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Cómo se vive un Mundial cuando tu país ni siquiera va a competir

Aún no ha empezado, pero ya hay un motivo para recordar Rusia 2018: la ausencia de Italia. La selección, ganadora de cuatro mundiales, no se perdía ninguno desde 1958. Preguntamos a ilustres italianos qué se siente

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Gianluigi Buffon se lamenta de la eliminación de su equipo, tras empatar a cero en el partido de vuelta de la repesca contra Suecia ( 2017/11/13). Getty

“Un mundial sin Italia es como un pianista sin piano”, escribió un aficionado en Twitter la noche del 13 de noviembre del año pasado. “O como una guerra Mundial sin Alemania”, contraatacaba otro, en aguda y mordaz clave geopolítica. Minutos antes se acababa de consumar un desastre. La selección italiana de fútbol había empatado a cero con la de Suecia en San Siro tras un partido “paupérrimo” según la prensa deportiva. Hora y media de acoso estéril en que la squadra azzurra compitió con la intensidad y el orgullo que siempre se le suponen, pero sin talento ni ideas. “Os hemos fallado, solo nos queda pediros perdón”, Gianlugi Buffon dijo a pie de césped y con lágrimas apenas contenidas. Mientras el veterano guardameta se disculpaba “ante los niños de Italia que sueñan con vestir algún día esta camiseta”, se desataba en las redes sociales una erupción volcánica de mensajes de indignación, desolación o sorna cruel. “Seguid vosotros, que yo ya estoy muerto”, decía uno de ellos parodiando las lágrimas de Buffon.

Italia prefirió ahorrarse el viaje a Montevideo en 1930, cuando se disputó la primera Copa del Mundo, considerada por entonces poco más que la exótica ocurrencia de un abogado francés llamado Jules Rimet. Una derrota en Belfast contra Irlanda del Norte 28 años después les dejó fuera del Mundial de Suecia, el primero de los que ganaría el Brasil de Pelé. Desde entonces, desde el verano de 1958, Italia no había faltado a ninguna cita con la competición deportiva más grande del mundo. Su persistencia en la élite había llevado a la llamada teoría del ciclo de 12 años, enunciada entre otros por Marcello Lippi, seleccionador del equipo que fue campeón en 2006: “Es matemático, jugamos una final cada 12 años. A veces la ganamos y a veces la perdemos”. Se perdió en 1970 y 1994 y se ganó en 1982 y 2006. En 2018 se cumplía un nuevo ciclo. Tocaba jugar otra final. Pero no va a ser posible.

“Italia va a dar la espalda al Mundial. El fútbol pierde interés si no se apoya a ningún equipo, y ni siquiera queda la opción de animar a las estrellas internacionales de tu club”, lamenta Fillippo Ricci

Pocos días después del fatídico empate con Suecia, Jason Horowitz, corresponsal en Roma de The New York Times, se esforzaba en aportar algo de cordura y análisis tras el desastre de San Siro. Horowitz se tomaba con saludable escepticismo las opiniones de los “analistas culturales” que habían querido ver en el grave tropiezo una especie de castigo bíblico a “la podredumbre y corrupción de la Federación Italiana”, al exceso de inmigración o al fracaso de Italia en su intento de alcanzar por fin la modernidad. Para el periodista neoyorquino, el país había entrado en una “espiral masoquista” porque “se trata de una de las naciones que más aman el fútbol”, y eso estaba dando pie a interpretar una simple derrota deportiva, por dramáticas que fueran sus consecuencias, como una “tragedia existencial”.

Horowitz fue también de los primeros en apuntar las posibles consecuencias económica de la debacle. No solo para Italia (“la victoria de la selección en el Mundial de 2006 contribuyó a la creación de empleo y al crecimiento del producto interior bruto, cosa que, obviamente, no va a ocurrir en esta ocasión”), sino también para el propio Mundial, que pierde así uno de sus principales mercados. “Es evidente que Italia, una sociedad de 60 millones de habitantes que aman el fútbol y donde se disputa una de las principales ligas del planeta, no va a prestar atención al Mundial de Rusia”, escribía hace unas semanas Alessandro Vocarelli, editor de Corriere dello Sport. Vocarelli invitaba a la FIFA a reflexionar sobre si “es sensato” que esté a punto de disputarse una Copa del Mundo con 32 países, entre ellos Panamá, Túnez, Serbia o Irán, y con Italia ausente. Lo que no queda claro en la argumentación es si Italia debería clasificarse por real decreto, dado que sobre el campo desaprovechó dos oportunidades: la fase de grupos (en la que fue superada por España) y una repesca a doble partido contra Suecia.

