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La “Gran Cosa Mala”

El mejor combate contra Vox es no hablar de Vox

El presidente de Vox, Santiago Abascal, en Ciudad Real, el pasado 23 de marzo.
El presidente de Vox, Santiago Abascal, en Ciudad Real, el pasado 23 de marzo. Europa Press

El mejor combate contra Vox es no hablar de Vox. Dicho esto, y para evitar entrar en una contradicción performativa, debería cambiar de tema o callarme. Y sin embargo, como tantos otros, siento que “necesito” hacerlo, que no me basta con recurrir a una indiferencia estratégica. Y no es porque los tema. Me ocurre como a tantos otros, que no puedo resistirme a la fascinación por eso que Rorty denominara la “Gran Cosa Mala”, la anomalía que se introduce en nuestro cuerpo político y amenaza con contaminarlo. Por eso no podemos dejar de hablar de ellos. Porque, como bien observara Rafael del Águila, el mal siempre es objeto de una expectación inusitada, no podemos evitar la urgencia por rastrearlo y tratar de conocerlo. Acaso —nos dice—, en el fondo lo veneramos sin saberlo.

Pero esto equivale a otorgar a Vox un carácter épico-satánico del que seguramente carece. No, el escándalo que ha mostrado la izquierda desde la fulgurante entrada de este partido en la Cámara andaluza es exagerado. Igual que es irresponsable la indiferencia, mezclada con un reprimido regocijo, con el que ha sido saludado por la derecha. Ni es la Gran Cosa Mala, ni es un partido más. Supone más bien el afloramiento de algo que siempre ha estado ahí, un sector de la derecha tradicional que nunca consiguió ajustarse del todo a la democracia. Más que significar la entrada de algo nuevo y rupturista, en realidad representa algo muy viejuno que hasta ahora estaba reprimido.

Puede que su éxito lo deba precisamente a eso, a la extraña combinación entre líder a caballo —a lo Putin— con entrega nacional-identitaria, marchas militares y discoteca, simbología que recordábamos en blanco y negro puesta al día con memes y glyphs en las redes, sonrientes jóvenes que se codean con militares jubilados en las listas. Todo es anacrónico y a la vez vintage, mola porque es antiguo y moderno a la vez. Y porque, como en los demás populismos, se da leña a lo políticamente correcto, a la asepsia y contención liberal, y se glorifica el ardor patriótico bien envuelto en éxtasis emocional.

En realidad es un partido reaccionario en su sentido clásico, de resistencia frente a la España constitucional y su Estado de las Autonomías, la revolución de la mujer y todo cuanto huela a progresista. Pero también, y esto es lo curioso, frente a la propia derecha del consenso del 78.

Hay algo que quizá no hemos observado adecuadamente, la superposición y el estallido en nuestro presente de los tres grupos que perdieron la batalla de la Transición: el nacionalismo radical vasco-catalán, la extrema izquierda republicana y, obviamente, el franquismo sociológico. Los dos primeros ya habían asomado la cabeza, ahora lo hace el tercero. Cada uno con sus importantes diferencias, pero conjuntamente están actuando como una pinza que presiona y contribuye a emborronar el anterior dibujo de nuestra democracia. Ahora han vuelto a distribuirse las cartas y ya no sabemos bien quién acabará llevándose la nueva partida. El nuevo ciclo todavía carece de rostro.

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