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Brexit sin cambios

Londres se presenta a la cumbre de la UE sin crédito para renegociar el pacto

La primera ministra británica, Theresa May, sale del número 10 de Downing Street.
La primera ministra británica, Theresa May, sale del número 10 de Downing Street. AFP

El aplazamiento del debate del Brexit en el Parlamento británico, implorado por la primera ministra, Theresa May, revela su extrema debilidad, justo cuando se presenta hoy al Consejo Europeo en busca de las complicidades que no ha encontrado en su breve gira de capitales. Esa vulnerabilidad es sustantiva, aunque May ganara anoche la moción de confianza interna suscitada por sus oponentes en el Partido Conservador.

Cuando reconoció que, de someterse su propuesta a votación concitaría una derrota muy mayoritaria, May certificó que —políticamente— ella misma es poco más que un muerto viviente. Y a la par va mendigando a sus (aún) socios europeos algún árnica declarativa que aparente que los ha vencido en algo, cuando ha perdido todas sus apuestas sustanciales: exclusión de la unión aduanera y del mercado interior, reducción o anulación de su contribución financiera, y anulación de las competencias del Tribunal de Justicia de la UE.

Esa mano mendicante ilustra la escasa fiabilidad de quien manda la mejor diplomacia del mundo. Si es incapaz de convencer a sus correligionarios, ¿cómo lograr la de aquellos cuya estructura común ha despreciado hasta rechazarla altaneramente? Si ese era el mejor y único acuerdo posible, ¿puede pretender, en pura lógica, renegociarlo para mejorarlo en su favor? Y si hasta ahora se ha visto impotente para convencer también a laboristas, norirlandeses y escoceses de las bondades del acuerdo de retirada, ¿alguien apostaría a que una derrotada fuese la líder adecuada para abordar el diseño de un tratado de relaciones futuras con la UE? Si nadie cree en su acierto para lo menos, ¿por qué confiar en él para lo más?

Por eso aciertan los 27 en desconfiar de las propuestas de May. Es cierto que la flexibilidad de la UE suele traducirse en soluciones intermedias, pero eso vale sobre todo cuando a cambio se refuerzan las lealtades, como la de un socio para ratificar un nuevo tratado. Pero mucho menos si no se trata de reforzar una relación, sino de emprender un divorcio indeseado.

Es cierto que el borrador del Acuerdo de Retirada podría admitir, teóricamente, precisiones o aclaraciones, pero únicamente si son solo cosméticas y tranquilizadoras, no si entrañan nuevas obligaciones jurídicas. Reabrir el melón de lo acordado durante año y medio implicaría emplear un periodo muy largo, si no similar. Y como es un paquete equilibrado mediante contrapesos muy aquilatados, cada uno de los 27 podría aspirar, en contrapartida, a mejorar el redactado o la colocación de alguno de los pactos que más le atañe, sea sobre la política de pesca, el cambio climático o el estatuto de Gibraltar.

Además, la pretensión renegociadora de May se focaliza en limitar la continuación de la pertenencia de Reino Unido o alguna de sus partes al mercado interior europeo y a un espacio común aduanero, como se contempla en la “salvaguarda” incluida en el protocolo sobre Irlanda.

Pero ¿por qué habría que favorecer al Londres que voluntariamente se aleja en detrimento del Dublín que lealmente se queda? Y ¿por qué realizar concesiones sustanciales a una líder que no logró obtener el respaldo doméstico necesario para asumir las anteriores?

La UE carece de garantías de que su comprensión y tolerancia recibirían otra cosa mejor que la indiferencia, cuando no el desprecio o la burla. Ya basta.

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