Columna
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La atascada oposición venezolana

La insistencia en presentar al Gobierno de Maduro como una tiranía ha tenido mucho más éxito fuera que dentro del país

Juan Guaidó, nuevo presidente de la Asamblea venezolana.
Juan Guaidó, nuevo presidente de la Asamblea venezolana.REUTERS

"Qué culpa tiene el palo si salta el sapo y se ensarta", suele decirse en Venezuela cuando alguien es víctima de sus propios errores. La oposición arranca el nuevo año ensartada en su estrategia para derrocar a Maduro, que durante muchos años se basó en la violencia. Disipada la pólvora y el humo, se vio que detrás no había nada, ni un plan de gobierno alternativo, ni un programa para superar la crisis, ni nada que se parezca a una oferta política de largo alcance. Se ajustaron al manual insurreccional del teórico estadounidense Gene Sharp y creyeron que lo demás llegaría automáticamente.

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Lo tuvieron todo: asesores y ayuda económica, principalmente de EE UU, un enorme respaldo de los medios de comunicación internacionales y la bendición de los principales Gobiernos de centroderecha del mundo.

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De esa estrategia opositora solo se salvó un pequeño grupo moderado que esbozó un plan de estabilización basado en las recetas del Fondo Monetario Internacional. La iniciativa consistía en pedir un crédito de unos 100.000 millones de dólares y aplicar a la población unas medidas de ajuste brutales que no lo serían tanto si tenemos en cuenta que las actuales condiciones de vida de los venezolanos ya son brutales.

La insistencia opositora en presentar al Gobierno de Maduro como una tiranía ha tenido mucho más éxito fuera que dentro del país. Sin entrar en las causas de ese comportamiento, las clases populares se sienten agobiadas por las carencias económicas, pero no intimidadas o sometidas en el ámbito político. Así que arranca 2019 en Venezuela prácticamente sin oposición, con unos detractores del chavismo totalmente dispersos, incapaces de ceder en sus ambiciones particulares y unirse frente a un adversario común. Dependientes de las instrucciones que reciben de Washington y no cumplen, sin ideas claras, su credibilidad se agota incluso entre sus simpatizantes. No se vislumbra un futuro a corto plazo, ni quizás tampoco a medio, que les abra las puertas del Gobierno.

Diferente es que la gravísima situación económica logre de repente lo que no han sido capaces de alcanzar en años de estéril y violento forcejeo con las Administraciones de Chávez y Maduro, que todavía tienen arraigo en las clases populares porque el chavismo se definió como su revolucionario redentor. La Constitución de 1961 fue sustituida en 1999 por otra a la medida, ratificada en referéndum.

El maná petrolero permitió el masivo asistencialismo de Estado y los sucesivos triunfos electorales, pero cuando se hundieron los precios del crudo, la revolución bolivariana se apagó bajo la dirección de un hombre que ha demostrado más habilidad para sobrevivir que para gobernar.

La oposición deberá consensuar un programa capaz de convencer a las bases chavistas de que la alternancia en el palacio de Miraflores no llevará al revanchismo y a la relegación del pobre como sujeto de derecho, sino a la agrupación de fuerzas para crear riqueza y sacar a Venezuela del desgobierno, la usurpación de poderes, la corrupción y el éxodo.

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