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Trump acelera el vértigo

Cuando el dedo señala la luna, el tonto mira al dedo y el inteligente a la luna. En cierto sentido, el presidente de EE UU es el dedo. Ojo con seguir fijos en el dedo

El presidente de EE UU, Donald Trump, en la Casa Blanca, el pasado 9 de mayo.
El presidente de EE UU, Donald Trump, en la Casa Blanca, el pasado 9 de mayo. REUTERS

El hasta ahora embajador de Francia en Washington se despedía de su misión afirmando, en The New York Times, que en la capital de EE UU los políticos y sobre todo los grandes medios de comunicación hiperventilan sobre el presidente Trump. Los canales de 24 de horas de noticias solo tienen este monotema; los grandes diarios nacionales, muy críticos en su mayoría, llevan dos años largos en un vano intento de minar al presidente. Sus tuits, salidas de tono, falsedades, son replicados sin cesar, reforzando su popularidad. La noche de la elección de Trump, el embajador Gérard Araud tuiteó: “Después del Brexit y de esta elección, un mundo está colapsando ante nuestros ojos. Vértigo”. Cuando el dedo señala la luna, el tonto mira al dedo y el inteligente a la luna.

En cierto sentido, Trump es el dedo. Ojo con seguir fijos en el dedo. Vértigo en solo un par de semanas. Trump ha provocado una aceleración espasmódica en su política exterior: poniendo a EE UU e Irán en rumbo de colisión, decretando el fin de la venta de petróleo iraní a países tan importantes como China, India, o Japón.

El golpe contra la economía iraní es enorme y los halcones de su Administración, la dupla formada por Bolton y Pompeo, le sugieren al presidente el sueño de derrocar el régimen teocrático de los ayatolás. Pensamiento mágico. El Gobierno de Teherán relaja la contención nuclear que venía practicando en obediencia al acuerdo que firmó con EE UU, China, Rusia, Alemania, Francia y el Reino Unido, que Washington abandonó hace un año. Peligro de un aumento significativo de proliferación nuclear en el polvorín de Oriente Próximo.

Y más vértigo: Trump castiga a China y declara que no tiene prisa por firmar el fin de la guerra comercial, que redobla. Cunde el pánico en los mercados mundiales. La difícil relación entre EE UU y China definirá el futuro de este siglo. Contención de China o su implicación en el orden internacional existente. Xi no parece dispuesto a ser contenido, y Trump busca un trébol de cuatro hojas: que China abandone su modelo, exitoso, de capitalismo de Estado. Puede pensar que la política de dureza con China le vendrá bien para revalidar su presidencia en 2020. Para completar el vértigo que genera la presidencia de Donald Trump, en Washington se dibuja una crisis constitucional. Con una visión expansiva de los poderes presidenciales, considera que puede desafiar al Congreso sin consecuencias, impidiéndole ejercer su labor constitucional de supervisión y control del Ejecutivo.

Procesar o no a Trump mediante un acto político del Congreso es un debate abierto en la capital federal. Estrictamente no es necesario que el presidente haya cometido un delito para hacerlo. El abuso de la presidencia, o el encubrimiento, serían motivos suficientes para un impeachment. En el caso de Nixon, el encubrimiento fue peor que el delito del asalto al Watergate. El presidente Franklin Roosevelt advertía que “la presidencia es sobre todo un lugar de liderazgo moral”. Trump lo desconoce.

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