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Quien poco espera, mucho obtiene

No es extraño que Putin y Kim Jong-un quieran sacar algún partido del cambio de reglas de juego internacionales más drástico y brutal de los últimos 70 años

El líder norcoreano Kim Jong un a su llegada a Vladivostok.
El líder norcoreano Kim Jong un a su llegada a Vladivostok. AFP

Cuanto menores son las expectativas, mayores las posibilidades de éxito. Pocos resultados pueden esperarse de la reunión que mantendrán hoy Vladímir Putin y Kim Jong-un, la primera entre los dos líderes, especialmente relación con el programa nuclear norcoreano, la cuestión que preocupa a todos los vecinos del régimen de Pyongyang. Pero el éxito, en esta ocasión, está asegurado antes de empezar.

Al contrario de lo que ha sucedido en las dos cumbres de Singapur, en junio de 2018, y Hanoi, en febrero del año en curso, en las que Kim se reunió con Donald Trump, el éxito de Vladivostok es la reunión misma, con la que tanto Rusia como Corea del Norte mandan un contundente mensaje a Estados Unidos acerca de la geometría multipolar del mundo.

Rusia se abre hueco como superpotencia en una negociación de la que había estado ausente. Pyongyang reafirma su posición, acompañada de gestos ostensibles de desprecio hacia Trump, como son las pruebas de un arma táctica teledirigida anunciadas la pasada semana o la descalificación del secretario de Estado, Mike Pompeo como jefe de los negociadores, cuya sustitución por alguien “más maduro” exigen los norcoreanos.

Corea del Norte e Irán son las dos caras de la contradictoria e incoherente acción exterior de Trump. La primera, a pesar de las zalamerías trumpistas, mantiene vivo su programa nuclear e incluso ha empezado a reconstruir sus instalaciones para misiles de largo alcance, paralizadas en cuanto mejoró el clima diplomático entre ambos países; mientras que Irán, a pesar de las sanciones y amenazas, lo mantiene congelado desde la firma del acuerdo multilateral en julio de 2015.

Nada justifica la doble vara de medir, desde el punto de vista de la seguridad y la no proliferación nuclear, al contrario. La ruptura del acuerdo con Irán constituye en sí misma un estímulo a la proliferación, hasta el momento salvado por la prudente actitud de Teherán, que no ha roto el acuerdo ni reanudado el enriquecimiento de uranio, a pesar de la reimposición de sanciones por parte de Estados Unidos.

No es casualidad que la cumbre entre Putin y Kim se produzca en el mismo momento en que Trump ha incrementado la presión sobre Teherán hasta límites insoportables, con la pretensión de dejar en cero las exportaciones de petróleo iraní, aun a costa de empeorar las relaciones con China, Turquía o la India, algunos de los principales clientes del crudo persa. La maniobra cuenta con la complicidad de un régimen tan indeseable como Arabia Saudí, que acaba de exhibir con una oleada de ejecuciones su peor faz represiva y medieval, y pasa también por el apoyo al militar libio Jalifa Haftar en su intento por hacerse con el control del país, todo dirigido a garantizar el suministro de crudo y evitar un insoportable incremento de los precios provocado por una política tan insensata contra Irán.

Trump y sus asesores, especialmente el consejero nacional de Seguridad, John Bolton, quieren ahogar la economía iraní, satisfaciendo así los deseos de Israel y de Arabia Saudí, que son quienes disputan al régimen chií la hegemonía regional, especialmente en Siria. Pero esta presión, al igual que la ruptura del acuerdo nuclear, quiere premiar también el unilateralismo de quienes incumplan los pactos y castigar el multilateralismo de quienes los han conseguido y luego los cumplen. No es extraño que Putin y Kim Jong-un quieran sacar algún partido del cambio de reglas internacionales de juego más drástico y brutal de los últimos setenta años.

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