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Sir James Dyson, el ‘rey de las aspiradoras’, acusado de hipócrita y desertor

El multimillonario empresario británico es un defensor del Brexit duro y está recibiendo duras críticas de políticos y compatriotas por el traslado de los cuarteles generales de su empresa a Singapur

James Dyson en octubre de 2018 en un hotel de París. .
James Dyson en octubre de 2018 en un hotel de París. . AFP

Hipócrita y desertor, así de duros son los calificativos que han aparecido en titulares de la prensa británica y que comparten políticos y gran parte de la opinión pública del Reino Unido sobre James Dyson, el empresario que se hizo multimillonario revolucionando el mercado de las aspiradoras y que además es el mayor terrateniente del Reino Unido.

Dyson ha pasado de ejemplo de empresario, hombre hecho a sí mismo y revolucionario en un corto lapso de tiempo, el mismo que ha tardado en comunicar los planes que tiene para trasladar su gigante de la tecnología del condado inglés de Wiltshire a Singapur. En hecho que podría enmarcarse dentro de una estrategia empresarial dolorosa para su país de origen si a esta decisión no se uniera que ha sido un activo defensor del Brexit duro.

James Dyson, que recibió el título de Sir de manos de la reina Isabel II, es una de las 50 personas y familias incluidas en la lista elaborada por el diario Sunday Times de los que pagan más impuestos al año en Gran Bretaña. Los 128 millones de libras (más de 147 millones de euros) que abonó a la Hacienda de su país el año pasado y que dan idea de su poderío económico.

The Times dedica dedicó recientemente un amplio artículo al empresario y terrateniente que titulaba “Inventor, granjero, propietario de una casa señorial… desertor: ¿Quién es James Dyson?” y resumía las preguntas que se hace la sociedad británica ante su decisión. Ocupa el duodécimo lugar en la lista de hombres más ricos de Gran Bretaña y la semana pasada anunció que su compañía tuvo beneficios de 1.100 millones de libras (más de 1.265 millones de euros). Posee más tierras que la propia reina de Inglaterra, viñedos en Francia, un yate de época de los años 30 que perteneció al rey Carlos II de Rumanía en cuya restauración invirtió años, un jet privado, una casa en Gloucerstershire de 51 habitaciones, una casa de campo en Chelsea, otra en Singapur y un ático en Nueva York valorado en más de 65 millones de euros.

Nada de esto le ha servido para zafarse de las críticas cuando su compañía anunció que movería su cuartel general a Singapur, porque todos recuerdan su vehemencia defendiendo que la salida de Reino Unido de la Unión Europea facilitaría las cosas a su país para moverse más y mejor por el mundo. Tampoco le ha valido de nada que su director ejecutivo, Jim Rowan, argumentara que el motivo de este cambio nada tenía que ver con el Brexit o los impuestos sino para “asegurarse de que estarán preparados para el futuro”. Ni siquiera la insistencia sobre que continuarán pagando sus impuestos en Gran Bretaña e “investigando en Malmesbury, Bristol y Londres”. La clase política le ha calificado de hipócrita y muchos de los clientes británicos de su empresa se cuestionan su honestidad para con su país de origen.

En noviembre de 2018 el empresario anunció que tenía un próximo objetivo en su futuro empresarial: el coche eléctrico y que había aportado 2.000 millones de libras de su propio bolsillo para investigar en un campo en el que esperaba poder tener su primer modelo de automóvil para 2021. Entonces ya desató una oleada de críticas en su país porque la planta de producción de esta nueva línea de negocio se establecería en Singapur. Ahora quien resumió su posición hacia Europa con un rotundo “nos vamos a marchar y si quieres vendernos tus coches y tus lavadoras y tu vino y tu champán, hablaremos, pero mientras te sigas comportando así, no lo haremos”, tendrá que estudiar si es capaz de que sus últimas decisiones no se vuelvan contra su negocio. Por muy visionario y revolucionario que haya sido con sus inventos en el pasado y en el futuro próximo.

 

 

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