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Del efecto Casado al defecto Casado

El hiperliderazgo impulsivo y la desorganización del partido inquietan a sus propias huestes

FOTO: Pablo Casado, líder del PP, el pasado sábado en Granada. / VÍDEO: Comparecencia de Casado, este lunes, durante la presentación de la Fundación 'Concordia y libertad'.

El “efecto Casado” ha devuelto optimismo y militantes a un partido que se hallaba en situación cataléptica, pero el trayecto de los primeros tres meses engendra síntomas contraproducentes. Ninguno tan evidente como la tentación populista del propio líder ni tan preocupante como la desorganización del PP y la precariedad del banquillo. Casado es un hiperlíder por decisión propia y por ausencia de alternativas corpulentas, aunque sus colegas de partido —los partidarios y los rivales— también le reprochan off the record su improvisación, su hiperactividad, sus veleidades mitineras —sostuvo el sábado que el PSOE andaluz equivalía al castrismo— y su desmedido patrioterismo. Incluido al pasaje de aquella reciente intervención en Málaga consideraba la hispanidad como el mayor hito de la historia de la humanidad.

No cabe mayor contraste de la extroversión de Casado respecto a la introspección de Rajoy. “Hacía falta una contrafigura generacional, política y hasta estética, pero nuestro líder está descuidando el partido”, señala un exministro popular. “El modelo del hiperliderazgo no debe cuajar a expensas de la estructura del PP. El propio secretario general, Teodoro García, no se ocupa de las tareas organizativas. Casado no puede estar en todas partes y hablar a todas horas. Se ha creado una situación de excesiva emergencia. La travesía de la remontada exige tiempo”.

Los reproches no cuestionan el revulsivo que ha supuesto Casado. Más bien señalan un problema de gestión y de descapitalización. Por la retirada de las vacas sagradas —Cospedal, Sáenz de Santamaría...—, por la ausencia de barones regionales —Feijóo es la única figura boyante— y por la precariedad de las candidaturas en el umbral de un calendario electoral a contracorriente. Las elecciones andaluzas constituyen el primer escollo con la implicación de un aspirante débil, Juanma Moreno, pero el PP tampoco ofrece soluciones claras en escenarios tan relevantes como Madrid. Un retroceso en la capital y en la Comunidad presagian un escarmiento a la euforia.

“Pablo Casado es el líder idóneo”, explica Andrea Levy con sus galones de vicesecretaria. “Ha resucitado el PP de una situación muy difícil. Le ha devuelto tonicidad. Y se ha postulado como presidenciable. Sus grandes discursos plantean el proyecto de una España liberal, moderna, europeísta. Ese es el camino que va a convertirnos en una alternativa”.

Equilibrismo entre Vox y Ciudadanos

La irrupción de Vox en el mitin de Vistalegre ha provocado una suerte de psicosis en la estrategia de Casado, hasta el extremo de destacar él mismo los puntos de coincidencia con el partido populista y de extrema derecha que lidera Santiago Abascal. Preocupa en el PP el viraje a posiciones populistas, como inquieta el excesivo culto a Aznar o a Esperanza Aguirre, especialmente cuando empiecen a dirimirse otros casos de corrupción que evocan los años más oscuros de Génova. El peligro del extremismo beneficia la posición de Ciudadanos, sobre todo porque Albert Rivera ya lidera la defensa del constitucionalismo en Cataluña y se aferra a un modelo liberal, laico, que pone al descubierto las obsesiones religiosas de Casado, cuando habla de la familia, emprende la lucha contra el aborto o se opone a la legalización de la eutanasia.

Sería la cara a del efecto Casado. La cara b, concede un exponente relevante del partido, consistiría en su derivada “mitinera, confesional y a veces casposa”. “A nuestro líder le rodea un círculo demasiado conservador. El PP debe mostrarse como un partido cosmopolita, como una derecha moderna, y no como un partido de tentaciones populistas. Es un error decir públicamente que compartimos valores con Vox. Y sería peor aún ir a buscar a los votantes de Vox imitando su discurso emocional o demagógico de credo, seguridad o inmigración”.

La transición en Génova del extinto marianismo a la nueva efebocracia ha precipitado desconcierto. Y la idea de delegar el PP en las manos del jovencísimo Teodoro García se resiente de un problema de operatividad. “Falta orden y coordinación en el partido”, añade otra fuente popular en activo. “Martínez Maíllo, el exvicesecretario general, se esmeraba en el trabajo ingrato, pero mantenía al PP organizado, tanto territorialmente como en la gestión cotidiana. Casado no termina de delegar. No hay el equipo que había antes en el reparto de papeles”.

La comunicación es un ejemplo. La hiperactividad de Casado y la desmesura de su agenda lo mantienen expuesto y sobrexpuesto. No solo ya porque opaca otras voces del PP que antes tenían relevancia y que ahora pertenecen a su equipo —Maroto, Levy, el propio exministro Zoido—, sino porque el hambre de micrófono precipita deslices y precipitaciones. Un ejemplo es la ley de concordia que improvisó en un mitin de Ávila como respuesta a la de memoria histórica. Otra es la idea de ilegalizar los partidos soberanistas. La tenía en la cabeza, pero se formalizó sin haberse consensuado en el sanedrín del partido. Podría decirse lo mismo de la reclamación urgente del 155. O de la decisión de protestar en Bruselas los Presupuestos de Sánchez. Casado va por delante del PP, hasta el extremo de desconcertarlo.

“No se le pueden reprochar a Pablo Casado los problemas que tenía el PP antes de su llegada”, razona Andrea Levy. “La salud del PP es ahora mucho mejor de cuanto sucedía antes del congreso en que fue proclamado líder. Casado no es un líder arrogante ni autoritario. Ni ha implantado un modelo egocéntrico. Lo que sí ha hecho es involucrarse, implicarse. Y el balance de estos primeros meses demuestra que tenemos al timonel adecuado”.

De tanto pluriemplearse, Casado corre el riesgo de convertirse en la oposición de sí mismo. Algunos de sus allegados agradecerían que rebajara su impulsividad, más allá de haberse demostrado fallida la cualificación de algunos lugartenientes. Dolors Montserrat, por ejemplo, desempeña con dificultades la responsabilidad de portavoz parlamentaria. Y es una de las pocas figuras del PP que dispone de minutos y de escenario para lucirse a la sombra del jefe.

“¿Quién quiere ser Casado?”, se pregunta con solemnidad el exministro del PP. “¿El hombre de los discursos y del proyecto de España, o el de los mítines y calentones? Proliferan ahora los hiperlíderes carismáticos porque en muchos casos no tienen un partido detrás, pero el Partido Popular es gran partido y una gran estructura que no debería descuidarse. Hace falta un líder para ganar, tanto como es necesaria una maquinaria de victoria”.

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