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El desastre Johnson

Las iniciativas del nuevo primer ministro británico ya tienen consecuencias económicas negativas

Boris Johnson llega a su reunión con Nicola Sturgeon, el pasado lunes en Edimburgo.
Boris Johnson llega a su reunión con Nicola Sturgeon, el pasado lunes en Edimburgo. REUTERS

La llegada de Boris Johnson al Gobierno británico ya está generando los primeros dividendos. Además del desplome de la libra esterlina y de las cotizaciones bursátiles, se extienden los temores a una posible recesión. La presunción generalizada es que el nuevo primer ministro mantendrá su disposición a forzar un abandono definitivo de la UE sin acuerdo el próximo 31 de octubre, a cualquier precio. Y ese precio será elevado, lo anticipan los mercados financieros.

Como han mostrado tras la emergencia de la guerra comercial entre EE UU y China, a los inversores en activos financieros no les gustan las confrontaciones. Tampoco a los empresarios del sector real que tratan de anticipar el horizonte por el que discurrirán sus empresas. Si no cambia la actitud del primer ministro británico, la economía de su país seguirá sufriendo. Las evoluciones declinantes de los precios de los activos inmobiliarios también dan cuenta de esto. Únicamente las empresas con una proyección internacional de sus ingresos podrán seguir capeando el temporal, siempre que la frágil economía mundial no se deteriore más. Pero esas no serán la mayoría de las empresas, como refleja la persistencia del abultado déficit de la balanza de pagos británica.

Es precisamente esa conjunción del aterrizaje de Johnson, dispuesto a no facilitar una salida ventajosa para su país, con las señales adversas que se suceden en otras economías y con la actitud de su amigo Donald Trump, las que pueden precipitar un debilitamiento adicional del crecimiento de las economías europeas.

Frente al desastre que puede desencadenarse el 1 de noviembre, de poco servirá la disposición del primer ministro y de su ministro de Hacienda, Sajid Javid, de llevar a cabo una política fiscal manifiestamente expansiva, rompiendo con la prudencia de su antecesor en esa cartera. En el caso en que su magra mayoría parlamentaria le permita hacer de su capa un sayo, con reducciones de impuestos y aumentos indiscriminados del gasto público, no favorecerán una inmediata recuperación del crecimiento, ni mucho menos, el mantenimiento bajo control de las tensiones inflacionistas ya estimuladas por la intensa depreciación de la libra.

Tampoco cabe confiar en ningún acuerdo comercial aceptable con Estados Unidos, como compensador del elevado comercio en bienes y servicios que hoy mantiene la economía británica con el resto de la UE. De no mediar alteraciones en las intenciones con que llegó a las elecciones y está dando estos primeros pasos, Johnson podrá ser el primer ministro más dañino para su país y para el conjunto de Europa.

 

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