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Sueños y pesadillas

Las redes sociales están hechas con las mimbres de nuestra intolerancia y nuestros miedos, con lo peor de cada mente

Usuarios de móviles ante el logo de Facebook.
Usuarios de móviles ante el logo de Facebook. REUTERS

Antaño se veía en el anonimato enmascarado la figura épica, algo pueril, del justiciero que combate los abusos de poder. Hoy esconde más bien a alguien sin arrestos para discutir cara a cara con su vecino, pero capaz de cubrirlo de insultos sin remitente en un pasquín de Internet. Abunda además el pensamiento mágico: en teoría basta con desear intensamente algo para conseguirlo. Según el chamanismo, las redes atrapasueños filtran las pesadillas dejando pasar los anhelos. Las redes sociales, por el contrario, atrapan, tejen y dan consistencia a nuestras pesadillas. Están hechas con las mimbres de nuestra intolerancia y nuestros miedos, con lo peor de cada casa y de cada mente. Densas y enmarañadas, sólo dejan pasar aquella información que se ajusta a la forma de su rejilla, sobre la que cada cual se construye su cárcel de pensamiento.

El daño de las redes ya no se detiene en generar sesgos cognitivos, se ha traspasado a la forma de hacer política, empezando por las campañas

El daño de las redes ya no se detiene en generar sesgos cognitivos, se ha traspasado a la forma de hacer política. Empezando por campañas interferidas por ejércitos de cuentas fantasma y terminando por prácticas parlamentarias. La dignidad institucional se ventila a golpe de tuit, de gracietas histriónicas para echar de comer a los bancos de peces seguidores. Lo importante es la actuación y no la acción, provocar un espasmo de la red, otra pirueta en el espectáculo. Hoy no se quiere hablar con autoridad, con capacidad de proporcionar consejo útil o al menos un punto de vista inesperado. Lo que se ambiciona, en el fondo de las redes y de los corazones egocéntricos que éstas atrapan, es influir. Cuando todo el mundo ansía encontrarse solo con los suyos, cuando impera el deseo inmoderado de aprobación y de homogeneidad, de cursis complicidades y no de contrapunto, hay que sospechar de quienes exigen diálogo solo con los suyos, de quienes ven "el mal" más claramente que nadie, solo que siempre en los otros.

El carnaval de simulacros crece y se multiplica por relatos cada vez más extraños, por convulsiones entre lo onírico, lo delirante y lo pesadillesco. En ciertas latitudes políticas de este fatigado país, se ha transitado de la melancolía irredenta de las promesas incumplidas a la alegre mascarada pastoril de los viejos sueños de una parte de la población. Situada antaño en lo alto de la escalera social esta exquisita población ha descendido, o más bien condescendido, para hacerse supuestamente transversal. Retornada a la casilla de salida, continúa jaleando la mascarada, pero ya no es ni pastoril ni alegre. Nadie escucha la proverbial advertencia de tener cuidado con lo que se fantasea porque puede convertirse en realidad. Nadie se responsabiliza de echar a volar las quimeras. No me refiero a mutilar nuestra capacidad de soñar, sino a meditar qué forma y consecuencias tendrá para todos algo cuando de verdad traspase la frontera de lo real. Pensar qué implica en realidad cada imaginario político.

La pulsión quimérica de comunidad que impregna estos confusos tiempos esconde demasiadas aristas. En cada ensueño de calidez comunitaria y tradicional se embosca hoy un furioso deseo de seguridad frente a los bárbaros, que siempre obviamente son los otros. Como advierte Bauman, este imaginario de seguridad y homogeneidad expresa el anhelo de protección y regresión a un paraíso perdido y un miedo colectivo ante la intemperie helada de la globalización. Proponer un imposible regreso a comunidades imaginadas es lo contrario a abrir los ojos y reconocer lo que hoy nos caracteriza: una interdependencia compartida, una común vulnerabilidad y una potencial política solidaria construida sobre esa fuerte fragilidad.

El sueño nacionalista actual que consiste básicamente en un repliegue defensivo en pequeñas unidades políticas nace marcado por un signo fundamentalmente egoísta y reaccionario. No promueve nada común, como sería su sueño, sino que más bien activa el viejo principio divide et impera. Esta división favorece a quienes crecen desmedidamente en poder salvaje y transnacionalidad, las élites verdaderamente cosmopolitas que poseen la movilidad generalizada para saltar de país en país, de mundo a mundo, bien provista de salvoconductos. El horizonte de un mundo dividido y amurallado, sin contrapoderes efectivos y cuyas llaves de entrada y salida poseen unos pocos, se acerca más al sueño de quienes ostentan tales llaves y claves, de quienes dan forma al mundo, que a un anhelo emancipatorio. Preguntémonos si donde unos pretenden en teoría recrear paraísos perdidos otros piensan en crear paraísos fiscales. No crecemos en integración para hacer frente a estos verdaderos poderes en la sombra, en vez de eso proponemos demarcar perímetros de seguridad alrededor de aldeas idílicas. En los sueños construidos sobre la base del miedo se insinúan los contornos de las pesadillas por venir.

Alicia García Ruiz es Profesora de Filosofía de Universidad Carlos III de Madrid.

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