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La coacción de la verdad

Ocurre que, a veces, los ciudadanos no podemos darnos el lujo de menospreciar la realidad y se produce el milagro

José María Aznar y George W. Bush en la finca de Quintos de Mora (Toledo) en 2001.
José María Aznar y George W. Bush en la finca de Quintos de Mora (Toledo) en 2001.

¿Recuerdan la abyecta guerra de Irak y las razones esgrimidas para la invasión? Cómo no hacerlo: la afirmación sobre las inexistentes armas de destrucción masiva por parte de los Gobiernos de Bush y Blair —y su aliado de las Azores— permanece como una de las grandes mentiras de nuestra historia reciente. La sensación de déjà vu regresó con la conexión de ETA con el 11-M y el descaro de Aznar al insistir en la burda mendacidad cuando ya no era posible ocultamiento alguno. Del engaño fabricado, incluso con cierta sofisticación, se pasó a la mentira tosca, pues ya era imposible el disimulo: todo sucedía a plena luz del día.

Ocurre que, a veces, los ciudadanos no podemos darnos el lujo de menospreciar la realidad y se produce el milagro. Al mentiroso se le cobran las deudas porque, al final, la realidad es demasiado amplia como para cubrirla o adaptarla a los intereses personales de dominio o perpetuación en el poder. Aquel cinismo del aznarinato le costó el Gobierno al PP, pero parece que Rajoy no tomó nota. Como por influjo de una ironía histórica, no ha sido la corrupción, ni siquiera la pésima gestión de la crisis catalana, lo que ha terminado con su reinado. Lo ha hecho la negación de la realidad, pues a fuerza de refutar sistemáticamente, durante casi una década, lo que por fin apareció en una sentencia, terminó emergiendo la verdad judicial como un corcho a la superficie del agua, pero con la fuerza de una bofetada en la cara.

El pasado siempre acaba reapareciendo, y nuevamente Rajoy intentó regresar al resbaladizo terreno de la conspiración, pergeñando elementos paranoides hasta distorsionar la realidad incluso con saña. Frente a las interpretaciones dignas de Cuarto milenio, llegó la hora de reivindicar los hechos como único bastión contra el canalla, contra quien pretende imponernos su interesada descripción de la realidad. Porque no es la moción de censura la que lo ha desalojado del mando. Simplemente sucede que, a veces, el peso de la realidad se vuelve coactivo. Por eso, para esperanza nuestra, la impunidad de los embusteros nunca será total. @MariamMartinezB

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