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'Potlatch' y fútbol de Trilateral

La Superliga Europea en ciernes quiere desprenderse de las engorrosas ligas nacionales, mantener engrasado de mercado de fichajes con sus comisiones y astillas y simplifificar la gestión deportiva a mera cuestión de compraventa de jugadores

Kylian Mbappé, jugador del Paris Saint Germain
Kylian Mbappé, jugador del Paris Saint Germain ASSOCIATED PRESS

Como fenómeno tribal, el fútbol proclama una querencia irresistible al despilfarro. No es ocioso traer a colación aquí la ceremonia del potlatch, propia de los aborígenes del Pacífico noroeste de Estados Unidos, en la que el anfitrión derrocha regalos a manos llenas entre sus huéspedes, incluso destruye sus bienes o entrega sus posesiones, con el fin de abrumarlos y demostrar su superioridad sobre ellos. Thorstein Veblen formalizó el potlatch en los bienes de lujo cuyo valor viene calculado por el hecho de que sólo una persona, el más rico o poderoso, puede poseer y disfrutar. Como objetos de la competencia por el prestigio, los jugadores son los bienes Veblen con los que unos pocos clubes pueden decorar sus equipos; y el gasto exorbitante en sus fichajes equivale al festín pantagruélico y al dispendio de posesiones propios del potlatch.

La propuesta de varios clubes europeos, el gotha futbolístico por así decirlo, de crear una Superliga de 32 equipos al margen de las Ligas Nacionales, podría tener su aliento e impulso en el afán por separarse la plebe futbolística, exhibir ante la tribu las excelencias del potlatch dilapidador y luchar por el prestigio a base de acumular fichajes superiores a los 100 millones por jugador. Para los Agnelli, Al-Khelaifi o Pérez todo son ventajas. Se prescinde de competiciones de desgaste peor remuneradas; se reactiva el auténtico mercado de fichajes, el de las figuras de a 100 millones por operación, porque así se mantiene engrasada la rueda de comisiones, gajes y otras astillas; socios y seguidores caen rendidos por la lujuria de las contrataciones, ese afrodisiaco que oculta fracasos y despropósitos, y los próceres pueden postularse como padres fundadores de la nueva Champions. Lástima que falte Jesús Gil.

¿Y las Ligas nacionales? Pues tendrán la función de suministrar futbolistas para la Liga Aristocrática Europea; materia prima para que los Clubes Elegidos expriman el valor añadido del espectáculo. La Superliga Europea de la Trilateral del Fútbol limita además la gestión deportiva, esa cosa ininteligible para los Ilustres dominadores del gotha del balompié, a simples operaciones de compraventa en la Bolsa de futbolistas. Así habló en su día Helenio Herrera: “Si quieren el mejor equipo del mundo, que compren a los mejores jugadores del mundo”. Ese empíreo sencillo, caro y perverso está hoy al alcance de la mano.

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