Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Batalla de imagen

Los independentistas han regalado una importante baza al españolismo, al colocar en la presidencia de la Generalitat a Quim Torra. Sus palabras hacen pensar a cualquier europeo culto en Marine Le Pen, Orbán o los hermanos Kaczynski

NICOLÁS AZNÁREZ

Todos somos prisioneros de nuestros fantasmas. Todos vivimos instalados en una bohardilla mental, desde la que vemos la realidad a través de unos prismas culturales que la deforman y nos inducen a actuar de manera errónea. En democracia, el sistema de gobierno en el que la mayoría, cada cierto tiempo, decide el rumbo de la política, las preferencias —transitorias— de esa mayoría dependen de la visión de la realidad que, en dura competencia entre ellas, las élites aspirantes al poder logren vender con mayor éxito. Esa tensa rivalidad entre creadores de mundos mentales es crucial en conflictos como el independentista catalán actual. El problema, en este caso, consiste en una disputa entre élites políticas por la distribución territorial de poderes y recursos. No es un conflicto banal y sencillo, pero tampoco es un odio enquistado, secular, entre comunidades como las de, pongamos, el Ulster, que no comparten barrios ni lugares de ocio ni se casan entre sí. Aquí, solo si las élites logran que sus seguidores interioricen plenamente su mundo mental, podemos acabar en enfrentamientos sociales. Por el momento, estamos lejos de eso.

Otros artículos del autor

El estereotipo independentista catalán, su visión del mundo y del problema que le obsesiona, se apoya en una serie de creencias u opiniones repetidas, implícita o explícitamente, mil veces:

1. El Estado español es débil, ineficaz, fallido. No sabrá defenderse ante quien se enfrente con él con inteligencia y decisión.

2. Ese Estado es también primitivo y antidemocrático. Cuando actúe, lo hará a lo bruto, como el hispánico toro bravo al que un hábil provocador incita pero esquiva sus embestidas. Es peligroso, porque si nos pilla puede herirnos gravemente. El Gobierno español puede sacar los tanques, disparar sobre muchedumbres pacíficas e inermes. Pero incluso eso perjudicaría su imagen y nos beneficiaría a nosotros, sus enemigos. Vale la pena arriesgarse.

3. El Estado español carece de prestigio y de apoyos internacionales. Despreciado por las demás potencias, en el momento del enfrentamiento se encontrará aislado.

4. El independentismo disfruta de un apoyo mayoritario, creciente, casi unánime ya, entre la población catalana.

5. Al revés que el español, el nacionalismo catalán es cívico, moderno, europeo y democrático; su “revolución de las sonrisas” despierta grandes simpatías en el exterior.

El Estado ha demostrado su fuerza con el 155 y al respetar la división de poderes

Si comprendieran la batalla en estos términos, los defensores de la identidad española y del Estado en su configuración actual se esforzarían por rebatir, punto por punto, este esquema. Es decir, tendrían que demostrar:

1. La fortaleza del Estado. O sea, su capacidad de imponer y hacer respetar sus leyes y decisiones.

2. La existencia de una democracia, con división de poderes y respeto a las libertades individuales. Lo que significa que si usa la fuerza no puede hacerlo de manera brutal o arbitraria ni incluyendo torturas o represión indiscriminada.

3. El apoyo internacional del que goza, especialmente dentro de la Unión Europea. Pues es esa instancia internacional la que, probablemente, acabará decidiendo este conflicto.

4. El carácter minoritario del independentismo dentro de la sociedad catalana.

5. Los rasgos anticuados, étnicos, antidemocráticos, supremacistas, del catalanismo radical.

Durante mucho tiempo, la pasividad del Gobierno central ha podido hacer creer que los independentistas tenían razón en el primero de los puntos en liza. El Estado no respondía porque era débil. Pero el Gobierno ha demostrado su fuerza en los últimos meses, al aplicar el artículo 155 de la Constitución y procesar e incluso encarcelar preventivamente a algunos de los que le retaban, sin que se hundiera el mundo. Al no excederse en ese uso de la fuerza y respetar la división de poderes, también pareció que probaba el segundo punto en cuestión; pero llegó el 1 de octubre, y ahí perdió la batalla de imagen; lo que el mundo vio fue un pueblo pacífico que intentaba votar frente a violentas actuaciones policiales. Este segundo aspecto sigue, pues, en tablas.

Los secesionistas han perdido todas las elecciones convocadas como “plebiscitarias”

En cuanto al tercero, el independentismo tenía en principio todo en contra, pues la Unión Europea no gusta de rectificaciones de fronteras o subdivisiones de Estados. Los jueces españoles, sin embargo, dominados por los fantasmas que en ellos despertaba el separatismo, definieron lo ocurrido como rebelión, como una sublevación armada equivalente a la de Miláns del Bosch y Tejero. Aplicar tipos delictivos desmesurados les está llevando a sufrir algunos reveses ante las instancias judiciales europeas. Batalla, pues, indecisa en este momento, en la que el poder judicial español, si quiere triunfar, deberá desplegar mayor mesura y habilidad.

Por lo que respecta al cuarto, los independentistas siguen sin ser mayoritarios en Cataluña. Han perdido todas las elecciones convocadas como “plebiscitarias”. Pero los catalanes no independentistas no terminan de salir de su pasividad; pese a ser mayoría, según las estadísticas, los Pérez o García apenas se atreven a proclamar que existen, a enviar representantes al Parlament y a salir a la calle con sus dos banderas, lo contrario de lo que hace la muy ruidosa y visible opinión independentista. Si se añade a eso la distorsión del voto en favor de las zonas rurales y el apoyo de los antisistema de la CUP, el resultado es una apretada mayoría parlamentaria a favor de los indepes. La voz del “pueblo de Cataluña” es, pues, interpretada por cada uno de los dos bandos según le conviene.

En el quinto punto es donde los independentistas acaban de regalar una importante baza al españolismo, al colocar en la presidencia de la Generalitat a un personaje como Quim Torra. Este señor ha escrito que los españoles son “bestias” que “beben odio”, que “solo saben expoliar” e ignoran lo que es “vergüenza” y “democracia”; que no es “natural” hablar castellano en Cataluña y los catalanes no deben mirar al sur sino al norte, “donde la gente es limpia, noble, libre y culta”. Son opiniones notorias, de las que no se ha retractado, restándoles importancia como producto de “la intensidad que demanda el periodismo” y declarando, beatíficamente, que con ellas no pretendía ofender a nadie. No, se equivoca. No son explosiones disculpables, sino creencias profundas. Son muy ofensivas para todos los españoles y para la mitad de la población catalana, algo poco importante desde su bohardilla mental. Pero lo que debería importarle, desde el punto de vista de la batalla de imagen, son los temibles ecos que esas palabras despiertan ante la opinión internacional. Porque cualquier europeo culto y distanciado del problema al que le traduzcan sus palabras piensa en Marine Le Pen, Victor Orbán o los hermanos Kaczynski. Y siente escalofríos ante un nacionalismo que describe al enemigo de manera tan degradante, primer paso en la brutalización de la política que en los años treinta condujo a la liquidación física de conciudadanos despojados previamente de humanidad.

Esperemos, pues, el próximo movimiento de la partida.

José Álvarez Junco es historiador.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS