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Queremos hechos, no relatos

Llevamos desde el final de la crisis con los deberes a medio hacer

Pedro Sánchez atiende a los medios.
Pedro Sánchez atiende a los medios.

Por si siguen distraídos en la playa les recuerdo que el curso político no acabó con la formación de un gobierno, sino con la disputa en torno a quién había ganado el relato sobre las causas de este fracaso. El único hecho importante, lo de que de verdad importaba, se desvaneció así detrás de juegos de persuasión dirigidos a imputar al otro la responsabilidad por la falta de acuerdo. Seguimos sin resultados, estos se suplen por palabras justificadoras ordenadas siguiendo los enmarques habituales y las nuevas convenciones de la actual dictadura del marketing político. Parole, parole, parole. Y así llevamos cuatro largos años en los que siguen reinando los presupuestos de El Cid Montoro, en los que la acción política propiamente dicha es suplida por el estruendo de la confrontación interpartidista, la excitación de las pasiones que tanto propician las redes, y el narcisismo de los líderes —la vanidad es la “enfermedad profesional” de los políticos, dice Weber—.

Lo malo es que eso que llamamos “relato”, precisamente porque es político, no puede dejar de introducir la lógica adversaria, el inevitable nosotros frente a ellos. ¿Cómo podemos acceder así al más mínimo acuerdo si no paramos de satanizar al adversario? ¿Hay alguna fórmula para que nuestros políticos abandonen el modo electoral, la patológica búsqueda de su propio beneficio caiga quien caiga, y se acerquen al modo gobernar; que dejen de pensar en sus intereses de parte y se acerquen a los intereses de todos? Porque, no lo olvidemos, aunque solo gobierne una “parte” (de aquí viene el término “partido”), tiene que hacerlo para lo común. Esto es lo que más les cuesta entender a los nuevos políticos de profesión, más cómodos en la mutua descalificación y el cálculo del beneficio inmediato que en buscar decisiones responsables —Weber, de nuevo—.

E la nave va! A pesar de todo, la nave del Estado sigue a flote gracias a las administraciones públicas profesionalizadas. Pero navega sin rumbo, con las habituales rutinas administrativas, sin nadie que esté propiamente al mando y sepa conducirlo al destino deseado. Llevamos así desde el final de la crisis, con los deberes a medio hacer y ya casi dentro del peor escenario político-económico de los últimos años, en plena tormenta. Y no creo que todos estos problemas, entre los cuales se encuentra una formidable crisis de Estado, se resuelvan sólo con palabras, relatos o milongas. Se resolverán con decisiones políticas en muchas ocasiones difíciles y para las que es preciso contar con consensos políticos amplios.

¿Estarán nuestros políticos a la altura de las circunstancias o seguirán torturándonos este otoño con sus ya archiconocidas y cansinas declaraciones de siempre? Lo malo de la reiteración electoral es que ya no hay lugar para la sorpresa o la innovación de los mensajes. ¿De verdad hemos de volver a pasar por toda esa fanfarria? ¿No temen caer en el ridículo? ¿Van a seguir enredándonos con sus palabras gastadas? Total, ¿para qué? En noviembre seguramente volveremos de nuevo a la casilla de salida y tocará volver a empezar. Pero habremos perdido un tiempo decisivo. La realidad siempre se toma su venganza; los cuentos cuentos son.

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