Para Fillippo Ricci, corresponsal en España de Gazzetta dello Sport, no hay que darle más vueltas: “La eliminación de Italia es justa. Si no eres capaz de meterle un gol a Suecia en 180 minutos, tienes un problema futbolístico y probablemente no mereces jugar un Mundial”. Sin embargo, Ricci sí que considera, como la mayoría de las personas consultadas para la elaboración de este reportaje, que la ausencia de Italia “es un pésimo negocio y una muy mala noticia desde el punto de vista sentimental”. Para los aficionados italianos y para cualquier aficionado neutral que valore las tradiciones y mitologías del fútbol. Ricci viajará a Rusia para cubrir el torneo y espera que sus crónicas contribuyan a interesar a los italianos. Sin embargo, es pesimista: “Me temo que Italia va a darle la espalda al Mundial”, sentencia. Será como si no estuviese disputándose. “Tiene que ver con la mentalidad del italiano medio”, explica Ricci, “que concibe el fútbol como competición, no como espectáculo o entretenimiento. El fútbol pierde interés si no se apoya a ningún equipo, y el problema es que, ausente Italia, ni siquiera queda la opción de animar a las estrellas de tu club, porque los cracks internacionales ya no juegan en el Calcio, sino en La Liga o la Premier. No me imagino a los seguidores de la Juventus apoyando a la Argentina de Higuaín y Dybala”.

En 1982, Italia se llevó el Mundial de España derrotando a Alemania en la final por 3 a 1. Marcaron por los transalpinos Rossi, Tardelli y Altobelli.
En 1982, Italia se llevó el Mundial de España derrotando a Alemania en la final por 3 a 1. Marcaron por los transalpinos Rossi, Tardelli y Altobelli.

No cabe duda de que los aficionados transalpinos hubiesen preferido entusiasmarse por la Italia de Patrick Cutrone. En declaraciones a ICON Italia, el delantero centro del Milan, que acaba de cumplir 20 años, asegura que uno de sus grandes orgullos ha sido su reciente debut con la selección italiana, aunque haya sido en los amargos amistosos de primavera con los que el equipo trataba de reconstruirse de cara a la Eurocopa de 2020. Cutrone ve una selección prometedora a la que solo falta “acumular experiencia internacional. Cristiano Ronaldo ha jugado más de 150 partidos de Champions League. En nuestra selección no hay nadie que se acerque a ese nivel, de manera que es probable que aún no estemos del todo preparados para competir en determinadas circunstancias y determinados estadios”.

Para la joven promesa del fútbol transalpino, a la Italia actual le falta “malicia” (en italiano, cattiveria), entendida como la capacidad de “darle miedo a tu adversario”. Precisamente una de las cualidades de las que ha echado mano históricamente la Italia del fútbol agónico, la que siempre compite y casi siempre sale a flote, incluso en sus peores momentos. Una Italia tal vez cicatera y especulativa, como la de la final de 2006, la del triste cabezazo a Materazzi que puso fin a la carrera de Zinedine Zidane, pero siempre sólida, siempre maliciosa. La Italia que recuerda el actor Stefano Accorsi, un hombre que se define como poco o nada aficionado al fútbol (“yo jugaba al baloncesto en Bolonia y, además, no soy de ningún equipo en concreto”) pero que hasta ahora ha visto todos los mundiales. El equipo italiano que forma parte de su memoria sentimental es “el del Mundial de España de 1982, el de Paolo Rossi y Antonio Cabrini”. Un equipo correoso, capaz de convertir cualquier partido en un infierno para sus rivales y protagonista, además, del que algunos consideran uno de los mejores partidos de la historia del fútbol, la victoria por 3 a 2 contra Brasil en el estadio barcelonés de Sarrià, el 5 de julio de ese 1982. Accorsi recuerda aquel verano como “un periodo inolvidable, emocionante y muy bonito, en el que fuimos campeones de un modo mágico”. Tenía 11 años, y reconoce que la bruma de la infancia influye en la pureza de ese recuerdo. “Nuestra victoria en 2006 no me emocionó tanto. Aquel cabezazo de Zidane y todo lo que lo rodeó me impactaron mucho, no encaja en mi idea de lo que es el deporte”.

