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La Movida

La única esperanza de su encuentro con Casado es que, de momento, Aznar no haya tenido a bien colocar los pies encima de la mesa

José María Aznar, con los pies encima de la mesa fumándose un puro, en un descanso de la cumbre del G-8 de Canadá en 2002. rn
José María Aznar, con los pies encima de la mesa fumándose un puro, en un descanso de la cumbre del G-8 de Canadá en 2002.

La foto de Pablo Casado y José María Aznar en la sede del PP es un documento impresionante. El pasado, Aznar, entregando el testigo a lo que le precedió. Tiene además varias traducciones políticas, todas ellas pesadas de digerir. La primera es que el partido que Aznar presidía fue el origen de la red clientelar y corrupta que ha terminado desalojando al PP del poder y ascendiendo a Casado, que 24 horas antes le gritaba a sus compromisarios que “aquí no cabe un solo corrupto”; la segunda es que Casado enmarca la reivindicación de Aznar, y su regreso victorioso a los aposentos nobles, como invitación “sutil pero evidente” para incorporarlo al proyecto. “La experiencia es un grado”, dice el PP. De grados, aunque penitenciarios, tienen experiencia los ministros de Aznar; en regresos, sin embargo, tiene experiencia el propio Aznar, que está todo el día amenazando con marcharse de sitios en los que ya solo queda él.

“Sutil pero evidente” es un hallazgo. Va en la línea del formidable discurso con el que Pablo Casado agitó el congreso de su partido. Con él “vuelve el PP”, dijo después de reivindicar a Rajoy, que lo disolvió. Con él “habrá una renovación” que consistirá en volver a las políticas sociales de los años ochenta. La España que madruga en un partido en el que la que madrugaba era Esperanza Aguirre para llamar a las universidades. Es el discurso de un líder desacomplejado, una característica poco común que en política, como en la vida, suele traer problemas: quien aspira a gobernar debe hacerlo también con sus complejos para proteger a los demás de sus instintos.

No hay, sin embargo, nada más imbatible que presentarse como el partido de la vida y de la familia, evocando aquellas gloriosas manifestaciones por la unidad de la familia tradicional como unidad patriótica en las que se levantaban carteles contra las “exmadres”. Esa fascinación por la vida del PP se circunscribe a una pasión no tanto biológica como religiosa, o sea, política. De ahí que en sus discurso se escuche la palabra vida y huela inmediatamente a azufre, como le ocurría a Woody Allen cuando paseaba con su novia y se encontraba a su amigo explorador.

Si a un partido se le permite durante años patrimonializar la idea de España, lo normal es que quiera sacarle partido políticamente a cualquier cosa. Que proclame, por ejemplo, la familia como un concepto único, encorsetado en cualquier delirio bíblico, y la vida como parte de un triunfo ideológico que pasa por alto un sufrimiento personal. Por eso en esa relación entre Casado y Aznar, la única esperanza es que, de momento, Aznar no haya tenido a bien colocar los pies encima de la mesa.

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