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Poner caras a Libia

El periodista Karlos Zurutuza publica 'Tierra adentro. Vida y muerte en la ruta libia hacia Europa', un libro que muestra facetas desconocidas del país

Un hombre con una madera que hace las veces de pierna ortopédica.
Un hombre con una madera que hace las veces de pierna ortopédica.

En 2011 con la muerte de Gadafi se produjo un apagón informativo. Nada más se supo de un país que, desde aquel momento, se sumergió en las tinieblas. Lo que conocemos de Libia empieza con la llegada de los migrantes de Senegal, Mali, Níger, Sudán, Eritrea o Somalia que intentan llegar a Europa desde las costas de este país del norte de África. Pero apenas nada más sabemos de cómo han llegado y de lo que allí les acontece, ni de las vidas de los que llamamos libios en la actualidad.

Sin embargo, en Libia ha habido dos elecciones y una nueva guerra en 2014 (con cientos de miles de desplazados internos), en un territorio que tiene tres veces la superficie de España, seis millones de habitantes, de los cuales el 90% vive en la costa, y 140 tribus. Libia es el país con mayores reservas de crudo de África y el tercero por exportaciones y tiene tres gobiernos diferentes (uno en Tobruk y los otros dos en Trípoli, uno de los cuales, el denominado de “unidad nacional”, respaldado por la ONU, carece del refrendo de los libios), miles de grupos armados y grupos vinculados al ISIS. Y fue, además, uno de los últimos países colonizados por Europa.

Todo lo anterior aparece en el libro Tierra adentro. Vida y muerte en la ruta libia hacia Europa (Ed.Libros del K.O) del periodista Karlos Zurutuza publicado este mismo año. En él desmonta decenas de ideas previas, poniendo en primera persona a los migrantes subsaharianos o al infierno de las cautivas del ISIS, al tiempo que coloca el centro de interés en un país del que apenas han llegado noticias desde el terreno, para desvelar la situación de los propios libios tras el viraje que supuso su vida post Gadafi.

No imaginaron tanto Zurutuza como el fotógrafo Ricardo García Vilanova en 2011, en el primer momento en el que pisaron el país, que volver a Libia iba a ser una constante en sus vidas. Después siguieron numerosos viajes hasta el último del año pasado ya que hoy en día es prácticamente imposible entrar. “Los periodistas ya no son bienvenidos allí”, ha declarado el reportero en conversación telefónica hace apenas unos días. Durante aquel diálogo mencionó la existencia de una zona muy pequeña por la que se podría intentar entrar y él acaba de conseguirlo, ya está en Libia, según adelantaba el Diario Vasco.

Del libro emerge un periodismo honesto que cuenta lo que ve, sin narrativas artificiales que lo aderecen logrando desmontar muchos clichés y enseñando lo complejo que puede llegar a ser todo

Hasta el momento en el que podamos leer sus nuevas crónicas estará, otra vez, dentro de un país sin Gobierno, un estado sin ley, donde reina el caos y sobre el que Tierra adentro arroja muchas luces para poder empezar a conocer lo que allí está ocurriendo.

En sus páginas muestra a los migrantes subsaharianos en ese estado fallido en el que las mafias trafican con las personas o piden rescates a las familias para que sigan con vida. Estos llegan por un sur de Libia absolutamente fuera de control tras un periplo por el desierto en camiones abarrotados de gente que no espera si alguien se cae desde él. Además, comparte lo que han visto en los centros de detención sin un ápice de sensacionalismo, diferenciándolos de otros gestionados por alguna milicia mafiosa. Al tiempo que descubre cómo en la ciudad de Zuwara la población se ha organizado para acabar con esos traficantes o personas, como Sadiq Jiash, vuelcan todos sus esfuerzos en levantar un cementerio para dar digno entierro a los cadáveres que el mar devuelve a Zuwara.

Cada persona que aparece en el libro de Zurutuza nos muestra una parte de su propia historia y entre todos forman esa marea humana perdida

De Libia parece que lo desconocemos casi todo; “un país sobre el que hay escasísima documentación y al que pone en el mapa el descubrimiento del petróleo”, cuenta Zurutuza. Pero todavía sabemos menos sobre los libios y, a pesar de ello, a los que “no nos importa demonizar en este capítulo de la historia reciente que damos en llamar "crisis migratoria", se lee en el libro.

En Tierra adentro Zurutuza no duda en denunciar el efecto perverso que ha provocado la mala información por parte de muchos periodistas y fotógrafos en la imagen que nos llega de los libios y de la del paso de los migrantes por aquellas tierras. Esta forma de actuar, bajo la máxima “No dejes que la realidad te arruine una buena historia”, además, ha conseguido que Trípoli "negara permisos a los informadores extranjeros, incluso visados”.

Frente a ello, tal y como se respira en su libro, emerge un periodismo honesto que cuenta lo que ve, sin narrativas artificiales que lo aderecen y sin escamotear ninguna arista, logrando desmontar muchos clichés y enseñando lo complejo que puede llegar a ser todo. Así, el autor muestra cómo, frente a la situación actual en la que Libia es solo un lugar de tránsito, con el descubrimiento de las reservas de petróleo pasó a ser un país muy próspero, al que acudían muchos inmigrantes tanto de países vecinos como subsaharianos, algunos para proseguir el camino a Europa y muchos para quedarse a trabajar. Gadafi había instituido un sistema rentista (los libios no trabajaban) el cual se describe en el libro dando ejemplos muy gráficos de esta realidad. El de los 800 funcionarios del servicio de ferrocarril en “el único país del Magreb que carece de línea férrea”, los cuales siguen cobrando un sueldo como tal a través del Banco Central de Libia aún hoy, es uno de ellos.

Sin embargo, todo cambió con la desaparición del hombre que había gobernado el país de manera despótica, durante 40 años, tras la rebelión y la injerencia de las potencias solo preocupadas en quitarle del medio sin ningún plan posterior, haciendo del país “un tablero endemoniado” en palabras de Zurutuza. Según él, hoy los libios se enfrentan, sobre todo, a dos grandes problemas: el progresivo deterioro de la seguridad y el colapso económico con la devaluación del dinar y la falta de liquidez. Lo que ha acabado por convertir al país en una trampa mortal. En Tierra adentro se ahonda en esta falta de recursos: “Según estimaciones de la Organización Internacional para la Migración (IOM), en 2016 había aproximadamente un millón de refugiados y migrantes y 400.000 desplazados internos en suelo libio. Atendiendo a las cifras de población, era como pedir a la España de la posguerra que absorbiera a ocho millones de inmigrantes y refugiados, sin olvidarse de los más de tres millones de libios que habrían perdido su casa en el conflicto”.

Cada persona que aparece en el libro de Zurutuza nos muestra una parte de su propia historia y entre todos forman esa marea humana perdida, sin remedio, en un laberinto inestable, complejo y cambiante, mientras la UE mira para otro lado. Por una parte, los migrantes subsaharianos con sus relatos demoledores que huyen de la falta de un presente y un futuro. Por otra, las de los propios libios, sobre los cuales se desvela que, en la actualidad, muchos están sobreviviendo, como aquellos, y que también ellos han comenzado a “probar suerte en la lotería del Mediterráneo”.

“Me duelen los libios. La vida allí es cada vez peor”, afirmaba el periodista a través del teléfono con la voz emocionada al rememorar a amigos e historias. Sobre posibles salidas tenía poco que decir, “nadie lo sabe”. En este sentido parece bastante ilustrativo que viera más factible arreglar antes lo de Siria que lo de Libia. Ahora, él anda por ahí, para volver a contar historias de unos y de otros.

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