“Falta acumular experiencia internacional. Es probable que en nuestra selección aún no estemos del todo preparados para competir en determinadas circunstancias y estadios”, reconoce Patrick Cutrone

Michele Lupi, director de ICON Italia, ni siquiera recuerda dónde y con quién vio la final de 2006. Sí tiene un recuerdo muy vivo de dónde estaba el 10 de julio de 1982: “Por entonces, yo vivía en Londres. Con dos amigos italianos, fuimos a ver la final contra Alemania al Bar Italia del Soho. Sin embargo, no vi el partido completo, porque esa noche tocaban los Clash en Brixton (era la gira de su álbum Combat Rock) y yo había comprado una entrada por cuatro libras. Recuerdo que era tan pobre que todo lo que pude permitirme comer esa noche fue media hamburguesa fría. Al final del concierto, Joe Strummer empezó una furiosa versión de London calling gritando desde el escenario: ‘¡Italia es campeona del Mundo!”.

A Kean Etro, diseñador milanés de la firma Etro, la victoria de 2006 le pilló en México DF y el triunfo lo vivió con una más que peculiar mezcla de fervor político local y efervescencia transalpina y balompédica: “El candidato López Obrador había perdido las elecciones [el político acusó al gobierno de pucherazo y movilizó a sus bases]. La protesta había ocupado el centro de la ciudad. Era imposible entrar al Zócalo. El lugar estaba armado y nadie que no fuera fiel a la causa de extrema izquierda podía acceder. Pero yo entré y me uní al ruido, aunque, en mi caso, para celebrar que éramos los campeones del mundo”.

Filippo Ricci conserva recuerdos exultantes y calamitosos, bellos y terribles. Entre los desastres, “las derrotas de Italia que viví en África, adonde acudí en varias ocasiones como corresponsal experto en fútbol africano”. Le tocó vivir una especialmente dolorosa en Abiyán, capital de Costa de Marfil: “Perdimos con Eslovaquia 2 a 1 en la fase de grupos del Mundial de Sudáfrica y nos eliminaron. Casi todos los aficionados africanos que vieron el partido conmigo querían que perdiese Italia”. También recuerda con bochorno el partido contra Haití en Alemania 74. “Un tal Sanon nos metió un gol y se me quedó grabada la vergüenza que sentían los adultos que me acompañaban de estar perdiendo contra un equipo caribeño sin tradición”. Sus grandes héroes, como los de Lupi o Accorsi, son los de 1982. Rossi y Cabrini, por supuesto, pero también Dino Zoff, “un portero veterano que recibió feroces críticas por sus errores en el Mundial de 1978, pero que, como capitán del equipo, siguió siendo el único en hacer declaraciones cuando el resto del equipo decidió boicotear a la prensa. Se expresaba siempre con la sensatez y el señorío de todo un caballero del deporte”.

Ricci admira también a gladiadores que lo han dado todo por la elástica azul, “como Fabio Cannavaro, que fue clave en 2006 y ganó meses después el Balón de Oro. No era el mejor del mundo, pero sí el jugador que mejor representaba los valores de una Italia muy coral, muy profesional y muy comprometida”. Esa es otra de las riquezas intangibles que pierde el mundo del fútbol con la ausencia de Italia en Rusia. El compromiso innegociable con una camiseta, una idea y una tradición. Y es que para muchos italianos, como dice Stefano Accorsi, un mundial sin Italia es “un verano vacío”.

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