes Augusto Ruffo e Irma Pss zu Windisch-Grät, nació en el seno de uno de los linajes más antiguos del país, cuyos orígenes se remontan al siglo XI y pasan por el extinto reino de Sicilia. Aunque está emparentada con la reina Paola de Bélgica, tía de su padre y que ostenta el mismo título de princesa, su vida ha transcurrido lejos de palacio. Princess Scilla DJes el nombre artístico con el que arrasa en las pistas de baile milanesas y de medio mundo.

El pasado fin de semana, la italiana se casó en una fastuosa ceremonia en Milán con el empresario Costantino Rivetti. Entre los centenares de invitados faltaba su gran amiga Tamara Falcó, que ese día estaba acompañando a su hermano Enrique Iglesias en su concierto de Madrid. Las dos son íntimas e inseparables desde hace tiempo. Hace unos años llegaron a saltar juntas en paracaídas ante las cámaras del reality que protagonizó la hija de Isabel Preysler. También frecuentan el mismo grupo de amigos. De hecho, Scilla fue quien presentó a Tamara a Alessandra de Osma y al príncipe Christian de Hannover, a cuya boda en Perú acudieron las dos amigas el año pasado.

Además de invitada habitual en bodas de la nobleza europea, suele ejercer de pinchadiscos en esas veladas. La princesa nació en Roma, creció en Milán, estudió siete años Relaciones Internacionales en Londres y llegó a la música por casualidad hace casi una década, después de una breve incursión en la política. Había dejado su puesto como asesora en el Ayuntamiento de Milán cuando una amiga le pidió amenizar una fiesta privada en una galería. Comenzó el boca a boca y Scilla acabó llevando sus ritmos a los locales más exclusivos de la élite internacional. En este tiempo ha encadenando experiencia en bodas de la aristocracia, como la del príncipe alemán Antonius von Fürstenberg y la condesa italiana Matilde Borromeo —hoy separados— en 2011; en verbenas en Hollywood o en las fiestas de Elton John que se celebran tras los Oscar.

Dice que lo suyo no son los ritmos comerciales, que adora la música vintage, los clásicos de los años sesenta y setenta y que las canciones de Johnny Cash y Jane Birkin son su inspiración. España es siempre una parada especial en sus giras. El pasado verano hizo bailar a la jet set europea en el icónico Marbella Club, codo con codo en la mesa de mezclas con Brianda Fitz-James, nieta de la duquesa de Alba.

Sin embargo, la princesa no solo se mueve entre la aristocracia: también tiene una faceta filantrópica. Cada año, suele peregrinar con su madre al santuario de Lourdes, donde atienden a enfermos como voluntarias de la Orden de Malta. El año pasado creó en Milán un festival, Who Gives a Funk, que combina música y causas benéficas. Uno de los primeros eventos fue un concierto en Garage Italia, el taller milanés de Lapo Elkann, el príncipe rebelde de los Agnelli. La recaudación se destinó a sufragar el tratamiento de una joven que padece parálisis cerebral.

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