Columna
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El estado de la desunión es excelente

Aunque disimule, el presidente Trump llegó al Congreso con el rabo entre las piernas, después de sufrir una soberana derrota en manos de la mayoría demócrata

El presidente de EE UU, Donald Trump, el vicepresidente, Mike Pence, y la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, durante el discurso sobre el estado de la Unión.
El presidente de EE UU, Donald Trump, el vicepresidente, Mike Pence, y la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, durante el discurso sobre el estado de la Unión. POOL (REUTERS)

El objetivo es la escenificación de la unidad primordial entre todos los representantes de la ciudadanía de los Estados Unidos alrededor de la figura y de las palabras de un presidente capaz de erigirse en la voz de la nación por encima de los partidos. El discurso siempre contiene, en un momento u otro, una frase que sella el ritual del consenso: “The state of the union is strong (el estado de la Unión es vigoroso)”.

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Trump ha oficiado por segunda vez la ceremonia, aunque en esta ocasión con una semana de retraso y tras un forcejeo con la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, que es quien debía cursar la invitación y ha esperado hasta conseguir la apertura de la Administración federal, con 80.000 funcionarios sin cobrar durante 35 días por causa del chantaje presidencial a los congresistas. Aunque disimule, el presidente llegó al Congreso con el rabo entre las piernas, después de sufrir una soberana derrota en manos de la mayoría demócrata, a la que quería doblegar para que le aprobara el presupuesto de 5.000 millones de dólares destinados a construir el muro de separación con México.

El instrumento crucial de esta presidencia, el miedo —que incluso ha dado título al soberbio recuento de Bob Woodward sobre el funcionamiento de la Casa Blanca—, ha quedado devaluado después de este lance. La expresión visible del declive es el color blanco feminista que lucían las congresistas demócratas y especialmente la figura de Pelosi, inevitable en todos los planos televisivos, vigilante detrás del tedioso orador desde la mesa presidencial, con sus leves gestos de desaprobación o unos escasos aplausos condescendientes.

Desde Europa se temía el anuncio de una ruptura abrupta con la OTAN, pero el discurso solo ha proporcionado una breve y descortés referencia, por lo demás falsa, como de costumbre: “Durante años, Estados Unidos ha sido tratada injustamente por nuestros amigos, miembros de la OTAN; pero ahora hemos asegurado en los dos últimos años un incremento de 100.000 millones de dólares en los gastos de defensa de nuestros aliados”. La guerra fría que Trump alienta en el exterior también se proyecta en el interior gracias a la exhibición del viejo espantajo del socialismo ante el ascenso de la izquierda demócrata. Solo los extremistas más arcaicos de ambos bordos podrían atribuirle una victoria en caso de que las cosas fueran por el buen camino en Venezuela, porque los méritos, si los hay, serán al menos compartidos con Justin Trudeau, Felipe González o Pedro Sánchez, entre otros. 

Trump ha perdido capacidad disuasiva. Tenía poca credibilidad, pero daba miedo. Ahora también sus amenazas empiezan a sonar a hueco. Como la idea de unión que, en sus labios, es una noticia falsa, un bulo. El país está dividido y polarizado. La desconfianza entre aliados en su grado máximo, aliviada solo por la debilidad presidencial. Solo la desunión está en buen estado. También es un consuelo, porque Trump se ha hecho previsible. El disruptor empieza a atascarse.

Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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