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Divide, miente y vencerás: analistas abogan por “bajar al barro” para acabar con Trump

La izquierda estadounidense lleva tiempo advirtiendo de que, con juego limpio, es casi imposible ganar

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Donald Trump, junto a su hija Ivanka y el vicepresidente estadounidense Mike Pence (al fondo) en una comparecencia dentro de la Estación Espacial Internacional el pasado 18 de octubre, en Washington. Foto: Getty

David Faris lo ha bautizado como “el dilema demócrata”. Consiste en la resistencia a “jugar sucio” de los candidatos del partido más antiguo de EE UU a pesar de que sus rivales, los republicanos, llevan haciéndolo desde hace décadas. Y con éxito. Faris es el autor de It’s time to fight dirty: how Democrats can build a lasting majority in American politics (Es hora de jugar sucio: cómo los demócratas pueden construir una mayoría sólida en la política estadounidense), un ensayo provocador que tal vez no haya que tomarse muy al pie de la letra.

La mayoría de estrategas de campaña demócratas lo han leído con una mezcla de vértigo y fruición, pero casi nadie se atreve, de momento, a comentarlo en público. Porque su tesis es tan sugerente como incómoda. El propio Faris la sintetizaba en una entrevista concedida a la revista Vox: “No se puede ir a la guerra con munición de fogueo”. Y traza un panorama apocalíptico en el que, si nadie lo remedia, los republicanos consolidarán su predominio en el Tribunal Supremo durante al menos una década, controlarán a perpetuidad el Senado y seguirán ganando elecciones presidenciales (para empezar, la próxima, la de noviembre de 2020, en la que Donald Trump, pese a su impopularidad, tiene muy serias opciones de ser reelegido) por número de compromisarios aunque las pierdan por número de votos.

“No se puede ir a la guerra con munición de fogueo”, dice el analista David Faris refiriéndose a los demócratas

“Los demócratas deben reconocer la urgencia del momento y actuar en consecuencia”, decía el profesor de Ciencia Política de la Roosevelt University en la citada entrevista. En su opinión, ese “jugar sucio” debería traducirse en medidas que vayan mucho más allá de “la confrontación ideológica” y que cambien “las reglas del juego”.

Por ejemplo, transformar California en siete pequeños estados, que Puerto Rico deje de ser un estado asociado para convertirse en estado de pleno derecho o que Washington DC tenga representantes en el Senado. Cambios drásticos, que tendrían un efecto duradero en la política estadounidense y que, además, según argumenta Faris, son perfectamente factibles y podrían realizarse sin necesidad de reformar la constitución: “En realidad, nuestra constitución es un documento breve y calculadamente ambiguo que puede ser reinterpretado y retorcido a voluntad en función de las mayorías políticas del momento. Los republicanos llevan muchos años respetando su letra y violando su espíritu, ¿por qué los demócratas no se atreven a hacer lo mismo?”.

En un artículo en la web de tecnología Gizmodo, Keith Veronese recogía, en clave humorística, una tesis similar a la de Faris sobre la necesidad de cambiar el mapa electoral de Estados Unidos incorporando nuevos estados. Para Veronese, los candidatos a nueva estrella de la bandera tricolor serían, además de Puerto Rico y el Distrito de Columbia, la Ciudad de Nueva York, Cuba, el Reino Unido (una vez se consume el Brexit) o incluso, tal y como sugería un lector en los comentarios de la pieza, Filipinas.

¿Delirante? Bueno, tampoco suena muy razonable la propuesta de Trump de ampliar la Unión comprando a Dinamarca la isla de Groenlandia, región autónoma danesa. Tal vez Faris aprobaría esa nueva Federación de 55 estados propuesta por Veronese. Para él, de lo que se trata es de evitar anomalías tan contrarias al verdadero espíritu de la democracia como que “los candidatos presidenciales demócratas hayan ganado el voto popular en seis de las últimas siete elecciones y solo hayan presidido el país cuatro legislaturas”.

