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Héroes y tumbas

Vitorear a asesinos y torturadores se adentra en el territorio de lo perverso

El expreso de ETA Jesús María Zabarte (c) en Oñate para recibir a Xabier Ugarte.
El expreso de ETA Jesús María Zabarte (c) en Oñate para recibir a Xabier Ugarte. EFE

Que a alguien que ha asesinado a varias personas, sea por la motivación que haya sido, o a quien participó, entre otros varios delitos, en el secuestro de un hombre al que mantuvieron enterrado vivo dos años (y al que habrían dejado morir en su sepultura con tal de no revelar dónde estaba esta) cuando vuelven a sus pueblos después de cumplir sus condenas sean recibidos como héroes produce aún más desazón que sus propios crímenes. Sea delictivo o no, el espectáculo de su recibimiento, con sus vecinos y familiares haciéndoles pasillo y aplaudiéndolos y el correspondiente dantzari ofreciéndoles un aurresku de bienvenida, desborda toda categoría moral para adentrarse en el territorio de lo perverso, se justifique como se quiera justificar. Ni el deseo de independencia, ni los lazos de sangre o de amistad, ni la pertenencia a un grupo que hace ya mucho dejó de distinguir la razón de la sinrazón justifican unos comportamientos más propios de sociedades prehumanizadas que de una del siglo XXI.

Y no es necesario acudir a las imágenes de sus delitos (las de los guardias civiles muertos, la de Ortega Lara saliendo del zulo como un muerto viviente o como uno de los judíos supervivientes de los campos de concentración nazis) para captar toda la perversión de esos homenajes que sus vecinos y familiares les ofrecen en su regreso a sus pueblos como si fueran soldados heroicos de los que se muestran orgullosos. A casi nueve años ya de la rendición del ejército al que pertenecieron y del reconocimiento por parte de éste de lo anacrónico e inútil de su actividad, que quienes lo integraron y apoyaron sigan sin darse cuenta de la inmoralidad de esta y continúen considerándola justa y heroica hace desconfiar de la raza humana, por lo menos de ciertos grupos de ella cuando el fanatismo los penetra y los corrompe como esas enfermedades que afectan a los organismos vivos.

¿Qué enfermedad afecta a todos esos que aplauden a criminales confesos, a auténticos torturadores, sea cual sea su motivación, a esos padres de familia y a esas madres que esgrimen bengalas y banderas patrióticas, a esos niños que aplauden el paso de unos héroes a los que ni siquiera conocen, pues cuando ellos nacieron, ya estaban en la cárcel? ¿Conocerán sus delitos, los crímenes por los que los juzgaron? ¿Sabrán de sus consecuencias para otras personas? Y, si lo saben, ¿qué pensarán de ellas?

Cuando alguien llega a esa degradación moral, cuando alguien justifica con argumentos, sean políticos o se amparen en una venganza bíblica en respuesta a presuntos o demostrados ataques sufridos por ellos, el asesinato y la tortura, es que ha bajado ya al escalón más bajo de la deshumanización y retrocedido en el tiempo a épocas anteriores a la culturización del hombre. Por eso es inútil tratar de convencer de su situación a quien ya ha llegado a ese extremo, como es inútil tratar de ponerle calificativos. A quienes jaleaban como a héroes a dos asesinos confesos cualquier reproche moral les parecerá interesado y ridículo, de la misma manera en que a los dirigentes nazis les parecía una debilidad la piedad. Cuando Primo Levi abandonó el campo de exterminio en el que a punto estuvo de morir, escribió: “No es en absoluto una cuestión ociosa tratar de describir lo que es un ser humano”. Unos 2.600 años antes que él, el gran Homero ya había escrito: “No hay cosa, de cuantas respiran y andan sobre la tierra, más lamentable que el hombre”.

“¡Qué confuso es todo, qué difícil es vivir y comprender!” escribiría por su parte el argentino Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas.

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