Desmentir la mentira

La necesidad del partido demócrata de “bajar al barro” se ha vuelto aún más imperativa ahora que se enfrentan a una anomalía política como Donald Trump, un líder sin inhibiciones morales de ningún tipo. El lingüista californiano George Lakoff, autor de ensayos de ciencia política tan influyentes como el hoy clásico No pienses en un elefante, ya hablaba del “dilema demócrata”, en términos similares a los de Faris, hace casi dos decenios. Su campo de estudio son los discursos y, en especial, la capacidad de una comunicación política inteligente y bien orientada para “crear marcos mentales”.

Según Lakoff, a los republicanos les viene funcionando desde al menos la presidencia de Dwight D. Eisenhower (1953-1961) el marco mental del “padre autoritario”, fuerte y resuelto, capaz de tomar decisiones duras e incluso dolorosas, pero haciéndolo siempre desde un sentido innato de la justicia. Contra este relato basado en “la hombría de bien” y la dureza “compasiva”, los demócratas han intentado oponer, no siempre con éxito, el marco mental de la “madre devota”, que cuida y “comprende” a los ciudadanos, restaura la concordia y cura las heridas.

Trump ha encontrado la complicidad inesperada de uno de sus supuestos rivales: la prensa, que se hace eco de esas falsas informaciones, aunque sea para desmentirlas, lo que las sitúa en el centro del debate público 

En un artículo reciente en The Guardian, escrito en colaboración con el politólogo y estratega político Gil Duran, Lakoff acepta que ese marco mental ha resultado insuficiente para contrarrestar a Trump, un “profesional de la mentira” cuyo discurso va mucho más allá de los marcos mentales tradicionalmente impulsados por el Partido Republicano.

Para Lakoff, “Trump lleva 50 años vendiendo cosas, y el producto que mejor sabe vender es él mismo, su visión del mundo y sus peculiares puntos de vista”. Se presenta simultáneamente como un triunfador y como una víctima. Y consigue imponer ese marco mental contradictorio y oportunista, siempre según Lakoff, siguiendo una estrategia de tres pasos: mentir de manera sistemática, insistir en las mentiras a través de una repetición continua que crea una ilusión de coherencia y lograr que otros repitan sus mentiras. En este último punto, Lakoff insiste en que Trump ha encontrado la complicidad inesperada de uno de sus supuestos rivales: la prensa, que se hace eco de esas falsas informaciones, aunque sea para desmentirlas, lo que las sitúa en el centro del debate público cuando muchas veces se trata de simples tuits que, si no recibiesen esa atención, pasarían desapercibidos. ¿Tiene sentido que la prensa se sienta obligada a desmentir un tuit falso y sin el menor fundamento convirtiéndolo así en noticia? Según Lakoff, no.

Un ejemplo reciente de lo que tanto Lakoff como Faris quieren decir cuando se refieren al éxito del pensamiento táctico republicano es lo que está ocurriendo ahora mismo con el grupo de congresistas demócratas conocido como The Squad. Cuatro mujeres, Ayanna Pressley, Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar y Rashida Tlaib, con mucho en común. Ninguna de ellas es wasp (o sea, de la mayoría blanca, anglosajona y protestante), y son jóvenes (entre 29 y 45 años), feministas, izquierdistas, beligerantes y muy entusiastas. La paradoja en estos días de precampaña electoral para las primarias demócratas es que los medios de comunicación conservadores y los tuiteros de derechas les prestan mucha más atención que los progresistas y la izquierda.

Según Nathaniel Rakich, redactor del blog de análisis FiveThirtyEight, “se trata de una campaña orquestada para darles el máximo protagonismo posible y hacer que el Partido Demócrata parezca mucho más izquierdista y radical de lo que en realidad es, cuando lo cierto es que ninguna de estas mujeres tiene ahora mismo un peso excesivo en el partido, ni siquiera en su ala izquierdista, representada por Sanders y Elizabeth Warren, ninguna se presenta a las primarias y los que sí se presentan apenas hablan de ellas”.

Sin embargo, una vez más, el juego sucio da sus réditos: las encuestas demuestran que muchos estadounidenses creen que Ocasio-Cortez y compañía sí se presentan, que incluso tienen posibilidades de ganar y que eso demuestra lo muy escorado a la izquierda, lo muy radical y lo muy alejado que el Partido Demócrata está de los “verdaderos valores norteamericanos”.

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